Un hombre de Dios: Jesús Mendoza, y 4

12-03-2011.
A poco de llegar a Barcelona, vino a visitarnos a nuestro primer piso en Hospitalet de Llobregat y compartió con mi madre y conmigo nuestra humilde mesa que, a buen seguro, aquel día y en honor del invitado abandonaría algo de su habitual sobriedad.
—Compré carne y estaba muy dura. ¡Claro, como nunca compraba!, no sabía cuál era la buena y la menos buena —dice mi madre, cuando juntos recordamos su visita—.
Aquel piso tenía cuarenta y siete metros cuadrados y vivíamos en él mi madre y yo. En el simétrico al nuestro, que tenía las mismas medidas, vivía una familia de ocho personas y, además, tenían tres realquilados: en total once. Nunca me expliqué cómo podían vivir.
También se preocupó, en aquel viaje, de localizar a un antiguo alumno compañero nuestro, Miguel Franco Polo. Su padre, peón de albañil, había fallecido en un accidente de trabajo aquí en Barcelona y, al poco tiempo, aquel compañero tuvo que dejar el colegio. Yo ayudé al padre a localizarlo. Vivía con su familia en la calle Holanda de Hospitalet, un barrio sencillo de gente humilde y trabajadora: mucho más entonces. Ya han pasado treinta y tres años.
No hace demasiado tiempo, intenté, a través de la guía telefónica, localizar a Francisco Fernández de Sevilla Rivera. Sabía que estaba en Valencia y conseguí contactar con él.
—¿De dónde sales? —fue su pregunta—.
No expresó una gran alegría al recibir mi llamada, a pesar de que habíamos sido excelentes amigos. Le noté dolido. Me pareció que el recuerdo de las Escuelas no le era demasiado agradable. No obstante, me dijo que no podía olvidar que, gracias al padre Mendoza, pudo terminar sus estudios. Me contó que, cuando al dejar la Safa fue a estudiar Magisterio a Granada, Jesús le consiguió un empleo en la Biblioteca de la Cartuja, gracias al cual pudo finalizar su carrera.
¿A cuántos más ha ayudado a salir adelante? ¿Cuántos hogares humildes como el mío ha visitado? Sólo Dios y él lo saben, pero imagino que somos muchísimos los que en un momento u otro de nuestras vidas hemos recibido su apoyo y su asistencia decisivos.
No hace demasiado tiempo estuvo en Guayaquil, trabajando como siempre al lado de los necesitados. A su regreso, consciente de que su sitio está entre los pobres, durante unos meses dudó entre volver a Ecuador para seguir ayudando en aquellas tierras o permanecer en Úbeda, atendiendo a sus múltiples pluriempleos. Veía difícil que el padre Rector le concediera permiso para marchar. Me lo comentó. Pensé que su sentido de la disciplina y el respeto que siempre ha observado hacia sus superiores le impedirían insistir para conseguir el permiso. Por tanto, yo que no soy tan prudente y que estoy más cerca del pícaro que del apóstol, pensé en escribir una carta al padre Rector, comentándole sus deseos e intercediendo por él. Me inspiré para ello en unos versos de Alberti que recogen la súplica de la estatua de San Pedro en el Vaticano, a Jesús. Por prudencia y respeto no llegué a consumar la travesura. No obstante, desde estas líneas hago llegar mi broma al padre Rector, solicitando su perdón y comprensión por ella y agradeciendo su decisión de mantener a Jesús entre nosotros. ¡No lo podemos perder!
Dígame Rector, ¿por qué,
no le permite volver?
Es Jesús, está cansado
pero sigue ilusionado.
No puede seguir parado
quiere que vuelen sus pies
aunque los tenga gastados
y ya no puedan correr.
¡Como ve!
Déjele volver Rector
a cumplir con su misión,
con los pobres que le esperan
como la mies en la era.
Sabe que quiere volver
a tierras del Ecuador.
Allá hay mucho por hacer,
no puede faltar señor.
¡Por favor!
Los hambrientos y afligidos
los tristes, los perseguidos
errantes por los caminos,
le llaman. ¡Es su destino!
 Y necesita señor,
que un corazón como el tuyo
demuestre su comprensión.
Te lo pide sin orgullo.
¡Es lo suyo!
Sé que es sólo tu bondad
la que le impide marchar.
No sufras por él señor;
siempre fue su vocación.
Él te suplica con fe,
porque le esperan allí
y piensa que es su deber.
No puede dejar de ir.
¿A que sí?
Jesús Mendoza sigue en Úbeda, quiera Dios que por muchos años, trabajando en actividades pastorales y en el Archivo, colaborando con asociaciones benéficas, buscando a Cristo entre los pobres y los marginados, recibiendo a los antiguos alumnos que, algunos ya jubilados, acuden en busca del calor y el recuerdo de aquellos años inolvidables. Con su alegría de siempre, continúa asistiendo a los campamentos de trabajo para jóvenes durante el verano, viviendo el presente con pasión a través del diálogo, la reflexión, la información, la oración.
Pocas personas conocen con tanta profundidad nuestras conciencias y nuestra forma de ser. En 1967, en la Asamblea de jesuitas que trabajaban en las Escuelas, celebrada en el Puerto de Santa María, el padre Mendoza describía de esta manera a los alumnos de la Safa:
«Nuestros alumnos pertenecen en general a familias trabajadoras de tipo medio. Los elementos sociales que los condicionan son: prejuicios contra el clero, desconfianza ancestral contra “los de arriba”, poco desarrollo cultural y humano, gran sensibilidad ante la justicia y caridad y, por último, influjo creciente de una cultura de confort materialista y desacralizante».
Ciertamente éramos y seguramente continuamos siendo así y así nos aceptó y se entregó a nosotros, con su obsesión por el bien; preocupándose de nuestros problemas, tanto personales como familiares; animándonos con su alegría; contagiándonos de su actitud positiva y optimista; pensando en ayudarnos antes de que pudiéramos pedírselo; manteniendo el contacto con nosotros a través de los años. Siempre ha entendido que nos ganaría más por el corazón que por el método, más por la autenticidad que por la práctica, más por el fondo que por la forma. Su ejemplo, autenticidad y profundidad perdurarán en nosotros para siempre como norte, ejemplo y rumbo a seguir.
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