Una magnífica persona: don Doroteo Ocaña

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12-05-2011.
Últimamente está de moda pedir perdón por casi todo. Se pide perdón, generalmente, cuando ya no hay remedio ni solución posible. A buenas horas mangas verdes; pues sí, a buenas horas; pero la forma es la forma, y lo “correctamente político” se impone y hay que hacerlo.
El gobierno alemán ha pedido perdón por el holocausto nazi, el Presidente Clinton por el Séptimo de Caballería y por el exterminio de las tribus autóctonas. El Parlamento español ha condenado también la Guerra Civil después de 60 años. La Iglesia, por los momentos históricos de abuso de poder (Galileo, la Inquisición, etc.) ha entonado su particular “mea culpa”. Me consta que Almunia está pensando aún en cómo pedir perdón a Borrel por el pucherazo de Gaspar Zarrías, ahora que ya no vale para nada. No obstante, existen fundadas dudas de si lo hubiera hecho en el caso hipotético de ganar las elecciones. Sinceramente, creo que no, pero ha pasado tanto tiempo… Se dice que el Presidente del Madrid pedirá próximamente perdón al Barça por los arbitrajes que “sufrió”, a través de los años de “la oprobiosa”. La directiva del Barcelona, en justa reciprocidad, no tardará en plantearse que ellos también deberán demandar piadosa absolución por los abusos de los trencillas, en la era Villar-José M.ª García.
Uno, en su humildad, piensa que no puede ser menos y se plantea si habrá llegado el momento de pedir perdón por las muchas faltas y pecados que, a lo largo de su peregrinar por este “valle de lágrimas”, haya podido cometer. He repasado mi vida con detalle, he descartado los pecados por “omisión” ‑porque estoy muy lejos de ser Julio Anguita‑ y, entre todas las personas que a lo largo de mi vida han podido ser objeto de mis enojos, furores y arrechuchos, he seleccionado a don Doroteo Ocaña.
Muchas cosas me unían a él. Uno de sus primeros destinos, como maestro, fueron las tierras de Ben-Atá, intrépido y bizarro caudillo árabe, hoy llamadas simplemente Benatae, villa de unos setecientos habitantes, entre Orcera y Siles, donde yo pasaba los primeros meses de existencia en casa de una hermana de mi madre: María.
Fue nuestra primera coincidencia.
El bueno de don Doroteo se hospedaba en la Posada de la Bonifacia, situada en la plaza, a pocos metros de la casa de mi tía, dueña de la única tienda del pueblecillo y administradora de las cartillas de racionamiento. El maestro, fumador empedernido, tenía adjudicadas en exclusiva las más “finas labores” de la expendeduría: cuarterones, picadura, papel de liar…, en agradecimiento a su devoción, en la escuela, por los hijos de María -en este caso, mis primos-.
Me cuentan que, ya por entonces con gafas y cachimba, era un haz de nervios en constante actividad. Muy querido por los vecinos de Benatae, por el gran prestigio que gozaba como maestro y por el talento y dinamismo que irradiaba por doquier. Los chiquillos del pueblo le temían por su aspecto y vocación, más cerca de Einstein que del paciente y comprensivo educador rural del que nos habla -pongamos por ejemplo, para no salir de Andalucía-, el padre Manjón.
Sin duda, era un hombre serio, responsable, trabajador, autodidacta y muy inteligente: un “pozo de ciencia” en Física y Matemáticas. Volvimos a encontrarnos en Úbeda: él como profesor, ya de cierta edad, y yo como alumno. Evidentemente, no nos reconocimos; pero entre nosotros surgió pronto un cierto afecto que yo no supe administrar.
A decir verdad, era imposible que pudiera pasar desapercibido. Verlo cargar su pipa constituía un espectáculo inolvidable. Cuando se le iba apagando, la atacaba presionando directamente la ceniza con el dedo pulgar, que lógicamente lo tenía medio quemado por las arriesgadas funciones a que lo sometía. A esto ha de añadirse que, por el uso constante de la tiza que sus explicaciones requerían, parecía un molinero más que un profesor. El yeso y el trapo de limpiar la pizarra le ponían las manos, el pelo y la ropa blancos o de color ceniza. Finalmente, al atusarse el pelo, que lo llevaba más bien largo y le caía sobre las gafas, lo acababa de arreglar; otra vez vuelta a limpiarse las gafas, a cargar la pipa y a mancharse. Aquella espiral de restos de tiza, ceniza y carboncillo de la pipa resultaba inacabable.
Ciertamente, no prestaba la más mínima de las atenciones a su aspecto. Cuando terminaba de explicar, daba unas palmadas para sacudirse el polvo, mordía la cachimba, se la ajustaba bien entre los dientes y volvía a encenderla con su mechero de gasolina marca “El Martillo”. A continuación, se limpiaba las gafas y las huellas de ceniza, yeso y tabaco de las manos, dejando las marcas indelebles directamente en la americana, en los pantalones siempre caídos o en la camisa que, al estirar los brazos frecuentemente para escribir en la parte alta de la pizarra, se le salía del pantalón. Seguidamente, sin descansar un segundo, pasaba a preguntar cómo se construía un termómetro Celsius, cómo se calculaba la densidad y el volumen, o cuál era la fórmula de la aceleración de los cuerpos en su caída. Al terminar la clase, se le veía feliz, cansado y satisfecho. En definitiva, hacía lo que más le gustaba en la vida: enseñar.
