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21-07-2012.

Desde ese mismo día vivió en casa del comisario, don Trinidad Malpartida; comió en su mesa, sobre el mismo mantel, los mismos frijoles y costillas de puerco; bebió en los mismos vasos y durmió en la misma cama.

Los decires de Chapulín de San Antonio corrían murmuraciones de que el comisario Malpartida era buja­rrón, tenía plumas y cacareaba. Pero el chato Patrocinio desconocía aquello.

La primera noche durmió en otro cuarto, entre sábanas limpias, las que nunca había tenido sobre su cuerpo, salvo en casa de doña Purita. Y no podía dormir por extrañarlo. Él era ya un hombre hecho y derecho que andaba por los treinta. Ya de madrugada, creyó escuchar llantos que venían del dormitorio del comisario. Se levantó, en cueros como estaba, acudió tras la puerta, aplicó su oído en aquel silencio punzante y, sí, el comisario lloraba entrecortadamente, con desconsuelo. El chato Patrocinio dudó. Raro era, al menos a él así le parecía, que un hombre llorara; más aún, un policía.

—Absalón, Absalón… —gemía entre llantos el comisario—.
Abrió la puerta muy despacio y esperó. Y de nuevo:
—Absalón, Absalón…

El cuarto olía a alcohol. El comisario estaba bien borracho. Se revolvía en la cama, las sábanas arrolladas. Deliraba en sueños y no dejaba de repetir entre llantos aquel nombre. El chato Patrocinio conoció en esos momentos un sentimiento parecido a la compasión. Aquel hombre que tenía ante sí estaba indefenso, derrotado. Dudó un poco y, sin hacer ruido, sin preocuparse de su desnudez, se echó en la cama junto al comisario. Poco a poco se fue calmando el comisario hasta que el sueño lo absorbió bien. Pero el chato Patrocinio se pasó toda la noche en vela, hasta que sintió frío y se cubrió con la misma sábana que el comisario.

Antes de que la luz del alba diera en los vidrios de la ventana, abandonó el dormitorio. Fue a la cocina, prendió el fuego y se puso a preparar café.

—Gracias, muchacho —dijo el comisario Malpar­tida nada más entrar en la cocina y oler el café recién hecho—.

Desde aquel día, cada noche que lo escuchaba delirar, él acudía al dormitorio, se echaba junto a aquel hombre adolorido y, sin dormir, lo velaba.

Fue la vieja Eulalia, que iba tres días a la semana a fregar la casa y lavar la ropa, la que le contaría que don Trinidad Malpartida nunca había tenido esposa, ni amante, ni había estado con mujeres de a ratos; pero sí tuvo un hijo, Absalón, un chamaco que se disparó un tiro en la cabeza cuando, por descuido, jugaba con la pistola de su padre. Y que, desde entonces, al comisario le dio por tomar y, al poco, le comenzaron las alucinaciones y los delirios nocturnos.

—¿No ves que mira con ojos desamparados? —le dijo la vieja Eulalia—. Pero tú no eres su hijo, tenlo muy presente, mijo —le advirtió—.

Don Trinidad Malpartida enseñó al chato Patro­cinio Juárez, aunque ya tenía la mollera dura, a leer de corrido, a escribir mayúsculas y minúsculas sin muchas erratas, a resolver los sustraendos y las divisiones.

No habían pasado más de dos años, cuando el comisario lo llamó a su despacho.

—Patrocinio, ándale y siéntate. Te voy a decir algo que no parece que sea de muy macho que un hombre le diga a otro: te quiero mucho, y lo sabes. No, no me salgas respondón —le advirtió, cuando vio que el chato Patrocinio le iba a replicar—; no es cosa de que te pongas bravo. Has sido para mí, en este tiempo, lo más parecido a alguien que me arrebató la muerte. Lo supe desde el momento en que te vi perdido, asustado; sí, sí: asustado, pingoneando por los portales de Álamos. Te has pasado muchas noches en vela junto a mí, en silencio; también lo sé. Saberte allí, olfatearte como hacen los perros, calmaba mi conciencia. Absalón había vuelto para devolverme la paz —el comisario no pudo impedir que se le quebrara la voz—.

—Yo, señor…

—Sí, sí… —continuó, reponiéndose—. Bueno, de lo que quería hablarte es de otro asunto. La Dirección General va abrir un nuevo puesto: en Río Negrón. Eso está en el fin del mundo. No es ninguna canonjía. Está cerca del desierto, pero dependerá de esta comisaría y podríamos seguir en contacto. Yo tengo influencias, no muchas, pero válidas. Y te he propuesto. Ten —el comisario le extendió un sobre con el timbre de la Dirección General— tu nombramiento. La semana que viene iremos allá, buscaremos el sitio adecuado y te instalarás.

No sabía entonces el chato Patrocinio Juárez que aquel papel contenía su sentencia definitiva.

Dos meses después, el chato Patrocinio recibió un llamado en el que le confirmaban que al comisario Malpartida lo habían encontrado en su cama, borracho y con un tiro en la sien. No pudo llegar a tiempo para el funeral. El puesto de Río Negrón no tenía asignado carro y el ómnibus de Santa Teresita no pasaba hasta dos días después. En el cementerio de Chapulín de San Antonio, con el sol muy alto y mordedor, ante la tumba del comisario, el chato Patrocinio lloró por primera vez, que él recordara.

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