De la tortilla

Por Mariano Valcárcel González.

Cuando algunos deciden que las cosas han de cambiar, que la situación actual (en cualquier lugar) no puede seguir como ahora y como antes es cuando se presenta el dilema crucial: reforma o ruptura.

De la decisión tomada depende luego el discurrir de lo que acontezca, y de ello depende, pues, cómo vayan los asuntos económicos, sociales, políticos, educativos, culturales y religiosos; es decir, todo lo que nos afecta y nos concierne. Debemos deducir de ello que no es cosa de tomar a la ligera lo que puedan decidir unos, pero que luego nos va a afectar a los demás.

Fíjense; digo afectar a los demás, muy a propósito y no afectar a todos, pues resulta que los cambios que se realizan, se realizaron o se realizarán, en general promovidos por un número muy determinado de personas, luego alcanzan para lo bueno a pocos y, en especial, a esos dinamizadores; y, sin embargo, para lo malo sí que llegan a demasiados y casi nunca a los que los promovieron.

Dicen los de la CUP que «Para hacer una tortilla hay que cascar los huevos…». Magnífica metáfora. Y así es en efecto, que para llegar a algo, si se pretende que sea distinto y rupturista, no hay más remedio que romper lo que significa parte de lo anterior. Nada de lo que fue sirve para lo que será. Así que hay que derribar lo viejo para hacer surgir lo nuevo. Mas…, ¿Qué se derriba? ¿A quiénes se les derriba? ¿Quién o qué ha de salir perjudicado en supuesto beneficio de lo que quede ya purgado?

En nombre del “hombre nuevo”, del “nuevo socialismo”, de la “nueva Nación” y semejantes se han realizado verdaderas barbaridades, criminales en demasiados casos. En nombre de la utopía de la verdadera justicia, se han realizado verdaderas injusticias. Para, luego, volver a lo conocido, con idénticas estructuras, aunque con distintos nombres; que una dictadura es una dictadura, se vista de azul o de rojo. Habríamos de pararnos y pensar en todo lo que esto supone.

Creen en la nueva República Catalana esos llamados Comités de Defensa de la República y no saben que, para ello, hay que partir de cero (o, si lo saben, se lo callan), hacer tabla rasa con lo establecido (y no es solo cuestión de cambiar el nombre de Monarquía a República). Al menos, así lo entienden lo antedicho, que ven como positivo el que a su territorio se le escapen ocasiones como la Copa del Mundo de Vela, la Oficina del Medicamento Europea; posiblemente, esa cita mundial con la telefonía móvil y más iniciativas empresariales, delegaciones territoriales, franquicias, opciones turísticas, fábricas y más. Sí; lo ven como positivo, porque –no nos olvidemos– se definen como anticapitalistas, y lo citado es de un capitalismo a veces insultante; pero no se puede, de la noche a la mañana, tirarlo todo por la borda del ensueño del nuevo orden republicano. Cascarán así bastantes huevos, pero ¿qué clase de tortilla saldría?

Quienes no quieren darse cuenta de nada, ni que se lo adviertan y expliquen, son de una temeridad absoluta y de una irresponsabilidad criminal. Cuando se llegase a esa arcadia feliz, se entrevé que solo quedarían los buenos payeses con sus cultivos y sus egoísmos aplicados a la explotación del hambre de los demás; ellos sí serían, pues, el alma de la república (por eso movieron sus tractores y alzan sus varas sus alcaldes), dado que las masas urbanas dependerían muy mucho de sus productos. Ya lo vislumbraba la alcaldesa de Barcelona, que había que promover al campesinado del extrarradio y de las comarcas catalanas, para que se vendiesen sus productos (su aceite, su pan, sus verduras…) en la gran urbe, como si con solo esos recursos se pudiese alimentar el tamaño de tal población.

Me temo que se han reinventado ideas y filfas que demostraron, antaño, su fracaso; pero que ahora se venden como cosas novedosas, por conocer y aplicar. Panaceas y bálsamos de fierabrás ideológicos, manejados por una cuadrilla de profesores utópicos y de alumnos y seguidores, en general bien alimentados y poco sufridos. Véase, sin más, la mofa de alguno de ellos hacia el proletariado andaluz (mofa y escarnio poco acorde con los presumibles principios fraternales e igualitarios que dicen defender), o la huida de una de sus más significados dirigentes, no hacia algún país subdesarrollado o necesario de cooperación, sino hacia la más que capitalista Suiza.

En esa Suiza, en la que los niños arman puzles con maquinaria de relojes, las vacas comen chocolate, el ejército trabaja de ocho de la mañana a ocho de la tarde y cualquiera que lleve un número secreto pintado en la palma de su mano es admitido de inmediato; no, desde luego, inmigrantes subsaharianos, desplazados del oriente bélico o, simplemente, sin un euro o dólar en el bolsillo. Este es el país que, a esa política sobrevenida y alzada a hombros del postureo progre y revolucionario –uniformidad de su apariencia comprendida–, ha acogido; ella ya cambiada de imagen, más acorde a la de cualquier burguesita modosa; este es el país que también ha acogido a otra de apariencias modosas y frágiles; se la tilda de eficaz llorona, pero muy militante secesionista ella. Este es el país, en fin, que se apresta a chantajear al gobierno español, iniciando la demanda de extradición de Falciani, el que descubrió el listado, amplio, de los desfalcadores, defraudadores y evasores de dinero hacia esta isla europea, donde todo se cambia o se vende según proveniencia, y el tal chantaje consistirá en el cambio de cromos del anterior por las otras dos huidas de la justicia española. Que lo tengan en cuenta.

Es, pues, pantomima y mucha bulla la empleada por los muñidores de cualquier movimiento de cierto fuste y potencia que se precie; mucho emplearse a fondo en manejar a las masas, tan manejables y propensas a serlo, ¡precisamente en nombre de la libertad! La utilización de proselitistas, activistas, propagandistas y publicistas bien pagados, en más que necesaria para el feliz alcance de los objetivos deseados, así como es muy necesario contar con los medios y los recursos de difusión fundamentales… Prensa, radio y televisión al servicio de la causa (y olvídese usted de la utopía de eso del periodismo libre y objetivo) y, ahora, la utilización masiva de los canales de internet, esos en los que se puede creer cualquier cosa que en los mismos se exponga (la multiplicación exponencial de una mentira crea una gran verdad).

Llegados ya al punto óptimo de ebullición, solo queda dejar escapar la presión de la caldera, cuanto más violentamente mejor; pero ¿qué quedará luego dentro de la misma?

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