En fin, ¡genial e irrepetible!
Al salir de clase, su apariencia dejaba mucho que desear. Sus enormes zapatos abiertos formaban un ángulo próximo a los ciento ochenta grados. Sin duda, las huellas de la batalla librada contra la pizarra, la tiza, la pipa y nosotros, le convertían en un personaje realmente singular. Los alumnos nos preguntábamos cómo su esposa y sus hijas, siempre tan elegantes y distinguidas, soportaban los excesos de nuestro profesor.
Para las Matemáticas era rápido y con mucho oficio. Operaba con fracciones algebraicas a velocidad de vértigo. Explicaba con pasmosa sencillez. Nos transmitía los conceptos con la rotundidad del que domina plenamente una materia. En una palabra: hacía fácil lo complicado. ¡A un hombre así ,no había más remedio que quererlo de verdad!
Por eso, creo llegada la hora de solicitar público perdón por mis travesuras, tal y como nos enseñaron, enumerando falta tras falta para escarnio y baldón propio, en humilde confesión.
En primer lugar, quiero recordar aquella tarde en que aparecí al final de la clase y dije que había estado con el padre Mendoza, nuestro queridísimo director espiritual. No era verdad. Por el contrario, me había dedicado a “pasar a limpio”, en la biblioteca, un trabajo de Literatura para el padre Gallego, profesor, novicio, que me había amenazado con castigarme sin salir el domingo si no lo terminaba.
Otro día, que supuestamente venía del Hospital de Santiago con la excusa de unos mareos, tampoco era cierto. Miguel Damas y yo habíamos ido al Ideal Cinema a ver una película de Sara Montiel (pasión de Miguelín, “stricto sensu”).
Tampoco dije la verdad, en otra ocasión, al ser interrogado acerca de un examen que sospechosamente coincidía en casi todo con el de Antonio Montes, genial en casi todas las materias y que yo perjuraba no haber copiado. Aquel nueve nunca debió subir a mi expediente.
Así podría seguir desgranando “mis pecados” en una lista casi interminable; sin embargo, estos deslices fueron erosionando la confianza del sin par don Doroteo, hasta llegar a dudar sistemáticamente de mí, cuando tuve en mi mano todos los puntos para haber gozado de su consideración y su cariño. ¡Lástima!
Un caso de especial relieve lo constituyó, sin duda, mi único suspenso en el examen de Reválida de junio y vino en el peor momento. Aquel verano debía pasarlo en Francia, trabajando, sin la posibilidad de un profesor que me ayudara a preparar la convocatoria de septiembre. ¡A qué pruebas nos somete la vida en ocasiones! Se daba la circunstancia de que los dos problemas propuestos en el examen de Física que nos puso los hice bien. Él pensó que había copiado y me “encasquetó” un suspenso. De nada valieron mis protestas. Cuanto más intentaba yo razonarle mi inocencia, más convencido estaba él de mi engaño. No hubo manera. Alguna vez, al límite de la desesperación, pensé decirle que copiando también se aprende mucho. Evidentemente hubiera sido peor. Al final bajé los brazos; no tuve más remedio que aceptar mi “calabaza” y esperar la ruleta de septiembre; eso sí, con la atenazadora amenaza de la expulsión volando sobre mi cabeza todo el verano, como premio estival, típico de aquella España de los sesenta.
Me tocó ir a Francia. Trabajé en mantenimiento ‑léase limpieza y recambios‑ en una empresa textil. La mayoría de los empleados éramos emigrantes: italianos, portugueses, argelinos, un húngaro y yo. Por las noches, a la hora de ir a dormir, estudiaba una o dos horas hasta que el sueño me rendía. Los últimos pensamientos de cada noche siempre fueron para él (¡perdón por ellos!). Madrugaba mucho: recuerdo que el reloj me despertaba a las seis de la mañana. A mi regreso a España, al pasar la aduana, se me ordenó abrir la maleta, ¡et voilá!, la Benemérita sólo halló libros.
Mis exámenes en septiembre fueron un éxito. Don Isaac me puso un diez en Francés: eso suponía, a todas luces, la seguridad absoluta de continuidad. Don Doroteo, un notable. Las demás calificaciones no las recuerdo, pero a partir de entonces su actitud hacia mí mejoró sensiblemente.
Hacia el mes de noviembre, se puso de moda en el colegio llevar boina. Excesivamente delgado, paliducho y con mi “chapela” calada hasta las cejas, debía de dar pena. Me crucé con don Doroteo un día, al salir del pabellón de clases. Se acercó a mí y, en voz baja, me dijo sonriente:
—¡Hijo mío, qué mal te queda!
Han pasado casi cuarenta años y aún mantengo viva la memoria de aquel verano terrible. Sufrí mucho, pero el recuerdo y el sentimiento que guardo hacia nuestro magnífico profesor de Física y Química es de una extraordinaria ternura y amistad. Seguro que él, desde el cielo, también habrá sabido comprender y perdonar mis travesuras de entonces.
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