Histeria

Por Mariano Valcárcel González.

Estamos instalados en la histeria.

Vivimos tiempos histéricos. Ya no se pondera nada, no se buscan los pros y los contras, no se compara nada ni se razona nada. Todo es grito, interpelación, monólogo disfrazado de diálogo o simplemente diálogo imposible, disfrazado de vocación democrática.

Vivimos tiempos revueltos e inestables. Cuando esto ha sucedido anteriormente, se han emitido signos o se ha creído que se emitían, advirtiendo de los peligros inmediatos o cercanos. Así se decía que el expresionismo desaforado de entreguerras, por ejemplo, alguna de sus películas, como “El gabinete del doctor Caligari”, era premonitoria de lo que luego llegó a Alemania.

También las películas de terror apuntaban a esos tiempos inciertos y de porvenir más bien siniestro. El ejemplo, otra vez alemán, lo tenemos en la película “Nosferatu”. Cuando se entró en la era de la guerra fría, amenazada paroxísticamente por la bomba nuclear y sus consecuencias, también hubo películas que se interpretaron como advertencias de la catástrofe inminente, generalmente del tipo de monstruos apocalípticos, “Godzila”, y otras de hormigas mutantes y así… La que casi cerraba el círculo (y en realidad abría otro nuevo que ahora es un filón para los estudios de televisión) fue “La noche de los muertos vivientes”.

Pues bien, tenemos en estos años últimos una invasión recurrente de películas de terror. Proliferan. Todas ellas nos llevan a lo desconocido, a lo que ya no podemos controlar (y no solo a los muertos vivientes regresados, que también, ni a la religión endiablada y territorio satánico); a la advertencia de que existen fuerzas que son superiores a nosotros y que nos pueden destruir sin que lo podamos evitar.

Esta histeria es patente y se refleja o se fomenta hasta lo indecible, lo increíble.

Histéricos mensajes que inundan las redes en sus portales de intercambio, que al ser breves e inmediatos son poco o nada elaborados, no ya pensados. Se insulta así, por las buenas, sin más supuesta justificación que la que da, al que me da la gana contestarle eso, o que te lo mereces porque así lo digo o porque estás contra mi postura. Se insulta sabiendo que uno es impune a ello y, además, sabiendo que es invisible, en el aspecto de la invisibilidad que da o el anonimato, o la suplantación e incluso la distancia real y física, que me cubre y asegura.

Esta peste de mensajes y pequeños comunicados crean y persiguen el enrarecer y perturbar la convivencia, creando un clima irrespirable en el que, quien más adultere, envenene y logre una atmósfera letal, más se acercará a los objetivos que está buscando o para los que está trabajando. Llegar, pues, a la histeria es vital.

Vital porque, paradójicamente, logrará la muerte social del atacado, de lo que se quiere destruir. El monstruo acabará con el indefenso.

Cierto es que muchos, como antaño, lo ven venir. Saben que ya está acercándose. Pero, igual que antaño, o no lo impedirán o, incluso, por temor o por inconsciencia, e incluso por un intento de aproximación buenista, confiando que lo dominarán, lo dejan hacer. Ven cuál será el fatal desenlace, pero se quedan quietos o paralizados. Es demencial.

Todo esto se cumplió, se produjo, sin que quienes pudieron evitarlo lo hiciesen. Se produjo la primera Gran Guerra ante ‑primero‑ la inconsciencia y luego el terror de los que fueron a la gran matanza, mientras que los que debieron evitarla no lo hicieron ni pagaron por ello. Se llegó a la guerra civil española anunciada una y otra vez por la cabezonería ciega de quienes solo creían en que sus ideas llegarían a término y los que buscaron un motivo para su estrategia criminal; unos y otros la vieron venir y unos y otros no hicieron nada por evitarla. La histeria como argumento. En cuanto a la Segunda Guerra Mundial, mudo, ciego y sordo fue quien, observando lo que pasaba en Alemania (o Italia), no reaccionó; que Hitler no era solo ese amable y empalagoso sujeto que acudía a los conciertos burgueses o a las recepciones diplomáticas y sociales, sino también el que vociferaba en los estadios, anunciando limpieza de raza, expansión territorial e imperio alemán por mil años (y no le temblaba la mano, cuando había que asesinar).

Cuando todos creyeron que esa plaga histérica, aleccionada por las derrotas o por las ruinas de tantas gentes, se había retirado para más no volver, se inició una época de calma, tutelada por el poder racional de la evitación del caos, por la amenaza de unas consecuencias tan impensables, que era mejor ni planteárselas. Calma chicha. Y tiempos de desarrollo y bienestar. En los que se basó el llamado “Estado del bienestar”… Progreso.

¡Ah, pero la histeria existía encubierta, presta a saltar! En cuanto el sistema presentó fracturas, en cuanto unos creyeron que ya tenían el campo raso y listo para hacer lo que quisiesen ‑y haciéndolo‑, terminaron con lo anterior, meramente por egoísmo de clase. Creyendo dominada la hidra, esta se empezó a desperezar.

Y volvimos y estamos en ello. Histeria colectiva que ya no repara en nada, ni quiere nada en lo que reparar, si no es lo propio ‑lo mío‑, como misión o como trinchera. Histéricos y patéticos los que la fomentan; pero más patéticos los que la van hinchando con sus pequeñas histerias personales y equivocadas. No me venga usted con nada que yo no crea a pie juntillas. Y lo creo porque me lo han dicho o enseñado y no me hace falta más nada. Amén. El diablo tentó a Jesús para que se tirase desde la torre del templo, pero ‑a lo que se ve‑ Jesús ese día no estaba histérico. Ni era tonto, claro.

Tenemos también otras histerias que inundan las relaciones sociales. Por cualquier cosa hay un estallido; por supuestos secuestros de niños, porque demandamos prioridad para nuestro deporte, porque sacamos la procesión del coño insumiso, por imaginados abusos, porque está de moda ser histérico con motivación o sin ella. La histeria oculta la falta de razón o la intención de imponerse sin ella.

¿Y a quiénes les pediremos responsabilidades (si podemos), cuando el desastre esté servido?

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