Cuento de la nostalgia, 07

Por Mariano Valcárcel González.

Esto del cambio climático es cosa evidente y, como en tantas cosas, no me explico que todavía existan grupos de interesados o de descerebrados en negarlo. Lo de los descerebrados no tiene remedio, pero lo de los interesados en destruirnos y destruirse sólo por mera ambición es causa criminal.

¿Qué por qué me meto ahora en tema tan viejuno…? Pues porque mis recuerdos y la nostalgia a ellos asociada me llevan a comparar lo que eran otros otoños e inviernos y cómo los pasábamos y soportábamos en nuestra infancia y juventud.

Estaba yo un día en el cruce de Las Cabezas de San Juan (el cruce con la N-IV que todavía existe), porque allí ejercía mi oficio, cuando se me acercó una pareja de guardias civiles. Los guardias de ese pueblo, en especial su jefe de puesto, debían tener una fijación con nosotros (me refiero a la caterva de maestros jóvenes que allí fuimos enviados), porque cada dos por tres nos pedían datos. Y aquel mediodía, que yo esperaba para comer en las ventas de allá, pues los hombres no tuvieron más que hacer que preguntarme que qué hacía, que adónde iba y cosillas así… Cuando averiguaron que era de Úbeda, lo primero que declaró uno de ellos fue «¡Cuánto frío pasé allí!», recordando, sin duda, el riguroso invierno que entonces se servía por esos cerros; también recordaba la Semana Santa (en la que sin duda desfiló). Me dejaron en paz.

¡Y cómo eran aquellos inicios del mes de noviembre, por Todos los Santos! Lluvia racheada, viento y frío se servían un año sí y otro también. Claro que estaban más que acertados y en su sitio los puestos de castañeros, asándolas, allá en lo alto de la Corredera, metidos en los portalillos; por allí pasaba yo, a primeras horas de la gélida mañana, porque tenía que llegar a la SAFA a las ocho, a chuparme la obligatoria misa diaria, porque se nos pasaba lista a los externos. Así que, hiciesen las condiciones meteorológicas que hiciesen, teníamos que acudir sin remedio a la liturgia. No olvidemos que entonces el menda tenía unos once o doce años, o sea, que era un chiquillo (al que la madre se resistía en colocarle unos pantalones largos y se imaginará el lector o lectora el padecimiento añadido). ¿Alguien se extrañará que de esos excesos piadosos surgiesen estos parcos entusiasmos actuales?

Ese Día de los Santos era en realidad la introducción inevitable de un otoño invernal.

Los boniatos asados en los braseros de orujillo, el carruécano como plato estacional, las flores para el cementerio ‑crisantemos‑, las luminosas palomillas de aceite que mi madre ponía en un cuenco, en un rincón oscuro de una habitación a la que con cierto temor uno se asomaba, que olía a aceite caliente o quemado con un añadido a féretro, a muerto presente, a sombras del más allá, rondando la zona escasamente iluminada.

La única alegría para ese día ‑mejor para la noche‑ era la confección de las gachas dulces, que eran rituales en mi casa y que mi madre siempre hacía. Las mejores, ¡quién lo duda!, eran las de leche; pero, cuando escaseaba o no había, cosa demasiado frecuente, las gachas se hacían con agua. Luego los tostones y el azúcar las mejoraban. Si aparecía una botellica de anís, el remate. Yo sigo la tradición materna y, en mi hogar ‑salvo alguna contingencia‑, hago todas las noches de Los Santos las gachas que recuerdo de mi madre. Y ya me las piden siempre.

Ahora, este tiempo impío nos azota sin tregua ni cuartel, pero en el sentido contrario.

¿Quién puede ver como normal que, hasta estas fechas, las gentes puedan estar a la orilla del mar, soleándose y hasta bañándose? ¿Cómo podemos contemplar, como normal, que no caiga ni una gota en la práctica, y que los pantanos, ¡los pantanos de Franco!, estén prácticamente secos? ¿Cómo entender que vaya uno por la calle con camisa de manga corta…?

Ni nuestra mente es capaz de asimilar tales cambios, contrarios a nuestros recuerdos y a la estabilidad de la Naturaleza. Y, sin embargo, se están produciendo y todavía hay quienes lo niegan.

Luego venía el largo invierno, en el que no faltaba la nevada más o menos intensa, pero no faltaba. Y en las Navidades, que parecía época propicia. Y se repetían los ritos del calor en el hogar, con los borrachuelos, las empanadillas de cabello de ángel, los mantecados, las copitas de Terry (con malla y tapón de corcho), de anís… El frío que se entraba por todos los huecos de puertas y ventanas, tan de maderas maltratadas que apenas si encajaban bien; el calor alrededor del sempiterno brasero que calentaba las piernas de quienes se refugiaban bajo las faldillas (y las cabrillas en las de las mujeres), porque algo alejados del mismo ya no había refugio del frío.

Y las largas mañanas frías y heladas, soñolientos de rodillas en el oficio obligado, y levántate y arrodíllate y santíguate, todo igual, todo rutinario, todo sin sentido… Y cada cual se abrigaba como podía, mientras andaba por las calles apenas iluminadas, arrastrando la cartera con el desayuno (una torta con una onza de chocolate, o los bocadillos de pan y tocino de las matanzas) y el día se le echaba encima, bien si estaba al día de deberes y saberes, mal si era lo contrario y se esperaba lo peor.

No se pueden tener ya sensaciones como las descritas, porque ya no han cambiado las costumbres y los gustos (¡ese Halloween!), sino también el clima. Y, claro, sin lo que el clima regula y representa no hay memoria que valga.

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