Los viejos cuadernos

Por Mariano Valcárcel González.

Es una verdadera lástima que vivamos en un país tan cerril.

No se entiende nada si no podemos machacar al contrario; no, nada de razonar, muchísimo menos dialogar… Estos verbos no se usan por nuestras tierras. De utilizarlos, daríamos muestra de debilidad, de rendición, y eso es algo que no cabe en nuestras mentes.

Tal vez tenga algo que ver el tiempo que hemos vivido, largo tiempo, empapados de mitos, historietas fantásticas alejadas de la verdad, estructuras viejísimas y anquilosadas que no dejaban pasar ni una brizna de aire nuevo, ni de su predominio absoluto. Hemos seguido mirando dentro de los cuadernos de tapas de cartón, ajadas y descoloridas y, dentro, solo hay recortes con olor a humedad, comidos por los ratones. Pero no han cambiado los cuadernos, aunque se cayesen del uso.

Así, cuando se pretenden ciertos cambios, cuando se pretende forrar con nuevo papel esas tapas (como mera forma de aparentar mudanza), salen dando voces y ayes de dolor o gritos de venganza quienes estaban muy a gusto con la rutina y solo quieren que no les falten ni les quiten sus recortes del cuaderno viejo. Ni le cambien las tapas.

Es mentira que, tras la desgraciada guerra civil, se abriese un larguísimo periodo de paz; como tiempo real, en el que no se declaró ningún conflicto bélico de gran importancia (ni dentro de las fronteras patrias ni interviniendo en otros lugares), pues tanto la aventura en tierras rusas como luego los conflictos coloniales (de descolonización), si bien causaron bajas en las filas militares, no implicaron una magnitud extrema. Por lo mismo, es cierto que hubo muchos años de fingida paz interior. Y fue fingida, porque esa supuesta paz fue impuesta y mantenida por el vencedor, a sangre y fuego, años y años en los que la única voz permitida fue la de los vencedores, y ello con matices, pues, aparte de los criterios y dictámenes del Generalísimo, personales e indiscutibles, solo dentro del Movimiento Nacional (partido único de falangismo descafeinado), del Ejército vencedor (sobredimensionado para mantener una gran masa de incondicionales) y de la Santa Madre Iglesia Católica española (olvido hecho de curas separatistas) no había ni cauce ni oportunidad de que los vencidos, por muy buen historial que hubiesen tenido, pudiesen exponer sus ideas y pudiesen ir hacia una confluencia de entendimiento y perdón con los anteriores. Y menos, todavía, ir hacia un cambio político que poco a poco dejase a un lado el peso guerracivilista, que tanto daño hizo y todavía hace.

Fue una paz bajo el palio del caudillo, la sombra de la cruz y el peso de las botas. Y se pretendió que toda esa antigualla estuviese, siempre marcada a fuego, en nuestras conciencias (como así ha sido realmente) y en nuestras instituciones, nuestras calles y plazas, nuestras costumbres. Por eso, se mantiene ese memorial a Franco, que es El Valle de los Caídos (dejemos de pensar en José Antonio; eso fue una mera excusa del general para hacer tragadera su megalomanía; así como excusa hipócrita fue trasladar tanto cadáver, de uno y otro bando,diciendo que con ello se lograba la reconciliación, o sea, la verdadera paz entre los españoles). Por eso, se pone el grito en el cielo cuando, de una vez, se pretende quitar, del callejero de nuestras ciudades y pueblos, nombres que solo evocan ese pasado de guerra y de vencedores de unos españoles sobre los otros; cambiarlos, desde luego, por quienes representan sectariamente a los vencidos, también es una prueba de que la concordia nunca se logró (y se tiende al revanchismo). No se quiere concordia, pues no se sabe lo que eso es.

El caso reciente de la propuesta de suprimir la misa católica, emitida cada domingo desde la segunda cadena pública nacional, y la gritería que se ha alzado al instante, es otra muestra más de lo que acá expongo. En un país que se declara, ahora, constitucionalmente aconfesional (¡ojo, ni laico ni ateo!), sería de lo más normal que la cuestión religiosa (como la militar) hubiese pasado a un segundo plano de respeto y tolerancia y, por supuesto, de opción y práctica privadas. Pero siguieron mirando páginas del cuaderno viejo, muy mohosas ya, y les parecía no solo normal sino hasta incuestionable que ese rito se emitiese mediante un canal estatal. Se olvidan, adrede, que existen ya otros canales de emisión abierta, pero privados (y entre ellos emisoras y televisiones en manos de la Iglesia Católica), que pueden emitir todo lo que crean conveniente y de servicio para la feligresía y nadie se lo va a prohibir y casi todo el mundo puede sintonizarlos; sin embargo, el griterío de la indignación está servido y ello obedece, ni más ni menos, a la sensación de despojo de las últimas banderas victoriosas que se poseían. Terminados esos símbolos (más que realidades), se termina verdaderamente la larga paz impuesta por el bando vencedor.

Eso sí que significaría el avance de la historia, el olvido de la putrefacta herida siempre tan presente, su limpieza y cierre, que no debiera permitir ni vueltas al pasado ni revanchismos absurdos y sin sentido. Mas no impunemente se mantuvo el fantasmón de la guerra, del odio y de la victoria como argumentos máximos de convivencia, como para ahora pretender que todo ello quede borrado de un plumazo, ¡y a estas alturas ya del siglo XXI! Se debió terminar hace mucho tiempo con esa simbología que solo significó separación y miedo; sí, mucho miedo, pues todavía vive soterrado el espíritu cainita pronto a resurgir y, como el pueblo lo sabe, debe tener, y tiene aún, miedo.

Esta reflexión no excluye acciones que vayan encaminadas al rescate y reconocimiento de cadáveres que quedan por ahí, más o menos anónimos, a los que se les ha negado, en una acción continuada de rencor y venganza, la más mínima muestra de humanidad, al impedírselo sistemáticamente a sus allegados. Esto no es revancha, aunque así lo consideren todavía los del bando vencedor (y sus descendientes y representantes en la actualidad); tal vez, porque en realidad y en su fuero interno les remuerde la mala conciencia.

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