“Los pinares de la sierra”, 63

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Timadores a domicilio.

Claudia llamaba por teléfono, para explicar a los padres que ya obraba en su poder el resultado de las pruebas y, en su caso, hacerles entrega de la beca. El que va a dar, siempre es mejor recibido que el que va a pedir y, lógicamente, el matrimonio se volcaba en atenciones con la muchacha. Ese día, don Jaime Velázquez se presentaba como Delegado para España de la Cambrige school of english y Director General de su filial en Barcelona, vestido a la antigua usanza: traje oscuro; corbata y sujetador de oro; una llamativa insignia en el ojal de la solapa; pañuelo en el bolsillo superior de la chaqueta y zapatos brillantes como el charol. Lo recibían con todo género de cumplidos y, sobre todo, las madres se derretían con su presencia ¡Era tan guapo! Medía casi un metro noventa, muy erguido, el cabello cortado al cepillo, los hombros proporcionados, y esa singular distinción que presta un traje negro, con la corbata del mismo color, y la camisa blanca y resplandeciente. Con mucha ceremonia, les entregaba su tarjeta de visita, ponía sobre la mesa una elegante cartera de piel, y sacaba de dentro un dossier con el nombre del alumno en la portada.

―¿Le apetece un café? ―preguntaba la esposa—.

―Mejor una copita, mujer ―la corregía el marido―. ¿Qué tal un whisky?

―Muchas gracias, señor; es un poco tarde, y aún debemos hacer unas visitas. Sólo, si ustedes me lo permiten, fumaría un cigarrillo.

Mientras Velázquez hojeaba el expediente, los padres, uno a cada lado del muchacho, esperaban impacientes el dictamen. La expectación era máxima y el silencio se podía cortar. Con ese tono iluminado de los que quieren llamar nuestra atención sobre detalles que pasan inadvertidos a la mayoría, empezaba a enaltecer las respuestas y a elogiar algunos trazos de los dibujos del retoño, geniales en su opinión.

―Señores, debo felicitarles, porque tienen ustedes un hijo altamente dotado para el aprendizaje de los idiomas; especialmente del inglés. Enhorabuena.

Ante la lluvia de piropos a la inteligencia del muchacho y, en un gesto de fingida humildad, la madre salía con alguna frase poco estudiada para disimular su natural agrado.

―Pues a mí me tiene frita; siempre deja su habitación hecha una leonera y, aunque le riño la mayoría de los días, no hay forma de que la ordene.

―Tiene usted toda la razón; esa dispersión se debe a un rasgo psicológico que suele darse en un buen porcentaje de chicos superdotados. Los psicólogos lo conocen como “Síndrome de híper quinesia” y se caracteriza por una constante falta de atención hacia los pequeños detalles. Pero no se preocupen, que eso no es grave. Aunque tienen cierta dificultad para concentrarse, estos niños disfrutan de una asombrosa capacidad intelectual; son emotivos, activos y muy valorados en su entorno profesional. No sé si son conscientes de que estamos ante un futuro dirigente, un triunfador, un líder.

―¿Usted cree? ―preguntaba el padre conmovido por sus palabras—.

―No me cabe la menor duda ―respondía Velázquez con rotundidad—.

―A mí me gustaría que fuera médico. ¿Qué le parece? ―decía la madre—.

―Es muy posible, señora: médico, arquitecto, ingeniero… ¿Quién sabe? Capacidad le sobra. En estos casos, resulta decisiva la vocación del alumno.

―Entonces, le concederán la beca. ¿Verdad?

Velázquez dejaba la respuesta en el aire, como si un secreto de confesión le impidiese aportar más detalles, y le daba la palabra a la señorita Claudia.

―Claudia, por favor, sírvase abrir el sobre y léanos el informe confidencial que emite el gabinete psicotécnico de Cambridge.

Como si se tratara de un secreto de estado, Claudia abría lentamente un sobre lacrado con el nombre del chico y un sello con la palabra “CONFIDENTIAL” en el ángulo superior derecho. (Así, en letras mayúsculas y en inglés). A continuación sacaba las pruebas, iba señalando unas crucecitas de color rojo ―que ella misma había marcado aquella misma mañana―, como indicativas del déficit de atención del aspirante y, con cara de circunstancias, finalizaba diciendo que los miembros del Consejo Superior de Evaluación de la Cambrige school of english (unos señores muy estirados, que vivían en Inglaterra) habían decidido, en este caso, declinar la concesión de la beca.

―Y eso, ¿qué quiere decir?

―Pues que nos deniegan la solicitud; pero no se preocupen ―intervenía Velázquez con rapidez―: en atención a los méritos del chico y al interés que ustedes manifiestan, como Delegado para España y Director General de su filial en Barcelona, puedo concederle “Fifty percent” una “semibeca” en unas condiciones muy favorables.

―Sería lamentable que se perdiera un valor tan sólido como él ―insistía Claudia—.

Con cara de no haber entendido una palabra, los padres permanecían estupefactos y era de nuevo Claudia la encargada de aclarar la situación.

―Lo que el señor Velázquez les acaba de decir es que, por su evidente capacidad, excepcional inteligencia, y extraordinarias dotes para los idiomas, él personalmente le concede a su hijo una “semibeca”; es decir, todos los privilegios que incluye la beca, solo que al cincuenta por ciento: “Fifty percent”. ¿Qué les parece?

Lo demás no es difícil de imaginar. Una vez restablecida la calma de los papás, les decía que el precio del curso en el mercado era de setenta mil pesetas ―según valoración del Ministerio―; pero que, en este caso y de manera excepcional, sólo deberían abonar la mitad; o sea treinta y cinco mil, a tocateja. Siempre surgía alguna pregunta muy fácil de responder para tipos tan curtidos en el enredo como Jaime y la señorita Claudia.

―¿Y la estancia en Inglaterra?

―Eso dependerá de la evaluación final, que será excelente, sin duda alguna.

―¿Usted cree?

―No solo lo creo, sino que estoy convencido de ello. ¿Señora, tiene a mano la cartilla de La Caixa? Lo digo, porque para nosotros es un poco tarde. ¡Compréndalo!

―Sí señor. Enseguida. La tengo en el cajón de la mesita.

En este momento, Claudia les hacía la entrega del método: un maletín de plástico lleno de casetes y cuadernillos con la bandera del Reino Unido, y felicitaban al chico, porque no todos los padres eran tan comprensivos como los suyos.

―¡Enhorabuena, señores! La educación es la más rentable de las inversiones.

El matrimonio firmaba el contrato, una letra de cambio, que “casualmente” siempre llevaba a mano la señorita, y la orden bancaria con el número de la cartilla familiar. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, para evitar contratiempos, Claudia presentaba la letra en ventanilla, cobraba el dinero, y asunto resuelto.

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