Un hombre de Dios: Jesús Mendoza, 3

27-02-2011.
Por mi parte, sigo enamorado de aquella época de honradez, de sinceridad, de trabajo y de paciencia. De la idea del Dios bueno, sencillo, humilde y simpático de Jesús Mendoza. Si volviera a sus clases, me gustaría preguntarle qué opina de ese Dios ambiguo, tibio e indefinido, que nos presentan los Yanes, los Setién, o el tal Blázquez. Estoy seguro de que me contestaría con paciencia infinita, con la misma que soportaba nuestras rebeldías y afrontaba aquel torrente de preguntas maliciosas a que le sometíamos continuamente. Unas veces en materia de sexto:
—Padre, ¿bailar es pecado?
—Padre, ¿hay que confesarse por coger la mano de una chica?
—Padre, yo he visto una película 3R y no tenía nada.
—Padre, ¿es pecado besar a las chicas? ¿Y si no es en la boca?
—Padre, ¿es verdad que el órgano que no se usa se atrofia?
—Padre, ¿leer novelas policíacas es pecado? ¿Y del oeste?
Otras veces el acoso tenía carácter más trascendente:
—Padre, ¿cómo Dios puede permitir tantas desgracias en el mundo?
—Padre, si Dios es tan bueno, ¿cómo puede mandarnos al infierno?
—Padre, si Dios sabe si nos vamos a salvar o no, ¿por qué tratar de evitarlo?
—Padre, si la gracia es algo físico, debería estar sujeta a las leyes de la física. ¿Verdad que sí?
También nos preocupaban otros temas como nuestros matrimonios, nuestra prosperidad económica y nuestro triunfo personal en la vida. Jamás le vi molesto o alterado, a pesar de conocer perfectamente la malicia de las preguntas. Sus respuestas, cargadas de paciencia, siempre nos animaban a buscar la respuesta en el fondo de nuestros corazones. Allí, nos decía, encontraréis la verdad y la satisfacción de la obra bien hecha.
Quizás algunas de estas travesuras de adolescente fueron la causa de que en tercero de bachillerato, casi terminando el curso, sufriera los días más tristes de mi estancia en las Escuelas.
El padre de nuestro compañero Lozano Blanco había venido al colegio a visitarle. Este alumno, si bien como persona era excelente, como estudiante tenía dificultades con bastantes asignaturas. Sus notas eran bajas y su continuidad no estaba excesivamente asegurada. Padre e hijo se entrevistaron con el Prefecto, que recomendó a Lozano más esfuerzo y más estudio; pero, sobre todo, le incitó a dejar mi amistad, mi compañía y mi influencia que, según él, eran altamente peligrosas. Les comentó, además, que mi expulsión del colegio estaba prácticamente decidida.
Dionisio Rodríguez Mejías, José María Ruiz Vargas, José Cano Chinchilla y Francisco Lozano Blanco.
Lozano, que era mi mejor amigo, aquel mismo día me informó de la conversación con todo detalle. Pocas noticias podían hacerme tanto daño como la que terminaba de escuchar. Ninguna provocarme tanta rabia, tanta tristeza y tanta desolación. ¿Qué podía hacer? Faltaba menos de un mes para que terminase el curso y me comunicasen la noticia. Allí terminaban mis años de estudio, de esfuerzo, de sacrificios, de lucha y, por supuesto, de alegrías. Después de ocho años en las Escuelas, aquella era mi casa, allí estaban mis amigos, mis profesores, mi familia, mi vida. Ahora, cuando ya había dejado los años de la infancia tras de mí, cuando ya empezaba a ser mayor, ahora justamente me decían que no era digno de continuar allí, que me debía marchar y dejar mi sitio a otro chico que lo mereciera más que yo; que fuera más serio, más responsable y más hombre. Me decían que había sido un mal estudiante, un mal hijo; y mi influencia, además, era peligrosa para mis compañeros. Mi madre se moriría de pena y yo quedaría ante todos como un irresponsable y un golfo que no supo sacar provecho de la maravillosa oportunidad que había tenido.
Recuperar mi buena fama o mejorar en los estudios en tan pocos días era imposible, eso estaba muy claro. Lo único que me quedaba, por lo tanto, era rezar: rezar a la Virgen.
¡Cuántos alumnos pasarían por esta misma angustia! ¡Cuántas oraciones, suplicando poder continuar un curso más! Era el mes de mayo, mes de María, «Flor de las flores».
Incapaz de sufrir en solitario tanto dolor, decidí explicarle mi angustia al padre Mendoza. Recuerdo que era por la tarde. Los demás compañeros debían estar en clase, porque paseábamos él y yo solos por la carretera, entre los campos de deportes. Poco a poco, le fui exponiendo la conversación que me había revelado Francisco Lozano y el anuncio de mi segura expulsión, así como la terrible tragedia que ello comportaba. A medida que hablaba, iba aumentando mi tristeza de tal forma que, en un momento determinado, incapaz de soportar tanta amargura dentro de mí, rompí a llorar. Sólo pude añadir: «El padre de Lozano ha venido a ayudar a su hijo. Yo no tengo padre, sólo le tengo a usted», y seguí llorando.
No me prometió nada. Sólo me animó a contarle a la Virgen mi problema con la misma fe con la que se lo había explicado a él. Me sentí aliviado. Lozano no renunció a mi amistad y continuó saliendo con el mismo grupo de compañeros y tratándome igual que lo había hecho hasta entonces. Al final, mis calificaciones fueron sólo aceptables, pero suficientes para permitirme superar el curso. En los años siguientes, mi actuación mejoró de forma notable y fueron de los más felices de mi vida.
Nunca he vuelto a hablar de este suceso con el padre Mendoza, pero siempre creí que, gracias a él, no me echaron aquel año del colegio. Los cursos siguientes, hasta tal punto mejoró la opinión que de mí se tenía que, en quinto curso, fui elegido para representar a los alumnos de Magisterio en la visita que don Vicente Aleixandre, Director General de Enseñanza Laboral, hizo a las Escuelas. Se me otorgó el privilegio de dirigirle unas palabras y hacer entrega a su esposa de un obsequio en nombre de la Institución.
¡Cuántas anécdotas como esta quedarán olvidadas para siempre! ¡Cuántas lágrimas evitó con su prudencia y su tacto! ¡Cuántas confidencias! ¡Cuánta pena!
Su actitud para con nosotros ha sido la misma que la de un buen padre de familia para con sus hijos; hacer todo lo posible y no descansar hasta verlos felices y preparados para afrontar con éxito los problemas que la vida nos plantea.
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