Llanto por la muerte de mi madre

(Manuela Resa Jiménez)

Por Fernando Sánchez Resa.

Querida mamá, he dejado pasar unos días desde que nos dejaste para ir al encuentro de papá, allá arriba en los campos celestiales, pues era tanta la emoción contenida y las lágrimas y sollozos que brotaban de mis ojos que he querido y debido intentar poner en orden tantos recuerdos y sentimientos vividos contigo, desde que fui carne de tu carne y sangre de tu sangre, dentro de ti durante nueve meses, y luego muy apegado a tu persona durante mis sesenta y tres años -de los noventa y dos años que tú has vivido-, porque tu forma de ser tan amable y acogedora, tu empatía natural, tu sensibilidad extrema hacia el pobre o necesitado, desde siempre, me atraparon y quise seguir siempre tu estela y ejemplo.

 

Siempre fuiste una mujer sencilla, una niña nacida en un hogar, pobre pero amoroso, el de los Resa Jiménez, bautizada Manuela, en el que tus padres, hermanos, tíos y primas fueron siempre tu centro de interés preferente. Mundo aquel que has sabido narrarnos a todos (hijos, sobrinos, nietos y biznietos), una y otra vez, especialmente en tus últimos años de vida, de una forma oral y sencilla, pintándonos tu idílica vida, no exenta de problemas y vicisitudes varias, como pasar la guerra civil y sus duros años siguientes en el campo ubetense al amparo de la barbarie desatada…; así como el noviazgo y casamiento con papá; y los partos de tus tres hijos en casa, como se hacía entonces; y de tus certeros y gráficos anecdotarios de crianza y desarrollo de nosotros tres, siendo una valiente mujer bajo tu apariencia de cobardía y fragilidad; siempre apoyando a tu esposo y a tus hijos, y en la joven vejez a tus nietos, y hasta a tus ocho bisnietos en tu extensa senectud, a los que querías con locura; y que ellos, al conocer tu fallecimiento, han protagonizado escenas de dolor y rabia como solo los niños saben expresar… Y tu octavo bisnieto, Abel (que aún no es consciente de tu partida), con el que se te iluminaba tu cara cuando iba a visitarte con su madre y al que le hacías palmitas y le cantabas tus añosas canciones guardadas en el hondón de tu memoria de madre, abuela y bisabuela soberana y enamorada.

Hasta la muerte que tanto temías y que pedías a tu venerada Virgen de Guadalupe, “La chiquitilla del Gavellar”, de la que eras fiel devota y cofrade, para que fuese corta y lo más indolora posible -«Como papá», siempre decías-, te ha sido concedida. Has atravesado el tránsito final con valentía, rapidez y pundonor, que ya los quisiera para mí…

El pasado miércoles 29, como si tuvieses prisa por alzar el vuelo antes de que acabase el mismo mes de marzo en que nos pariste a tus tres hijos, amaneciste indispuesta, habiendo estado la tarde anterior departiendo, con normalidad, nuestro encuentro diario con Toni y conmigo. Me avisó Eva de tu estado y subí raudo a verte, cuando ya estabas caminando velozmente hacia el otro mundo, solo te dio tiempo a decirme «Qué mala estoy…». Urgencias se personó para auscultarte y sugerir tu traslado al hospital, que yo no consentí -pues ya lo teníamos hablado- para que tuvieses una muerte digna entre nosotros, sin hospitales ni cuidados médicos excesivos de por medio…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y, en menos de dos horas, te fuiste apagando, cogida de mis manos, con un sudor frío cada vez más intenso y una respiración cada vez más difícil y entrecortada, hasta que abriste los ojos intensamente, como para decirme adiós para siempre, y exhalar tu último suspiro. ¡Cuántas cosas quise decirte en esos momentos, aunque solamente acerté a acariciarte y decirte insistentemente que te pondrías buena…!

Dios -y tú- quisisteis regalarme estos duros pero entrañables momentos, pues yo nunca había asistido a la muerte de un ser humano en vivo y en directo; y el destino me lo guardaba para que fueses tú, y solo tú, la madre que me dio la vida…

Mis dos hermanos no pudieron llegar a tiempo para verte con vida, pero los tres estallamos en sentidos sollozos al encontrarnos porque, aunque sabíamos que el momento llegaría, últimamente te encontrábamos remozada y más joven y pensábamos equivocadamente que ibas a estar aún más tiempo entre nosotros…

Ya estoy echando de menos esa doble visita, de mañana y tarde, que te hacía, para que me contases tus penas y alegrías, tus novedades de abuelita y bisabuela…; mientras yo te contaba las mías y te enseñaba vídeos bonitos y fotografías de tu querida Úbeda o familia, especialmente de tu octavo biznieto, Abel, que hacía tus delicias y que interrumpías su visionado, besándolo en el móvil, una y otra vez, porque parecía un ángel bajado del cielo (que lo es) y que había llegado para alegrarte el alma…

Ayer domingo, estuvimos Antonio, Toni y yo viendo y repartiendo las múltiples fotografías que poseías y con las que tantos buenos ratos has echado. Fue duro, pero a la vez nos sirvió para recordarte en todas las edades de tu vida como una florecilla perfumada y premiada con una familia que tanto te ha querido, te querrá y que nunca te olvidará…

 

 

 

 

 

Y nos llevamos la gran sorpresa: vimos florecido tu rosal de pitiminí amarillo, en tu soleado y hermoso patio de la Cava, que como una eclosión de color y vida había tomado el testigo de tu partida, constituyéndose en un In memoriam florido tuyo, como un rasgo más de la primavera, para dejarnos siempre tu recuerdo enternecido de que fue siempre en primavera cuando nos trajiste al mundo, a tus tres hijos, y que fue en esta amorosa estación cuando volaste al cielo de los justos, para encontrarte con papá, tus padres, hermanos y demás familia, que juntamente con Dios te habrán abierto las puertas del paraíso que tan merecido te lo tenías por tu extensa y laboriosa vida…

La poesía de José Mª Pemán, que mi amigo Pedro me envió como sentido duelo, retrata fielmente lo que siento en este momento por ti:

A una madre se la quiere
siempre con igual cariño
y a cualquier edad se es niño
cuando una madre se muere.

¡Ah! Todavía, mamá, sigo paladeando la última bolsa de caramelos de café con leche que nos dejaste y que tanto te gustaban… Cuando me los echo a la boca, me ocurre como a Marcel Proust con su magdalena, en su novela "En busca del tiempo perdido": que un cúmulo de sensaciones agridulces se me agolpan en el paladar, expandiéndoseme al resto de mis sentidos corporales e imaginativos…

¡Hasta siempre, querida mamá, ya nos veremos y me contarás tantas cosas que siempre se quedaron en el tintero del recuerdo…! Te lo digo embargado de lágrimas, pues tu recuerdo y cariño serán para mí imperecederos…

¡Te mando muchos besos y abrazos de todos los que tanto te queremos, mientras la vida sigue regalándonos hálitos de esperanza florecida…!

Úbeda, 3 de abril de 2017. 

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Información adicional