La lucha por la permanencia. Don Diego Fernández, 1

06-08-2010.
En los años cincuenta, los veranos de un niño en la Sierra de Segura, contrariamente a lo que hoy podamos pensar, eran muy poco agradables. A los catorce o quince años, los paisajes de la sierra, los romeros, el tomillo, el lino y la mejorana, las retamas y el majuelo, francamente, no te dicen nada.
Sólo se piensa en abandonar todo aquello cuanto antes y salir a ver y a disfrutar de los múltiples atractivos que el mundo ofrece y concentra en las grandes ciudades. Además, en aquella época no existía aún el jogging, ni el footing, ni el rafting, ni el delta flaying, ni el diving (que no sé lo que es), ni los bolos serranos.
Después de conocer el tráfico infernal de las avenidas, el estruendo de las motos, el ladrido del perro del vecino, la radio y el equipo de música de los recién casados que acaban de comprar el piso de arriba… entonces sí que recuerdas con añoranza y pena aquellos parajes de la infancia: las choperas al borde del río, los juncales, los campos inflamados de amapolas, el tímido parpadeo de las campanillas y las violetas, los pepinillos del diablo, las mimbreras y las cañas para hacer pitos y flautas que tocábamos a la hora de la siesta. ¡Cómo se recuerda todo aquello!
Nuestras ansias de marchar del paraíso tenían su lógica y no estaban exentas de razón. Para quien ha nacido entre arroyos, fuentes, flores y pajaritos, ver cada día aquella impresionante manifestación de naturaleza serena, tranquila y silenciosa, puede llegar a agobiarle, francamente. Piensa entonces que el resto del mundo no puede ser así de aburrido. Sueña con teatros, cabarés, avenidas, grandes almacenes; con respirar contaminación y comer en bares baratos ‑la economía es realista y cruel‑, para que la ropa termine oliendo a humo de fritangas y a tabaco. Algo de esto les debió de suceder a Adán y Eva. Al menos a mí me parece bastante verosímil.
Pasa como con las obras de arte. Después de visitar durante un rato un museo, el deseo más fuerte de un niño es salir de allí cuanto antes a comerse un helado. Ya sé que los hay que se extasian al contemplar una puesta de sol o escuchando las notas de un nocturno de Chopin. Quizás sí, pero ese no era mi caso.
En mi pueblo, nunca había nada que hacer. Por la mañana, Inés, la hija del ya jubilado señor Rodrigo, barría y regaba el portal y los cinco metros de calle que había delante de su casa. A continuación, a la sombra, colgaba en la pared las jaulas con los jilgueros que el padre cazaba por las tardes en los jarales o en las junqueras, junto al río. Alguna vez, un inesperado visitante se acercaba a consultar al viejo o a comprar un pajarito.
El perro de Rafael, el zapatero, sin importarle raza, edad, ni condición social, cada mañana conquistaba a alguna perrita casquivana, entre la Plaza y la Corredera. El pregonero recorría las esquinas, haciendo saber que habían llegado sardinas frescas a casa de Paco, “el Sardinero”. Los burros de los gitanos, con las patas delanteras trabadas, cabizbajos, tristes y pensativos, exhibían sin pudor sus inoperantes atributos, mientras mordisqueaban alguna brizna de paja o de hierba, crecida entre las piedras de la calle. Un rebuzno solemne y aburrido rompía de cuando en cuando el silencio, proclamando a los aires su pereza. Cogido de la mano de su madre, un niño observaba atento.
—¡El burro está mal, mamá! ¡Mira lo que le sale!
Las gallinas, frívolas y presumidas, picoteaban en el basurero, cacareando su desinterés, a la espera de que el gallo altivo y poderoso cumpliera con su obligación.
A medida que el día avanza, el calor se hace más inaguantable. El silencio invade las calles desiertas y el tufillo a puchero triste, o a sardinas y pimientos fritos, sale por las ventanas abiertas, impregna el aire y se mezcla con el olor a carbón de la fragua y el repicar del martillo en el yunque del herrero. Sólo el canto de la chicharra se hace cada vez más intenso y fastidioso. Los críos, después de incordiar al pregonero en su recorrido, de perseguir al perro de Rafael para dificultar sus galanteos amorosos, de observar atentamente la rapidez y la destreza del gallo de don Ramón, el alcalde, y de dar una vuelta por el barrio del Peñasco para ver los burros de los gitanos, ya no teníamos nada que hacer hasta la llegada del correo por la tarde. Por tanto, durante los meses de vacaciones de verano, para mantenerme ocupado, cada mañana iba a clase particular con Toñín Mora, hijo del maestro del pueblo, a preparar las Matemáticas del curso próximo. A él debo mi desconfianza hacia ciertos principios de Geometría, que he mantenido hasta cumplidos más de veinte años; incredulidad a la que aún hoy me cuesta trabajo renunciar porque, por mucho que lo demostrara en la pizarra, ¿cómo iba yo a aceptar que el ángulo inscrito medía la mitad del arco que abarcan sus lados? En la actualidad, cuando lo pienso, aún me pongo de mal humor. Calculábamos la magnitud de los ángulos con un semicírculo graduado y medían exactamente los grados que marcaba el arco del semicírculo; no la mitad. Por lo tanto, yo hacía la demostración; porque si no, no había recreo y me suspendía, aunque en el fondo seguía convencido de lo otro.
Por cosas como estas, a mí lo que más me gustaba era bañarme en las albercas todas las tardes con los compañeros, bajar después hasta la afueras del pueblo y pasear con las chicas, que se llamaban Loli, Mari, Pili o Angelita. Las Jennifer, Vanessas, Sandras, Laras, Cherils y Tamaras son posteriores. Llegaron con el progreso y el estado de bienestar. A la incuestionable belleza del paisaje serrano, le otorgábamos una muy secundaria importancia; en cambio, nos embelesábamos con las incipientes curvas de aquellas chiquitas de mi pueblo que ‑a mí me parecía‑ no habría otras más bonitas en ningún pueblo del mundo. Y aún lo pienso.
Por la noche, a la luz de la luna, bajábamos por el arroyo de las huertas y tomábamos el pulso a los melones, las ciruelas, los higos, las peras y los garbanzos verdes. Luego, cuando el verano declinaba, saboreábamos las manzanas y los membrillos de aroma inolvidable. Todo esto con mucho silencio y sigilo para no despertar al amo de las huertas que, si llegaba a descubrirnos, nos abría la cabeza de una pedrada.

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