Experiencias educativas con opiniones sobre el fracaso y abandono escolar

Por Salvador González González.

Algún ex compañero de SAFA me ha pedido que toque algunos temas, entre ellos este que sirve de título a esta opinión personal, que obviamente no es más que eso, una opinión. Creo, no obstante, que hoy, jubilado, con 42 años de servicio como trabajador de la enseñanza o maestro, que es como me gusta que me nombren, puedo contar que he pasado por dar clases en el País Vasco, en los años duros de la emigración; allí saqué las oposiciones, tuve ofertas de la SAFA, para dar clases en algunos de su centros; pero me incorporé a la enseñanza pública y estuve en múltiples lugares y circunstancias, como indico a continuación.

Mi primera clase, como interino sustituto, era todavía exclusivamente de varones ‑aún no se había impuesto la coeducación‑, alumnos entre 14 y 15 años (yo tenía entonces 18 años); era un curso de preaprendizaje, una unidad escolar de preparación para Oficialía; el centro se llamaba Samaniego. Con posterioridad, estuve en los cursos superiores del colegio San Martín, en el barrio del mismo nombre, cerca de Forjas Alavesas y Fabrica de DKV (era requerido allí, por la inspección, para las pruebas oficiales de graduado escolar), en Vitoria, después en Abechuco una zona de extra-radio, barrio de nueva creación en Abechuco junto al río de Zadorra, cerca de Abechuco viejo, población eminentemente de emigrantes andaluces, extremeños, gallegos y, obviamente, vascos; aquí, ya como propietario provisional (había aprobado ya las oposiciones), a continuación, me dieron Nanclares de la Oca; esta era una Concentración Escolar, donde acudían alumnos de muchos lugares y el centro era el lugar de encuentro de todos ellos, con instalaciones modernas y dotados de todos los medios necesarios (tenía un excelente y moderno laboratorio donde hice prácticas con los alumnos de todo tipo). De aquí, por concurso de traslado, me dieron Pizarra (Málaga), donde estuve también dando clases; durante una temporada, fui director del centro, del que me cesó la inspección por no estar de acuerdo con las disposiciones de la misma, que pretendía tener a todos los alumnos que hubiesen dentro de un aula, apiñados «aunque fuese haciendo agujeros en la pared, con un clavo, si era necesario» (palabras dichas por el inspector); mi oposición a semejante barbaridad, me supuso mi dimisión como director. De ahí, por concurso de traslado, pasé por varios centros: colegio público Pintor Palomo y Escuela Hogar; colegio Huertas Viejas; este colegio de nueva creación, donde fui también director por breve tiempo, todo ello en Coín, mi pueblo natal, donde me jubilé en el Instituto Licinio de la Fuente. Todo este relato biográfico no tiene otra pretensión que demostrar la larga experiencia en la docencia y en múltiples lugares; humildemente, creo tener para escribir al respecto, por tanto, alguna “auctoritas” como docente para exponer mis conclusiones y opiniones del porqué del fracaso y abandono escolar, siquiera por esa experiencia acumulada durante 42 años de ejercicio.

Antes de dar mi opinión, quisiera que sirviera ésta, como inicio de otros que quieran exponerlas también, para que entre todos pusiéramos negro sobre blanco, sobre esta cuestión, para ver en qué coincidimos y en qué no, que al menos pudieran quedar reflejadas todas ellas en esta nuestra plataforma de expresión, por si pueden servir a otros, que así sea o, al menos, como contraste de pareceres y catarsis para todos los que hicimos, de esta profesión-vocación, nuestra razón de ser; con ello cumplimos también la pretensión del compañero al que he hecho referencia.

