Historias de la puta mili (universitaria, por más señas)

(De cómo un infeliz aspirante accedió a la fama sin derramamiento de sangre ni riesgo de vidas o haciendas)

En el verano del 65 le tocó a mi generación Safa abrazar temporalmente el noble ejercicio de las armas. Pienso que casi todos optamos por las llamadas Milicias Universitarias que ‑aclaro para los más modernos‑ era una mili elitista hecha a medida de los universitarios para que no perdieran cursos, por lo que se hacía en los meses de verano, coincidiendo con las vacaciones. Naturalmente no era suficiente un verano, sino tres: el primero ibas de aspirante, o sea, milicio sin graduación; el segundo verano ya tenías consideración de sargento; y si no habías hecho el ganso más de la cuenta, el tercer verano ya ibas a un campamento o a un cuartel, con el grado de alférez, a que los militares profesionales se rieran un poco de ti. Haberte divertido en demasía podía suponer que las, llamadas, prácticas las hicieras de sargento, lo que significaba, se diga lo que se diga, una cierta humillación, a tenor de lo jerarquizada que es la institución militar. Esa amenaza era sin duda un acicate incluso para los que presumían de antimilitarismo, los pasotas, como hubiéramos dicho, de existir entonces la palabra.
Todavía no entiendo cómo los maestros podíamos acceder a un privilegio de ese tipo junto a médicos, ingenieros y gente así de la que en la mili sólo nos separaba el color de los cordones que cruzaban la guerrera y en la vida tanta consideración social y tantas pesetas. Cosas veredes…
En Montejaque, campamento de milicia junto a Ronda, nos juntamos muchos de la promoción Safa del 63: Ceballos, Cuadros, Fuentes, Talavera (tan tempranamente desaparecido), Utrera, Vargas (a quien no veo desde entonces) y creo que alguno más. Hubiera debido estar con nosotros mi gran amigo Gabriel Pérez Fernández, pero una cuerda maldita que no se dejó trepar nos privó de su estupenda y grata compañía. Realmente las pruebas físicas que debimos superar y el modo en que fueron superadas merecerían comentario aparte; baste señalar que sin el valor suicida que algunos le echamos al salto del caballo, la representación Safa hubiera sido simplemente testimonial.
Todos echamos de menos a Gabriel en aquel destierro de chaparros y hormigas, donde los de Caballería aprendimos montañismo con el mosquetón al hombro, subiendo repechos, encorvados para no caernos de espaldas a la ida y frenando con los tacones a la bajada, mientras el alférez Burgos, que ni subido en una silla daba la talla, gritaba como una loca:
‑¡Ese pecho, Veintinueve!
Las fatigas del día que se hacía largo, largo, largo… las olvidábamos cada tarde, después de la cena (no de cenar), en la cantina, a base de bocadillos de anchoas y botellitas de fino Campamento, un vino de Bollullos que poblaba de mozas en flor nuestras charlas y que era el auténtico reposo del guerrero porque ayudaba, ¡y cómo!, a dormir y soñar sobre aquellos increíbles artilugios, llamados charnaques, convenientemente dotados de unos jergones de granzas, semivacíos, que eran un atentado flagrante a los derechos humanos e incluso a los izquierdos.
Compartí muchas de aquellas veladas con Juan Vargas y con Ceballos, ambos de Caballería como yo, mientras comentábamos la jornada y las últimas noticias de Radio Macuto, como la de que el médico le había prohibido las polainas al alférez Burgos por amenazar seriamente su posibilidad de, llegado el caso, poder ser padre.
Perdonen vuesas mercedes, pero estoy viendo que por este camino me alejo del propósito y argumento de esta historia que se refleja en el subtítulo con bastante claridad. Empecemos pues con lo de la fama.
La cosa fue el segundo día. Ya nos habían adjudicado tienda por orden alfabético. Ya nos habían dado ropa de soldado. Ya nos habíamos reído mutuamente de las penosas fachas que muchos presentábamos con aquellos uniformes escogidos de un montón sin talla ni aparejo.Ya habíamos probado las delicias turcas de los charnaques, el famoso olor a tigre que nos inmunizaría contra las armas biológicas, todos reuniditos tocándonos con los pies como los radios de una rueda bajo aquel embudo de lona con piso de tierra al que llamaban “tienda”. Ya nos había arengado valientemente el alférez Burgos desde sus impresionantes ¡ciento cincuenta y dos centímetros! Ya estábamos hartos de mili…, pero nos faltaba el armamento.
