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15-07-2012.

El comisario Omayocán no tenía ideas, tenía armas. Su mente era estrecha, como su alma, y aún lucía un pecho grande y fuerte, y unos puños poderosos. Las ideas se las suministraba Aquilino, el “Faquir”. Omayocán Sabanagrande solo tenía que dar las órdenes. El “Faquir” pensaba, Áureo verificaba y Omayocán sentenciaba. El “Faquir” decía sangre, y era sangre; decía huellas, y eran huellas; decía crimen, y era crimen. Áureo anotaba, registraba y confirmaba. Pero decidía el comisario.

El comisario Omayocán preguntó al chato Patrocinio:

—¿Qué tú me dices del muerto? ¿Lo conoces? ¿No es el que lleva esta gallera? ¿Nomás está atrancado?

El chato Patrocinio Juárez guardaba silencio.

—Dile al de fuera que baje el arma y entre —con­tinuó, sabiendo que Natalicio estaba a la puerta con la pistola a punto—.

Cuando echaron el cuerpo del chino O'Reilly sobre la mesa que sacaron de dentro los dos escoltas del comisario y Natalicio, los brazos se descolgaron de los hombros y cayeron a los lados de la tabla. En el pecho desnudo del muerto, sin un solo vello, se podían contar una a una las costillas. Aquilino volvió a señalar la diminuta gota de sangre negra y Áureo, con sus ojos de cámara de fotografía, de nuevo escudriñó centímetro a centímetro aquella piel surcada de arañazos.

—Por acá le entró la muerte. Un alfiler largo —ase­guró—. No es cuchillo, ni tijeras. Ni alambre, ni punzón. Un alfiler de los que llevan las mujeres en los pasadores de moño.

El chato Patrocinio sintió alivio con aquellas palabras. Pero el comisario Sabanagrande miró primero al “Faquir” y luego al fotógrafo. Se juntaron los tres y en concilio deliberaron.

—Llévanos a tu casa —le ordenó al chato—.

No era la primera vez que el chato Patrocinio Juárez estaba en la comisaría de Chapulín de San Antonio. No habían cambiado mucho ni el despacho ni las dos celdas. La primera vez lo llevó el comisario Malpartida, don Trinidad Malpartida. Pero no fue allí donde lo conoció, sino en Álamos. Se andaba él por los portales, entre la gente, deslumbrado por la bulla del ir y venir, por aquel olor espeso y brillante, por el ajetreo de los vistosos comercios, los tendejones de frutas, los reclamos de la pajarería, las colgaduras de sarapes, mantas, rebozos y polleras. La luz estallaba en la plaza. Allá podía tener asiento, pensaba, mientras iba de arriba abajo. Había plata. Se hacía a la idea; y en esto estaba, distraído, cuando le tocaron en el hombro y él, por instinto, echó mano al puño de su cuchillo, sin sacarlo.

—Muchacho, ven conmigo —dijo aquel desco­nocido con autoritaria dulzura—.

El chato Patrocinio bajó la mano del cinto y siguió, sin saber bien por qué, aunque algo desconfiado, a aquel hombre. No era muy alto, pero sí de buen porte, de mediana edad y andar pausado, pero firme. Vestía discreto. No tenía ademanes de meloso.

—Entra —le indicó aquel hombre al llegar a un carro estacionado en una de las salidas de la plaza. Dudó, ya algo más preocupado, el chato Patrocinio—. Entra —vol­vió a insistirle—.

El carro salió de Álamos y enfiló el camino de Chapulín de San Antonio. Apenas si hablaron en el trayecto. El hombre lo miraba a través del espejo interior.

—¿Sabes a dónde vamos?
—A Chapulín, parece.
—Parece y lo es. A la comisaría.

Al chato se le incendió la cara. Los ojos se le llenaron de fuego. Se maldecía por haber caído en la trampa de aquel hombre. Se le había acabado la libertad. Tuvo la intención de bajar el vidrio y lanzarse por la ventanilla o de abrir la portezuela y dejarse caer. Desechó aquel inútil pensamiento. Estaba atrapado. Sería la cárcel para él. Por su cabeza pasaron velozmente las seis cuchilladas que mandaron más allá de la vida a seis desconocidos. ¿Por cuál de ellas lo habían agarrado?

De pronto, sintió aliviado el pecho. Algo parecido al descanso de la rendición. El carro se detuvo poco después ante la puerta de la comisaría. El desconocido salió del carro. Un policía que hacía la puerta se acercó y saludó al recién llegado, quien, en el mismo tono de voz firme y dulce, dijo a su acompañante:

—Pasa adentro; platicaremos nomás.
Y comenzó el interrogatorio:

—Soy el comisario Malpartida, Trinidad Malpar­tida, ¿me conoces, pues? —el chato Patrocinio negó con la cabeza—. ¿Y tú?

—Patrocinio Juárez.
—¿De dónde vienes?
—De todas partes.
—¿Y el rumbo?
—A cualquier lugar.
—¿Dónde naciste?
—No sé.
—¿Tus padres?
—No tengo.
—¿Quiénes eran?
—No sé.

El chato se parapetaba en aquellas respuestas no solo por ser verdaderas, sino también para no dejar agujero por donde entrara la luz de la acusación.

-¿Quién te amparó, pues?
—Sor Amapola.

El comisario Malpartida quedó algo sorprendido al escuchar la respuesta del chato Patrocinio. Pero continuó con el mismo tono de voz.

—¿Estuviste en un orfanato?
—En Santa Florentina.
—¿En el convento de las siete monjas?
—Sí. De allá me fui con nueve años.
—¿Te llevaron con alguna familia?
—Conmigo mismo.

Y el chato Patrocinio Juárez se dio cuenta de que aquello no era un interrogatorio policial. La voz del comisario no tenía la dureza de quien intenta tirar de la lengua a un detenido. Por eso contó la muerte de sor Amargura, su huida del orfanato, su erradía por sitios de los que no sabía nada. Se guardó para él contar las cuchilladas que repartió. El comisario Malpartida lo escuchó atentamente y, cuando calló, el chato Patrocinio, le dijo:

—Desde hoy vivirás conmigo, ¿se te hace?

Nunca había recibido de un hombre una proposición semejante. Con otros había estado un rato y agarrado unos pesos que le aliviaron el pasar. Pero nadie, salvo doña Purita Montehondo, lo había amparado de gratis.

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