Un ejemplo de vida: el padre Bermudo de la Rosa, y 4

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12-07-2011.
El padre Bermudo fue un hombre muy querido por todos por su grandeza de corazón, por su discreción absoluta, por su entrega y su pasión por nosotros. Su único objetivo fue siempre ayudar y ser útil a las familias necesitadas de Andalucía, sin buscar el aplauso, sin afán de notoriedad, arriesgando incluso su seguridad personal. Su recuerdo despierta en mí la fuerza, la ilusión y la fe firme e inquebrantable de mis años de internado. Hace poco, cuando nos encontramos de nuevo los compañeros de aquel curso, treinta años después, algunos ya acompañados de nuestras esposas, quise también que mi hija, entonces de diez años, conociera las clases, los pasillos, los dormitorios y la iglesia, fuente de tantos recuerdos y vivencias.
En la biblioteca, ya muy mayor, el padre Bermudo leía. Cómo se alegraron sus ojos al vernos. Nosotros, también emocionados, le manifestamos nuestro respeto y nuestra profunda gratitud. No tenía prisa, se le veía feliz, como aquella mañana de niebla, cuando juntos iniciábamos nuestra andadura por las Escuelas. Se interesó por cada uno de nosotros: recordamos juntos éxitos y dificultades. Con aquella clase y señorío que le distinguía, se “metió en el bolsillo” a las señoras y por supuesto a mi hija, que quedó encantada de aquel maravilloso acento suyo, dulce y cautivador.
Por vez primera, le oímos contar su entrevista con Franco en El Puerto de Santa María, en casa de la familia Terry. Con fiebre y después de dos noches sin dormir, el padre salió a su encuentro en demanda de ayuda para las Escuelas.
—Al escuchar las palabras de Franco a Alonso Vega: «Camilo, ayuda a este padre», no pude contener las lágrimas.
Volví a Úbeda en septiembre del noventa y ocho. Le encontré en el archivo, ordenando papeles y álbumes de fotografías, prendido como yo en el recuerdo de aquellos años. Le hablé de mí y le transmití los mejores deseos de Lorite y de Ruiz Vargas. Se ofreció personalmente a enseñarme la biblioteca en donde, con especial afecto, en una vitrina guardaba las publicaciones de estos compañeros, junto a las de otros alumnos y personas vinculadas a la Safa. Vinieron a buscarle, porque marchaban a Cádiz y parece que se había hecho un poco tarde. Nos dimos un abrazo de despedida: yo, emocionado; él, con su sonrisa siempre franca y sincera brillándole en el rostro.
No volví a verle. Supe que en febrero nos había dejado para siempre, aunque su obra y su recuerdo sobrevivirán por muchos años.
Antes de partir quiso dejarnos, en una crónica admirable, la historia de medio siglo de esfuerzo, de lucha y de entrega por las clases trabajadoras de Andalucía. En ella nos aporta la verdad de las Escuelas y de las personas que colaboraron y dedicaron a ellas los mejores años de su vida.
¿Qué fue la Safa para el padre? Sinceramente creo que un sentimiento, una vocación. Consagró su vida a esta empresa, siempre fiel a la voz de su conciencia, sin dejar de afrontar la realidad en ningún caso por difícil y desagradable que ésta pudiera ser.
Hace mucho tiempo que dejamos el colegio. En este tiempo, nuestra sociedad ha pasado de un autoritarismo político, social, educativo y familiar a una explosión de liberalismo excesivo y carente de valores. El progresismo de políticos poco responsables y de los medios de comunicación, preocupados exclusivamente de lograr grandes beneficios económicos e incrementar las cuotas de audiencia o de pantalla, pusieron de moda el porro antes, y la droga después. La pornografía, el feminismo del odio, la convivencia egoísta, el quebranto de la familia y la aniquilación de las más elementales normas de la ética. Las subvenciones económicas, en manos de políticos resentidos, han dado lugar a tal grado de sometimiento en las instituciones, que colegios confesionales católicos han sido capaces de renunciar o reducir la enseñanza de las prácticas religiosas a cambio de seguir recibiendo la subvención. ¡Lamentable!
Debía de tener mi hija unos siete u ocho años. Una mañana, paseando con ella por el “Pueblo Español”, en la casa de Ávila le compré un rosario hecho de pétalos de rosa. La niña, que entonces iba a un colegio de monjas dominicas, no sabía qué era aquello y pensó que era ¡un collar! Sorprendente, pero cierto. No es que recemos el rosario en familia cada día; es más, no lo rezamos nunca. ¡Mal hecho! No obstante, pienso que no es demasiado exigir a un centro de educación católico que, cuando la niña termine sus estudios, no se cuelgue un rosario en el cuello, para ir a la playa o a la discoteca. Al final de curso cambió de colegio.