He de decir que cayó en mis manos un libro de Roger Garaudy (1972), “La Alternativa”, que me sirvió mucho para marcarme un camino que seguir en la enseñanza; éste decía que el modelo de enseñanza servía para integrar a los jóvenes y prepararlos, no para el desarrollo personal, sino lo contrario, para cumplir un papel en el sistema productivo y de consumo; el creía en la autogestión, que debe empezar por tener pensamientos propios con capacidad para participar en la acciones y reflexiones colectivas. Una de sus citas, en las que en síntesis viene a decir «Que la enseñanza no puede basarse exclusivamente en dar contenidos, ya que, en la vida de un alumno, los conocimientos en un alto porcentaje que adquiera en esa su vida, no existían en su etapa educativa, por lo que no pueden ser dadas y deben ser adquiridas, por tanto, por el propio alumno durante su existencia»; de ahí, la conclusión es obvia. Hay que enseñar al alumno a aprender por sí mismo, es decir, es más importante darle al alumno el mecanismo de autoaprender, instrumentos para continuar el aprendizaje por él, que solo darle contenidos, darle espíritu crítico, inquietudes y deseos de aprender antes que llenarle su mente exclusivamente de contenidos, muchos de los cuales pueden incluso ser refutados con posterioridad, porque son superados con nuevos descubrimientos o aportaciones.

Esto me orientó siempre, desde entonces, en mi faceta de educador; procuré que esa premisa fuera un norte en mi actividad.

Con posterioridad, fui aplicando en mi tarea esta máxima, formando alumno con autocrítica y espíritu de superación, enseñándoles a aprender solo por ellos, mediante tareas de investigación y prácticas (no les debió ir mal, porque exalumnos/as míos son hoy muy buenos profesionales: médicos, abogados, arquitectos, etc.). Compañeros, con los que conviví, hicieron también de este principio su norte. Fuimos abandonando las clases magistrales por jornadas de puestas en común, exposiciones de los alumnos, etc. No llegamos a aplicar el Método Celestín Freinet, pero algunos sí lo hicieron (yo no). La educación por trabajo, en el plano teórico, parecía excelente; en la práctica, como vi en algunos compañeros, tenía muchas lagunas difícilmente rellenables, a mi modo de ver, aunque de ser calificados como “islotes pedagógicos” por algún inspector a compañeros que lo llevaban, esos mismos compañeros, “rara avis”, con el tiempo terminaron siendo inspectores, por imponerse lo que vino en llamarse “renovación pedagógica”, lo que algunos ya veníamos haciendo por otro lado, “motu propio”, y que ese compañero de método Freinet, con esos trabajillos de alumnos en las aulas (algunos vi y leí como “el molino de harina” o “el ecosistema de una charca en las aulas”) y el currículum de aplicación en años de esa metodología, pasaron ipso facto a ser inspectores de Enseñanza Primaria.

Por ello, creo que uno de los problemas fundamentales del fracaso escolar han sido los múltiples planes de enseñanza y los vaivenes que la enseñanza ha sufrido, por lo que entiendo que de una vez por todas, es urgente que se elabore un plan, una ley educativa que garantice una vigencia, al menos de una década, y evitar que la educación se utilice como arma política, según el que gobierne de turno. Es imprescindible que, sobre este tema, se llegue a un acuerdo mediante consenso para que exista una continuidad en el proceso, garantizada. No se puede pasar de una enseñanza, por ejemplo de las matemáticas exclusivamente eucladiana a otra de matemáticas de conjunto, para abandonar esta y empezar otra por problemas, y así sucesivamente. Por ello, culpo mucho a esta situación del fracaso escolar que se viene produciendo; lo mismo ha de decirse sobre aspectos tales como la programación que ha oscilado que si por contenidos, luego por objetivos, que si por tareas, ahora parece por competencias; y qué decir del aumento exponencial de tareas burocráticas para el docente, en detrimento de dedicación a investigaciones metodológicas, puestas en común de experiencias educativas, que creo es lo que verdaderamente sería de desear (hace años, había unas jornadas de orientación pedagógicas que, aunque con el tiempo decayeron en interés y provecho, al menos servían para una puesta en común entre los docentes). Esa falta de orientación y puesta en común, también a mi entender, inciden en el aumento del fracaso escolar y el abandono, porque experiencia de compañeros que pueden resultar un antídoto para ello, no se comparten ni se ponen a disposición de otros y la burocracia excesiva también, sino pregunten a quienes hayan tenido que hacer conjuntamente con el Orientador del Centro, unas “adaptaciones curriculares”. Tenía perejiles trasladar estas al papel; a veces, costaba más hacer esto, que dedicar el tiempo a intentar sacar del pozo al alumno, al que iban destinadas las mismas.