Como el mando lo tiene todo previsto, ese segundo día nos entregaron un mosquetón Mauser de antepenúltima generación, totalmente embadurnado de manteca, o sea, asqueroso total: un auténtico mosquetón de orza. Nos dejaron toda la mañana para que lo pusiéramos en estado de revista, limpio, impoluto, como nuevo.
Los cerrojos nos los dieron aparte, de modo que el mosquetón tenía su hueco lleno de manteca. Nos pusimos a la labor y, sobre el mediodía, las temibles armas ya parecían otra cosa.
Un toque de corneta y unos cuantos gritos nos hacen formar delante de cada tienda para la revista de los remozados mosquetones. Nos llega un apuesto alférez, uno de esos que lucen el uniforme, joven y con cara de niño, quien, para solemnizar la exigencia de una perfecta limpieza, calza unos guantes blancos de algodón con los que se dispone a hurgar las más recónditas entretelas de las valiosas armas. Todos adivinamos que cualquier leve tizne, una sombra, el espectro de una ligera mancha puede acarrear la ruina de nuestra carrera militar, apenas esbozada. Los de las primeras tiendas, mosquetón al hombro y sosteniendo en la mano derecha el reluciente cerrojo, han hecho un buen trabajo. El noble oficial aprueba con la cabeza, mientras sus guantes lucen la deslumbrante blancura inicial. Pero la tragedia acecha.
Al llegar a mi altura ‑es un decir‑, o sea, cuando llega frente a mí, me cuadro, saco pecho, alzo el mentón y me pongo tieso esperando una felicitación por mi trabajo. La verdad es que me he esmerado; el cerrojo brilla al sol y el mosquetón gracias al rollo de papel higiénico que he gastado está que da gloria verlo. Aguardo expectante la deseada felicitación, mientras el alférez con delicadeza y estudiada lentitud introduce su índice derecho en el hueco del cerrojo para certificar que no sólo por fuera, sino que en su más íntimo recoveco el arma está inmaculada.
Pero, ¡cielos! Incomprensiblemente, incomprensiblemente, un grueso pegote de grasa del tamaño de una nuez se ha adherido al níveo guante. La confusión es enorme, el estupor del oficial, que se queda momentáneamente sin habla, provoca las risas mal contenidas de mis compañeros; yo no sé de dónde ha salido la grasa y estoy totalmente confuso. El alférez truena:
‑¡Su número, dígame su número!
‑Veintinueve, mi alférez.
‑Veintinueve, preséntese en mi tienda antes de dos horas con el mosquetón en perfectas condiciones. ¿Está claro, Veintinueve?
‑Sí, mi alférez. A sus órdenes, mi alférez.
Una mala tarde la tiene cualquiera y yo, nada experto en armas, pensé que el cañón y todo aquello era macizo. Además, los puñeteros valencianos, que pasaban del resto del mundo, no quisieron tal vez molestarme con consejos impertinentes.
Cumplí la orden y, al parecer, la cosa no llegó al capitán ni tuvo más trascendencia que tirar el guante a la basura. Pero mi número era el primero que el alférez había aprendido; primero y único hasta el momento.
Los de la tienda ya nos habíamos presentado (en la mía, todos valencianos menos otro y yo), Carlos, Pedro, Jesús… y sabíamos que nuestros números, por orden alfabético, claro, iban del veinte al treinta, pues se trataba de la tercera tienda. Igual situación se daba en todas pero, quitando ese exiguo conocimiento mutuo, todavía éramos un escuadrón de desconocidos.
La formación, al día siguiente, con nuestras recién estrenadas armas iba a aportarles a esa pandilla de ignorantes un valioso conocimiento. Hay que imaginarse a unas ciento cincuenta criaturas sujetándose el mosquetón como podían y con la otra mano extendida intentando cubrirse y formar una hilera decente. Empujones, movimientos en abanico, algún culazo, doscientos pisotones y un cruce desordenado de improperios, quejas, reproches… (“¡Échate para allá, que me estás pisando!”, “¡Si tú no eres aquí, tú vas detrás de ése!”, “¡El mosquetón es con la otra mano!”, “¿Y tu gorro?”, “¡Me estás metiendo el codo en el ojo!”, “¡No me ha dado tiempo para ir a las letrinas, me estoy meando!”, etc…).
Cuando se hizo alguna paz después de incruentos forcejeos y la melée se decantó en lo que, grosso modo, diríamos tres filas, el alférez alto, cuyo nombre siento no recordar, desde el frente de la formación gritó:
‑El que está delante del Veintinueve, ¡esa cabeza!
