Pena de año

Por Mariano Valcárcel González.

Paseando por una de las cualesquiera callejas de su pueblo observó una larga meada de un chucho incontinente. Larga, progresando por las piedras de la calzada en sinuosos meandros.

Recordó las meadas de concurso que en su infancia (y no tan infancia) hacían entre los chicuelos, unas veces en lo tocante a su alcance vertical (contra las paredes) y otras favorecidas por el desnivel de la calle progresando hacia su desembocadura natural, que debiese ser como ya cantaba el poeta Manrique: «La vida es como los ríos que van a parar al mar».

La vida, vivida porque lo sabemos, recordamos, sentimos y añoramos (o tratamos de olvidar, cuando no nos fue especialmente favorable). Un río que fluye sin descanso hacia su mar, que es el morir.

La vida tiene meandros, pantanos, canalizaciones, puentes que la sobrepasan, periodos de secano que amenazan con acabarla prematuramente, cauces profundos y colmados, violentas corrientes que arrasan con todo o calmas chichas de una placidez estanca, monótona. La vida figurada y la vida real, pero de transcurrir inevitable.

Va esa meada canina abriéndose paso entre adoquines, buscando desesperadamente su perdición. La vamos perdiendo de la misma forma, a veces, sin ser conscientes de lo que perdemos. Hay quienes opinan que la mirada ha de hacerse al alza, hacia atrás pero al alza, que no es que nos falten equis años ya para acabárnosla, sino que son muchos años que de la misma llevamos disfrutados. El eterno dilema de botella medio vacía o botella medio llena. Claro, siempre según el cristal desde el que se mira.

Los humanos nos hemos dotado de los medios de medir nuestra vida, que es medir el tiempo.

Muy relativo todo, que el tiempo también va según esa óptica con la que lo observemos, desde donde lo observamos y pretendamos medirlo. A lo largo de milenios, el humano trató de hacerlo. Debía desconfiar del instinto animal que en su constitución mantiene y que le reporta controles biológicos para saber, perfectamente, cómo va transcurriendo su tiempo, su vida. Si mi gata lo sabe hacer con una precisión atómica, ¿dudaremos que también nosotros lo podemos hacer…? No, pues a la evidencia me remito, que adquirimos una rutina y nuestra biología nos avisa de su realización; así es fácil que, sin necesidad de acudir al despertador, nos despertemos siempre a la misma hora.

Pero tratamos de ser metódicos y de medir el tiempo. La luna y el sol, nuestros astros más evidentes, nos marcan sus ciclos con precisión y, con solo observarlos y cuantificar sus fases y frecuencias, fuimos elaborando los periodos transcurridos. De ahí los calendarios lunares o solares.

Tras esos periodos llegaron sus divisiones para enmarcar aún más, encarcelar, sus tiempos. Fracciones de meses y días. Y de los días, fracciones de horas y de las horas las de minutos y estos en sus segundos… ¿Para qué tanta precisión? Recuerdo esas películas bélicas, especialmente las de comandos, en las cuales, antes de iniciar la operación clave y arriesgada, los ejecutores hacían un círculo y mostrando sus relojes (se supone especiales y de gran precisión) obedecían la orden del jefe –sincronicemos nuestros relojes-, que no era caso de que unos ya estuviesen listos para detonar los explosivos y los otros todavía ni hubiesen cargado sus metralletas, que la operación requería su método.

A veces, nosotros nos dividimos la vida transcurrida según lo sucedido en la misma. Aquél año en que me casé, el que aprobé la oposición, cuando mi padre murió, el nacimiento del primer hijo…

Aquí ya entra un componente sentimental que le da valor especial y personal, íntimo, a nuestro devenir. Recuerdos que marcan nuestro itinerario vital, cual mojones en el camino. Lo andamos y desandamos y, a veces, nos paramos y entretenemos en alguno de ellos, como el caminante de antaño que hacía su ruta y agradecía la sombra que le deparaba cualquier árbol situado a la vera. El descanso imaginado, sentados con nuestro morral y nuestra bota de vino, que nos hace abrirlo y sacar el trozo de duro queso y la hogaza de pan algo ya custrida, pero a los que damos un buen tiento al igual que a la bota. Sin prisa. Tal vez pase por allá un caminante como nosotros, del recuerdo y la nostalgia, y se nos una tímidamente al principio, en el lugar de descanso. Tal vez le invitemos a compartir nuestras viandas. Tal vez él mismo nos ofrezca alguna que lleva, por cortesía y voluntad samaritana.

Es posible que en ese caminante sobrevenido empecemos a encontrar rasgos que nos lo descubren y nos lo manifiestan; era un compañero en el tiempo y del tiempo, coincidió en el nuestro, convergieron, y así, en determinada ocasión más o menos larga, discurrimos por el mismo cauce temporal, en su misma corriente. Comúnmente nos alegramos de ello. Aunque también, de producirse tal coincidencia repetida, estemos deseando alejarnos del mismo. Huir.

Va uno solo y perdido en sus imaginaciones. Cualquier piedra, detalle de edificio, sonido e incluso olor levanta la cáscara, la tapa del concentrado de recuerdos ahí almacenados y como dormidos (que en realidad nunca lo están) y que selectivamente nos ofrece una muestra, un retal de sus contenidos. Sin querer y sin premeditación, a uno le asaltan sensaciones, visiones fantasmales, algunos dirían que ectoplasmas que por ahí circulan, lo cual pudiera ser falso, que no son más que nuestros productos mentales reelaborados en un intento de actualizarlos. Pero ahí están, acompañando a uno para no dejarlo solo, tan solo.

Estamos a la puerta del inicio de otro año (lógicamente el final del actual) y siempre tenemos la gran incógnita del «qué será, será», como decía la canción. Futuro que tratamos de profetizar con mayor o menos éxito y que algunos, esas fuerzas poderosas (sí, creo en las conspiraciones) tratarán de amoldarlo y definirlo conforme a sus particulares intereses; nunca se dude a los nuestros. Y ante esa tremenda realidad presentida, el miedo nos penetra por todos los poros de nuestro cuerpo, enfriando nuestros músculos hasta darles rigidez cadavérica.

Una pena.

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