Villanueva. Historias de los primeros años, 3

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12-10-2009.
En aquel vergel que era el colegio, la llegada de la primavera cambiaba nuestras vidas. La pequeña capilla, las clases, los pasillos, todo se llenaba de luz y flores. El mes de mayo, mes de María, con sus plegarias, sus canciones y sus perfumes, será inolvidable para nosotros. El gran jardín central, rodeado por cuatro edificios, se llenaba de aromas y colores, adquiriendo un aspecto maravilloso.
Recuerdo la gran morera blanca con cuyas hojas alimentábamos nuestra colección de gusanos de seda. El viejo castaño, los pinos, la parra recién plantada y sus zarcillos (adornando de verde el muro del campo de juegos), los madroños, los rosales, los pensamientos, la yedra y el musgo que tapizaban las viejas paredes de la piscina, que nunca utilizamos.
Nuestros uniformes de pana negra se guardaban en la ropería hasta el siguiente año y, en su lugar, lucíamos el de verano (compuesto de un pantalón y una camisa de manga corta, blancos), que rara vez era de nuestra talla. Solíamos hacer excursiones a pie, al Guadalquivir, a Iznatoraf o al Santuario de la Virgen de la Fuensanta. Otras más alejadas, a Río Madera, al nacimiento del Río Mundo o al Pantano del Tranco. Estas, en camión. Los alumnos y profesores nos colocábamos en la parte trasera y los padres en la cabina del vehículo. Al pasar por los pueblos, cantábamos las canciones que don Rogelio nos había enseñado durante el curso: “De colores se visten los campos”, “Sierra de Mariola”, “Mi abuelo tenía once perros”…
El camión tronaba por las carreteras, mientras contemplábamos el espectáculo verde y maravilloso de los bosques de pinos, cipreses y enebros. Las hojas de plata de los álamos y las choperas, las flores amarillas de la retama y la albaida y, al final, la gran manifestación de la madre naturaleza: el sublime claro en medio del bosque, el cielo limpio e infinito donde el águila y el buitre se coronan reyes del aire y de la sierra. El agua, salpicando, en millones de espejos, los riscos y los juncales. Las húmedas torrenteras, los pasos sombríos del lobo y del jabalí y el aire fresco de los montes, pegando en nuestros rostros infantiles.
Pasar un día de fiesta jugando al fútbol, saltando y corriendo por el monte, construyendo barquitos de junco para dejarlos ir sobre las ondas de la corriente en el río, saciaba nuestra sed de libertad.
A la vuelta, todos traíamos algún que otro tesoro: una mariposa, un fósil, un renacuajo o una flauta de caña. Estos trofeos eran suficientes para hacernos sentir felices, plenamente. A veces, visitábamos alguno de los pueblos por los que pasábamos: La Puerta, Siles, Orcera. Las familias de nuestros compañeros venían entonces a la plaza, saludaban a los padres y profesores y nos acompañaban en nuestra breve visita a la iglesia del pueblo. Después de cantar una Salve a la Virgen, continuábamos nuestro camino hacia los picos de la Sierra de Cazorla o de Segura.
Había en Villanueva un policía enamorado de la labor que las Escuelas realizaban con los muchachos del pueblo. Se apellidaba Marín y se le conocía por el sobrenombre de “Zaramaya”. Su hijo, Paquito, era un compañero amable, simpático y muy inteligente. El padre, siempre que podía facilitaba invitaciones al colegio para presenciar las corridas de toros y otros actos a los que a nosotros lógicamente nos entusiasmaba asistir. Como el número de invitaciones era limitado, siempre había de procederse a establecer los criterios de selección para decidir qué alumnos podían o no, concurrir a los eventos.
Unas veces era un suspenso el que te dejaba sin ver a Paquita Rocamora, rejoneadora famosa de la época. Otras, por haber hablado en la fila, te perdías los magníficos pares de banderillas al quiebro, que Luis Lucena colocaba en el morrillo del becerro. No recuerdo cuál fue la razón por la que no se me permitió ver a los animales de un gran circo que llegó a la ciudad, entre los cuales destacaba un hipopótamo gigante que comía en un día los mismos sacos de patatas que nosotros en una semana. ¡Alguna trastada debí hacer! Recuerdo, en cambio, la visita a la plaza de toros de “El Sansón del Siglo XX”, que arrastraba con los dientes un camión y doblaba barras de hierro como si fueran de mantequilla. Supongo que los profesores asistirían también gratis, y bien que lo agradecerían: que no estaban entonces los sueldos para verónicas o pasodobles.
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