Los pulgones

06-05-2009.
Es primavera y los pequeños huertos de Badajoz, junto al Guadiana, exhiben una exuberancia de plantas, pájaros, insectos… que desbordan mi pretensión de reconocer las especies que veo, cómo sistematizarlas, cuál es su actividad, cómo se relacionan…
Una fila de hormigas me lleva, invariablemente, a unas colonias de pulgones muy bien organizadas entre las hojitas recién brotadas de un ciruelo. Cuando apenas sabía leer, cayó en mis manos el cuento La hormiga blanca, en el que una niña, acompañada de un ángel, se pasea por el interior de un hormiguero. Y, durante mucho tiempo de mi niñez, conocer la vida de las hormigas fue una obsesión. Mucho más tarde, ya en la Universidad, la biología de los pulgones me pareció apasionante: su poder para atravesar continentes, aprovechando las corrientes de aire; su facilidad para reproducirse mediante los dos sexos o, partenogenéticamente, sólo por hembras; su capacidad de ir saltando de planta en planta a lo largo del año para encontrar el mejor lugar ‑como hacen los turistas ricos‑; su propiedad de pasar el invierno en forma de huevo, si las temperaturas bajan de niveles críticos…
Con ayuda de mi cuentahílos, voy descubriendo el trajinar nervioso de las hormigas entre los rebaños de pulgones pacienzudos; y entre estos veo algunos que, por su aspecto coriáceo y turgente, y su color marrón, evidencian estar parasitados por un microhimenóptero: quizá un calcídido. Efectivamente, pegados en las sedas de una arañita cercana, aparecen varios Aphelinus que, en su quehacer de parasitar pulgones, han caído en la trampa de una araña depredadora.
Esta mañana es, en esencia, sólo luz; una luz brillante que las hojas de los álamos, con su temblor, reflejan en el Guadiana, a cuya superficie quieta llegan, de vez en cuando, bandadas de cormoranes. Encontrar un ambiente como éste, que promueva la calma, no parece tarea fácil. Ambiente en el cual, sus actores: los ciruelos, las hormigas, los pulgones, los Aphelinus, las arañas… van representando su papel con suma precisión; pero cuyo interés final no soy capaz de explicarme. Los darwinianos dirían que todo está muy claro: «Eso no es más que un ámbito donde las especies existentes sólo compiten por la supervivencia». Ashley Montagu opinaría lo mismo, aunque cambiando “competición” por “colaboración”.
A medida que paseo por entre los ciruelos del huerto, voy leyendo el libro de Maeterlinck, La vida de las abejas, que me regaló mi amigo Javier Tello. Editado en Madrid en los años sesenta, fue a parar, Dios sabe cómo, a una librería de lance de México, donde lo compró mi amigo; gracias a cuya generosidad yo puedo ahora, en esta paz de los huertos de Badajoz, disfrutar de un texto bellísimo y profundo sobre las abejas; de unos pasajes que trascienden lo literario o lo biológico para ser interés de la metafísica: «La abeja, al salir de la colmena, aspira, al mismo tiempo que el aire, la longanimidad y la condescendencia. Se aparta delante del que la estorba, simula ignorar la existencia del que no la aprieta demasiado. Diríase que sabe que existe un universo que pertenece a todos, en el que cada cual tiene derecho a su puesto; en el que conviene ser discreto y pacífico».
¿Habrá desvelado Maeterlink en los insectos una realidad oculta y distinta de la que nos hablan Darwin o Ashley? ¿Y si la melaza que los pulgones dan a las hormigas fuera, como el libro que yo leo ahora, fruto de la amistad?
Publicado en el n.º 200 de la revista de ingeniería PHYTOMA ESPAÑA.
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