El hijo de un amor adúltero

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01-12-2009.
Uno de los insectos que compiten con el hombre por el trigo es el mosquito (mayetiola destructor). Su biología está acoplada al desarrollo del vegetal en aquellos momentos fenológicos en que el crecimiento de éste se concentra en los meristemos del cuello de la planta, bien después de la nacencia –en el caso de la primera generación del insecto–, bien en el ahijado –para la segunda–.

Como el mosquito carece de mandíbulas, ha desarrollado un ingenioso mecanismo enzimático que le permite “arrancar” los alimentos a la planta, sin necesitar ningún elemento cortante. Y ese mecanismo es tan eficaz, que las pérdidas que produce este parasitismo se miden por miles de millones de euros anuales en el mundo, y en Extremadura, Andalucía y Aragón existen comarcas enteras con plagas endémicas del mosquito del trigo.

Para atenuar o impedir las plagas de este insecto, un grupo de investigadores españoles llevamos trabajando más de diez años sobre esta cuestión, y una de las comarcas donde situamos nuestros experimentos es La Campiña Sur de Extremadura, comarca que en el invierno ofrece un espectáculo verdaderamente hermoso, un inmenso y precioso puzle constituido por los cuadriláteros pardos y verdes que forman los campos de trigo y las parcelas sin cultivar.
Ahora es invierno y, para todos aquellos que a mediados del pasado siglo vivimos nuestra infancia en el mundo rural, la visión de un trigal nos lleva, inexorablemente, a los sembrados de trigo de nuestra niñez; unos sembrados densos y mullidos en los que, si no había un guarda cerca, nos revolcábamos como animalillos. Realmente, la vida de aquellos niños se desarrollaba en pleno campo, si hacía buen tiempo; o en cuadras y corrales, si llovía; aunque no era entonces menor nuestro disfrute, sólo que de esta forma estábamos obligados a la vigilancia de los mayores, que tampoco podían salir al campo, y empleaban su tiempo en remendar aperos, coser serones, hacer capachos…
Aquellas actividades se podían improvisar, como ahora, y su resultado era la chapuza; pero también las podía hacer un profesional: el albardonero era como el sastre de las caballerías; el aladrero era el carpintero de los aperos de labranza… Y para los niños era motivo de profunda admiración comprobar la maestría con la que aquellos artesanos trabajaban por las cuadras y corrales en los días de lluvia. Esas profesiones desaparecieron al mismo tiempo que los animales y los aperos de artesanía y, si hoy preguntamos a un ingeniero por uno de esos oficios, seguro que pondrá cara de duda.
Con objeto de visitar los experimentos sobre el mosquito que estamos desarrollando en La Campiña, han venido hasta aquí nuestros amigos los profesores Juan Antonio Martín, Ángeles Delibes, Esther Sin y M.ª Ángeles Achón, científicos que, más que ingenieros agrónomos, parecen ingenieros del alma de las plantas, capaces de llegar a aquello que define su ser, identificarlo, localizarlo y moverlo, a voluntad, de una especie a otra, cambiando, como unos pequeños creadores, la esencia de ellas…
Es un hecho conocido que, hace miles de años, un trigo salvaje y una adventicia (aegilops spp.) tuvieron, por razones que sólo Dios conoce, un maridaje anómalo, una especie de amor adúltero que los biólogos conocen como hibridismo. Y de aquel mestizaje nació lo que se conoce como trigo harinero (triticum aestivum), con el que se hace el pan. Nuestros amigos ingenieros han estudiado minuciosamente ese fenómeno y, en una operación que más que científica parece mágica, por lo asombrosa, han propiciado un reencuentro entre esas especies. El trigo y la aegilops, después de tanto tiempo, se han reconocido y se han vuelto a amar, y del abrazo han nacido descendientes con la elegancia del trigo y la potencia de la adventicia. Y precisamente por esa potencia, los trigos descendientes son capaces de vencer al mosquito; trigos que, muy pronto, en forma de variedades, podrán estar a disposición de los agricultores.
Este verano leía yo las críticas de Popper a la concepción inductiva de la ciencia (el hombre sólo es capaz de descubrir), y su propuesta de que la ciencia, en cambio, como si hubiera recibido de Dios el testigo de la creación, es creativa. Me acuerdo ahora de aquellas profesiones sencillas: aladrero, albardonero… sustituidas hoy por estas otras, complejísimas, de mis amigos; profesiones que capacitan para huronear por las entretelas del alma de las plantas y hasta las remiendan, si hace falta. Y me pregunto: «¿Podrán los nuevos científicos, algún día, implantar en el hombre caracteres que aparecen en especies muy lejanas y conseguir, de esa forma, que los humanos tengan la fidelidad del perro, la nobleza del caballo, la elegancia del ciervo…?».
¿Tendrá razón Popper y será el hombre, verdaderamente, creador?

Campo experimental para la obtención de nuevas variedades de trigo.

Publicado en el nº de la revista de ingeniería PHYTOMA ESPAÑA
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