Puesto que las filas se formaban por estatura y no por tiendas, yo, el Veintinueve, me encontraba rodeado de desconocidos que ahora estaban obligados a preguntarse con la vista:
‑¿Quién es el Veintinueve, eres tú el Veintinueve?
En eso les iba la mili, la estrella de alférez.
‑Es a ti ‑le tocaba yo en el hombro al desconcertado recluta.
‑Gracias, Veintinueve.
Toda la mañana sonó mi número, no mi nombre, entre aquellos chaparros (me refiero a las encinas) tan poco beligerantes ellos y tan hartos de ver pasar cuesta arriba y abajo aquellos militares de juguete.
Mis compañeros de tienda, que sabían mi número, ayudaban a orientar a los aludidos ante órdenes del tipo:
‑¡El que está detrás del Veintinueve, ese paso!
‑Eres tú, tío. El Veintinueve es ése de las gafas.
Era la fama. Un hito entre mis compañeros, simples soldaditos que estaban situados en el espacio no según coordenadas geográficas, ni cotas, ni puntos geodésicos, ni accidentes geográficos, sino en relación a mi persona que, por lo tanto, era central como el meridiano de Greenwich. Esa centralidad, que me aupaba sobre el vulgo sin número conocido, me obligaba a extremar mi compostura militar, que llegó a ser ejemplar. Yo me ponía de un tieso y de un inmóvil que me asustaba.
‑¡Bien, Veintinueve!, ‑llegó incluso a decirme el alférez alto.
El otro no, la chincheta bípeda, siempre amenazaba con “meterte un puro”. Iba de implacable, el tío.
No sólo por contagio sino tal vez por emulación o, ¿quién sabe?, por espíritu militar, que de todo había; lo cierto es que alrededor de mí se fue formando esos primeros días “un grupo de muchachos que se esforzaban como auténticos soldados”, según dijo el capitán Nosequé.
Lo de los capitanes era cosa aparte. Los “veteranos”, o sea los que hacían su segundo verano, nos contaban a los nuevos historias más o menos míticas de capitanes sorprendentes que sobresalían del común por una aureola terrible, herida ¡cómo no! por el dardo sutil de la burla que a la postre los convertía en ridículos.
Recuerdo que me hablaron del “Masle”, del “Masca”, del “Mashi”. Desconcertantes apodos que no hacían más que iniciar un insulto feroz ‑que omito por espíritu cristiano‑ y que presumiblemente no eran exclusivos de nuestro campamento.
Vuelvo al meollo de mi historia para recordar cómo durante unos días fue célebre un número, mi número, en aquel verano del sesenta y cinco y esa notoriedad no debida a mi mérito sino, como Ravaillac, como Oswald, a mi crimen. Me sentía observado. Ponía cara de inocente, acaso un pelín tonto para hacerme perdonar; conscientemente borraba, lo intentaba al menos, cualquier destello fugaz de una inteligencia interior que sólo me traería problemas, silenciaba todas mis risas internas y actuaba casi como un militar, aunque para muchos seguí siendo el Veintinueve. Desde luego la “chincheta bípeda” (perdonadme este desahogo) nunca me llamó de otra manera, pero respetando el usted.
Modestia aparte, hay que reconocer que el dichoso número se prestaba al oficio de apelativo. Su entidad fónica era equilibrada, cuatro sílabas, y no permitía las penosas rimas groseras a que podrían prestarse: Veinticinco, Veintisiete, Veintiocho… Si se hubiera tratado de Juan Vargas, que seguro tendría el ciento cuarenta y nueve o así, la obligada morosidad fónica de un número tan largo le hubiera restado marcialidad, haciendo imposible el uso militar del mismo. Tampoco hubiera dado la talla un número demasiado bajo ‑Dos, Uno‑, que parece que les falta algo.
La gélida asepsia del número facilitaba su repetición incesante sin que pudiera sentirme ofendido, pero me otorgó una singularidad inesperada que contradecía el mandamiento número uno de la mili: “¡pasar inadvertido!”, tal como repetía, enseñando unos dientes blanquísimos, un milicio de Guinea que era el único negro del campamento.
Al final del verano siguiente nos despedimos de nuestro cutrísimo West Point, a cuyos chaparros volveré con alguna otra historia, y en nuestro escuadrón recibimos las calificaciones finales. No quiero pensar que la maldición de mi fechoría inicial pesase en el ánimo de nuestros oficiales, pero lo cierto es que me dieron muy mal número: el trece.


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Publicado en: 2006-01-14 (56 Lecturas).

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