Villanueva. Historias de los primeros años, 5

  • Imprimir
05-11-2009.
Durante casi todo el tercer trimestre, preparé con don Rogelio una de las poesías más conocidas y recitadas en los internados de la época, el día de la fiesta de Fin de Curso: “A la Virgen del Recuerdo”. Cada mañana, salíamos del estudio y solos, en una de las clases, estudiábamos cuidadosamente la actuación. Me indicaba la posición adecuada de las manos, la dirección correcta de la mirada, las pausas, los silencios, los versos que debían acentuarse elevando el tono de voz, o apagarse en un suspiro. Las súplicas, las protestas, el significado de cada una de las palabras.
Cuando faltaba una semana para la representación, una mañana asistió al ensayo el padre Fernando Pérez. Yo procedí a recitar la poesía como me habían enseñado, prescindiendo de su presencia y poniendo toda la fuerza y la pasión interpretativa de que fui capaz. Aquel hombre recio, duro, enérgico y exigente no fue capaz de quedarse hasta el final. Sus ojos se llenaron de lágrimas y salió de la clase sin escuchar las últimas estrofas.
El día de la fiesta, actué a continuación de Marcos, un chico de mi misma edad, hijo de don Pascual Megina, director del Grupo Escolar de Villanueva, que nos estremeció recitando “La pedrada” de Gabriel y Galán.
Cuando pasa el Nazareno
de la túnica morada,
con la
.
frente ensangrentada,
la mirada del Dios bueno
y la soga al cuello echada,
el pecado me tortura,
las entrañas se me anegan
en torrentes de amargura,
y las lágrimas me ciegan,
y me hiere la ternura…
[…]
Y detrás del Nazareno
de la frente coronada,
por aquel de espigas lleno
campo dulce, campo ameno
de la aldea sosegada,
los clamores escuchando
de dolientes misereres,
iban los hombres rezando,
sollozando las mujeres
y
los niños observando…
[…]
La procesión se movía
con honda calma doliente.
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía…!
[…]
Y aquel sayón inhumano,
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!,
¡qué corazón tan villano!
¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con el látigo de acero…
Mas, un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,
[…]
se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
mirole al sayón de frente,
con ojos de odio muy hondo,
parose ante la escultura,
apretó la dentadura,
asegurose en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,
zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y, del infame sayón,
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.
Los fieles alborotados
por el terrible suceso
cercaron al niño, airados,
preguntándole admirados:
—¿Por qué, por qué has hecho eso?
Y él contestaba agresivo
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
—¡Porque sí; porque le pegan
sin hacer ningún motivo!
[…]
Estuvo francamente insuperable. La mayoría de los asistentes lloraban emocionados. Yo también lo estaba.
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.