Al borde de la congelación con don Antonio Expósito, 1

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08-01-2009.
Si en algo coincidimos todos los que allá por los años cincuenta compartimos internado en cualquiera de los centros que las Escuelas tenían en Andalucía, fue en sufrir el tremendo frío con el que nuestras escasas e insignificantes humanidades fueron mortificadas.
Los fríos serranos, mezclados con los de la estepa castellana, a los que se sumaban los polares, los asiáticos en general y hasta los siberianos en particular, arrojaban como resultante un frío que ya no era frío: era tortura, dolor, sacrificio, cabreo, resignación y “mala leche”. Sobre todo, porque no disponíamos de las más elementales armas para combatirlo.
Los efectos no tardaban en aparecer en manos y orejas. Unas y otras se teñían al principio de un intenso color rojo violeta; después se iban endureciendo y picaban de forma desesperante. Saltábamos y nos las frotábamos para combatir aquel terrible frío e intentar que la sangre circulara. Vano empeño. A los pocos días, las manos se agrietaban y el dolor se hacía insoportable; las orejas adquirían un aspecto horrible y, finalmente, la piel se abría hasta hacerlas sangrar.
Sólo entonces se nos permitía ir a la enfermería donde, con maternal cuidado, Fuensanta, una mujer baja de estatura pero con un corazón enorme, nos untaba aquellas zonas que presentaban peor aspecto con un algodón empapado en yodo. Recibido el afecto y la cura, ya nos podíamos incorporar a nuestras actividades ordinarias, que eran seguir pasando y soportando la crudeza de aquella manada de fríos que había tomado posesión del Colegio y que se encontraban como en casa, mordiendo y atacando nuestras minúsculas figurillas.
Cada mañana, a las siete y cuarto, las palmadas de don Rogelio ponían fin a nuestros cálidos sueños, anunciando otro día más en que habíamos de superar la dura prueba que suponía la vida en el internado.
—En el nombre del Padre y del Hijo…
La voz del inspector llenaba cada rincón del dormitorio y las tres filas de camas empezaban a despertar. La disciplina, la obediencia y el orden se hacían presentes, desde el primer momento. Al oír las tres palmadas, debíamos incorporarnos y, sentados en la cama, santiguarnos y rezar la oración de la mañana. A continuación, ponernos el pantalón, de pana naturalmente, e ir a los lavabos para proceder a nuestro aseo diario.
El hecho de ponernos el pantalón evidentemente también estaba reglamentado. Allí nada se dejaba al azar. Después de santiguarnos, rezar la oración de la mañana, volvernos a santiguar para poner fin al primer acto religioso del día y desperezarnos debidamente, como digo, debíamos ponernos el pantalón. Resalto este hecho porque no era una cosa sencilla ni espontánea. Intentaré explicarlo.
Sentados y con las sábanas a la altura de la cintura, debíamos alcanzar los pantalones que habíamos dejado a los pies de la cama, introducirlos bajo la ropa y sin mirar ni sacar las piernas, proceder a ponernos el ya referido pantalón. Esto que con la práctica se convertía en un hecho rutinario y mecánico, al principio no dejaba de tener su dificultad. Una mañana, salías con la bragueta mirando hacia atrás; otra, metías las dos piernas por el mismo agujero; otra, te los ponías sencillamente al revés, etc.
Dormíamos con camiseta y calzoncillos, que nos cambiábamos una vez por semana, porque el pijama empezó a hacerse popular con las películas americanas y la televisión.
A pesar de que sólo nos lavábamos con agua caliente un par de veces al trimestre y de que era enero y el frío congelaba hasta los pensamientos, nuestros cuerpos serranos, nutridos y sobrealimentados con garbanzos y lentejas, debían transmitir tal fuerza erótica a las siete y cuarto de la mañana, que había que moderar pudorosamente la visión de aquellas piernas esqueléticas que, aunque a simple vista no lo pareciera, seguro que eran capaces de ser causa de pecado.
El aseo era breve como un suspiro. En la cara, el agua imprescindible; algunos utilizábamos saliva, para ahorrar energía; pero eso sí, el pelo habíamos de mojarlo bien para poderlo peinar. Cumplido el trámite, hacíamos la cama y formábamos junto a ella en posición de firmes. Los dos monaguillos se adelantaban para ayudar a misa al padre Pérez.
Con las camas hechas, las ventanas abiertas, la ropa puesta y los elementos de aseo guardados en el cajón de debajo de la cama, esperábamos la indicación de don Rogelio para que las filas comenzasen a caminar lentamente hacia la capilla.
El sueño, el frío y nuestra escasa ropa nos hacían encorvarnos exageradamente, intentando evitar la pulmonía; y las manos volaban a cobijarse en los bolsillos en busca del escaso foco de calor que desprendían nuestras enjutas carnes. Ambas cosas estaban prohibidas. Las manos debían ir cogidas por detrás y el cuerpo y la cabeza erguidos. Si la memoria fallaba, allí estaba el providencial don Rogelio para atizarte, con la punta del silbato de hierro, un par de impactos fuertes y secos en mitad de la coronilla, que hacían olvidar el frío de las manos y devolvían la verticalidad a nuestra espalda.
La capilla, aunque muy pequeña, nos parecía menos fría; seguramente porque, al estar tan juntos ‑cinco en cada banco‑, nuestro calor, las velas y el incienso hacían la estancia más soportable. Allí seguíamos intentando continuar el sueño que las palmadas de don Rogelio había interrumpido violentamente. Sólo los acólitos estaban atentos, por miedo a la reprimenda del padre. «¡Muñeco insignificante horroroso y feísimo!» eran los piropos con que nos obsequiaba, en caso de no entregar las vinajeras debidamente o de advertir la más mínima distracción.
El sacerdote celebraba la misa de espaldas a nosotros. Contestábamos en un latín que, por supuesto, no entendíamos. Al recibir la comunión, recuerdo que las manos del padre también acusaban las huellas de aquel frío terrible. Las tenía abiertas por los sabañones, rojas y agrietadas, como si se hubiera cortado repetidas veces con una cuchilla de afeitar.
Al fondo de la capilla, el viejo armonio acompañaba nuestras canciones y los errores desastrosos de nuestras letras en latín.
Texto auténtico
Nuestra versión
Salve, Regina, mater misericordiae;
vita dulcedo et spes nostra, salve.
Ad te clamamus, exules, filii Evae.
Ad te suspiramus, gementes et flentes
in hac lacrimarum valle.
Salve, Regina, madre misericordia
vida lucero, eres nostra salve.
A ti clamamos, Jesús i i i i ele.
A ti suspiramus, gementes enfrente
en el lagrimarum vale.
 
Para finalizar, el verso que dice: ¡Oh! ¡oh! dulcis Virgo María, también quedaba traducido y adaptado convirtiéndose en: ¡Oh! ¡oh! dulcísima María.
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