Un ejemplo de vida: el padre Bermudo de la Rosa, 3

03-07-2011.
Había empezado la política de becas. Casi todos teníamos alguna ayuda, aunque los más afortunados eran los de Formación Profesional, que recibían en algunos casos alrededor de veintidós mil pesetas por curso. Esta cantidad debía cubrir los gastos de estancia, formación, alimentación y transporte del titular de la beca. En aquel tiempo, una cifra así era un verdadero dineral. De este importe, el colegio se quedaba con una parte y entregaba el resto a los alumnos. Repartir, aunque sea el progreso, siempre es difícil y a pesar de que la cifra que el colegio devolvía ‑creo recordar‑ era de unas cinco mil pesetas, como las necesidades familiares eran tantas, hubo algunas protestas y descontento; y, finalmente, una especie de “rebelión de los becarios”.
Parece ser que alguien propuso que el colegio se quedara con menos importe y entregara más dinero a los alumnos. Aquel fue sin duda un día muy triste para el padre Bermudo. Le vi muy serio. Nos convocó a los mayores, en una especie de asamblea en el patio de columnas, a la entrada del edificio principal. Parecía dolido y apenado. En medio de un silencio total, empezó a hablar. Trataba de justificar que la cantidad que el colegio retenía de las becas era estrictamente la necesaria para permitir que nuestra formación y la de otras generaciones pudiera continuar. Habló de números, de deudas, de gestiones que sólo arrojaban pérdidas, de intentos y más intentos, de la granja, de los gastos que reportaba nuestra educación, de los talleres, de los sueldos de los profesores y del personal no docente, de la compra de tornos y fresadoras. Se le veía abatido.
Al final, en una gran demostración de honradez y transparencia que jamás podré olvidar, puso a nuestra disposición los libros de contabilidad del colegio para que todo aquel que estuviera interesado en comprobar la verdad de los hechos, que terminaba de exponer, pudiera comprobar partida por partida, los gastos, los ingresos y el evidente déficit que siempre arrastraron los centros de la Institución.
Hoy pienso en la extraordinaria fe y en la terrible soledad de aquel hombre que, de no haber dedicado su vida a nuestra formación, hubiera podido disfrutar de todos los privilegios sociales que su capacidad intelectual y su situación familiar le permitían. Cierto día, nos habló de la soledad del jefe, de la enorme responsabilidad de la persona que en un momento determinado ha de tomar una decisión que compromete a otros. Hablaba en general, como transmitiéndonos una opinión o una doctrina; pero debió poner tal énfasis en su razonamiento que, casi cuarenta años después, recuerdo perfectamente el instante y el hilo argumental del padre. Sin duda hablaba de él, pero nosotros aún éramos incapaces de adivinar e interpretar sus palabras. Siempre el silencio, la prudencia, la vivencia interior. Era su estilo, el estilo de las Escuelas. Nunca oí un comentario de presunción por la labor impagable que hicieron con nosotros; jamás una palabra de orgullo o de vanidad. Nunca sufrimos una humillación por nuestra modesta procedencia. Todo en la Safa era naturalidad, afecto, profesionalidad, entrega y responsabilidad; no exenta de errores, por supuesto.
Yo marché del colegio en junio de 1966. Durante mucho tiempo viví alejado de las Escuelas: años difíciles para todos, de cambios, dudas, ilusiones y seguramente desengaños. Un día, un maestro de Jódar con el que coincidí en un colegio de Hospitalet de Llobregat, me contó que un familiar suyo había coincidido en los años sesenta en la cárcel de Burgos con el padre de unos alumnos de la Safa. Me habló del rector de la Safa de Úbeda, que había hecho gestiones y acompañado en alguna ocasión a los chicos y a su madre a visitar y pasar el fin de semana en Burgos con el padre y marido encarcelado. Hoy, la madre de estos compañeros vive en Hospitalet de Llobregat y me gustaría mucho hablar con ella y entregarle personalmente estos escritos.
Hasta mí ha llegado una carta de este compañero; entre otros recuerdos, habla del padre Bermudo y de la visita que Franco hizo a Úbeda e120 de Abril de 1.961.
Cito textualmente:
«Los que como yo estábamos en el coro, recordarán cómo un escolta de los de boina roja desarmó el reclinatorio que los curas le habían preparado, antes de que se arrodillara. Yo pensé entonces que Franco no se fiaba de ellos. Después, cuando me enteré de que nuestro querido padre Bermudo había sido detenido en Sevilla, terminé de confirmarlo». Y continúa. «El año en que mi padre estaba estudiando en la Universidad (léase Prisión Central de Burgos), me dieron el primer premio en FEN 'Formación del Espíritu Nacional'».
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