Las diferencias entre regiones, ahora nacionalidades o autonomías, se fomenta y se estimula a diario, sobre todo por aquellos que tienen la obligación ‑por ello cobran‑ de procurarnos una vida de paz y progreso. Sin oposición nos resignamos, en esta época en que todo se reivindica, a la dictadura de las programaciones semanales de televisión, cargadas de violencia y aniquiladoras de valores morales. Contemplamos con pasividad el proceso degenerativo que arrastra diariamente a nuestra juventud. Juventud llamada a la apertura, la tolerancia, al diálogo, a la comprensión, a la reconciliación, a la modernidad y al progreso, al bienestar social y al pleno empleo. La realidad es que estos jóvenes, que son inteligentes, cada día están más hartos de tópicos, egoísmo, agresividad, violencia, mentiras, falsedades y palabrería sin sentido. No me extraña en absoluto su creciente desinterés por la política en general y por ciertos políticos en particular.
Hacía poco que había salido de Úbeda. En mi primer año de profesor, una alumna me regaló un libro publicado aquel mismo año en Barcelona, que había obtenido un Premio Nacional: Reflexiones en torno a la educación del doctor Octavio Fullat, escolapio y profesor de Filosofía en la Universidad. Tanto me gustó el libro que tuve interés en conocer a su autor. Amablemente, me recibió en su despacho de la Ronda de San Antonio. Cuando supo que yo no era periodista, se sinceró conmigo en una conversación larga e interesante. Me regaló y dedicó varios libros; uno de ellos, El Estado de derecho. Aún los conservo. Me habló también de dos sacerdotes escolapios que ayudaban en el “Campo de la bota”, barrio marginal habitado por familias gitanas en su totalidad, que malvivían en barracas. Me invitó a pasar el verano con ellos y acepté. En casa dije que estaba en una residencia de estudiantes. De modo que mi primer verano en Barcelona lo pasé dando clase a los gitanos y a sus hijos, en un barrio en el que la policía entraba en contadas ocasiones. Dormía en el suelo y con la puerta abierta, en una barraca junto al mar. Nunca nadie nos molestó, ni jamás faltó una peseta.
Uno de los sacerdotes, el padre Francisco Botey, hijo de una familia de la alta sociedad barcelonesa, había organizado con los gitanos un taller para la fabricación de objetos decorativos. Estos trabajos se vendían luego en la Rambla de Cataluña, en una de las tiendas más caras de Barcelona, propiedad de los padres del sacerdote. Hace unos meses supe que éste había fallecido en México, rodeado de pobreza y miseria, sin un familiar que le atendiera ni le consolara; aunque creo que quizás un hombre así no necesite consuelo en los últimos momentos de su vida.
El doctor Octavio Fullat estaba convencido, y así lo exponía en el libro, de que el futuro estaba en manos de los hijos de los trabajadores formados en el esfuerzo, la disciplina y la capacidad de sacrificio; creía firmemente que éstos pronto gobernarían a aquellos que, instalados en la comodidad y en la falta de superación, se corrompían los fines de semana en las ricas mansiones de la alta sociedad.
Creo que tenía razón. He conocido muchos ejemplos en uno y otro sentido. La predicción era cierta. Me pregunto a veces si hoy podría decirse lo mismo. Actualmente, las clases trabajadoras, en una mal entendida superprotección, han bajado el nivel de exigencia para sus hijos y los han abandonado a las corrientes de permisividad, tolerancia y dejadez reinantes en nuestra sociedad. No es el camino. Lo sabemos. Lo aprendimos desde pequeños, día a día, garbanzo a garbanzo, lenteja a lenteja.
Después de más de medio siglo, las Escuelas se mantienen vivas, como ejemplo de honradez y trabajo bien hechos; como un monumento admirable a la ilusión y a la fe. Durante este tiempo, miles de criaturas hemos vivido y proclamado la verdad de nuestra educación, nuestra verdad; la verdad que recibimos, mezclada con las propias vivencias, formadoras de nuestra personalidad; la verdad que ha conformado nuestra conducta pasada y presente. Ahí están los resultados.
Por el papel que le tocó representar, por la responsabilidad que hubo de soportar y por la alegría con que supo desarrollar tan singular tarea, quizás sea el padre Bermudo el exponente máximo de esta verdad y de esta realidad. Él supo cultivar como nadie, en una época francamente difícil, la sensibilidad y el tacto; practicó primorosamente la discreción y la delicadeza; ejercitó la inteligencia en cada ocasión con eficacia y brillantez; procedió siempre con integridad y honradez absolutas. Su filosofía de hacer en cada momento lo que el sentido común aconsejaba, su grandeza de alma, la valentía y la generosidad de su espléndida obra, nos hará recordarle mucho tiempo con especial emoción y sentirnos comprometidos con toda la fuerza de su ejemplo y de su magisterio.
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