De todos los planes que me ha tocado vivir, el que me pareció más sensato y satisfactorio para el alumnado fue el recogido en el Libro Blanco sobre la educación de Villar Palasí, con la implantación de la EGB que, dicho sea de paso, no llegó tampoco a aplicarse en su totalidad, pero tenía aspectos muy provechosos; por ejemplo, el Consejo Orientador que, aunque nunca sirvió prácticamente para nada, si se hubiese llevado verdaderamente a efectos hubiera evitado muy mucho el índice de fracaso, así como los desengaños innecesarios en el alumnado. Este Consejo Orientador estaba pensado para que al final de la EGB, el tutor o el centro, en general del alumno en cuestión, diera unas pautas orientativas hacia dónde deberían ir encaminados los pasos sucesivos educativos del alumno para tener éxito en el futuro, en esas nuevas pautas educacionales; si debería encaminarlos hacia el bachillerato, en la faceta que se estimaba, para lo cual se veían más capacidades, o hacia Formación Profesional, habida cuenta de las actitudes o aptitudes demostradas durante la EGB. También preveía, al final, el Certificado de Escolaridad para aquellos que no obtenían el Graduado Escolar, como fórmula de acceso a la vida profesional (también se devaluó y, en la práctica, no llegó a cumplir esa finalidad siquiera).

Otro fallo ha sido la no aplicación ni desarrollo de una Formación Profesional adecuada y suficiente, que llenara las aspiraciones de los alumnos que encaminaban sus pasos hacia la misma; de hecho, aburrían a éstos, porque de nuevo, las clases iniciales en Formación Profesional volvían a ser de las que acababa de dejar el alumnado: Lengua, Matemáticas, etc.; con lo que el abandono escolar estaba casi garantizado, cosa achacable a ese desastroso plan de enseñanza profesional.

De hecho, en uno de los colegios, probamos, un grupo de maestros, un plan de trabajo para los alumnos mayores (ya estaba en vigor la coeducación masculina y femenina), consistentes en que por la mañana se daban las clases de materias regladas: Lengua, Matemáticas, Idiomas, etc.; y, por la tarde (entonces había jornada partida), dábamos talleres, hasta trece talleres logramos montar, el alumno libremente se adscribía a estos talleres, en los que tenía que completar un número determinado de horas en cada trimestre, de manera que se garantizaba que tenían que pasar por todos ellos ese mínimo, aunque en otros podían estar más horas. Talleres como Dibujo y Pintura, Cuero, Carpintería, Cerámica, Cestería y Canastería, Educación Vial, y así hasta 13, montamos en algunos con la colaboración de padres que eran artesanos cualificados y puedo decir que fue un éxito y que los alumnos iban a estos talleres, que eran como módulos ocupacionales, algunos con sumo interés y rendimiento (con posterioridad tengo mis dudas que la tecnología que se supone es la aplicación de temas prácticos al alumnado, ha suplido esa carencia, sinceramente de la manera que vi cómo se aplicaba). De hecho, afirmo que en una etapa en que fui director de Cáritas Interparroquial en Coín, aprovechando esta experiencia, Cáritas organizó unos cursos a modo de talleres con profesionales para estos alumnos que estaban en una edad complicada y que, por el fracaso, muchos habían hecho abandono escolar y, de hecho, se les daba un titulillo sin valor oficial, editado por la propia Cáritas; y de ser alumnos conflictivos en su etapa escolar, en estos módulos funcionaban relativamente bien, lo que prueba que el sistema llevado a una aplicación racional supera el fracaso escolar y acaba con el abandono.

No puedo dejar en el tintero la falta de cultura del esfuerzo, que poco a poco fue llegando a las aulas. La escuela no es ajena a la sociedad en la que vive y a la cultura del poco esfuerzo y del dinero fácil, que durante una época reciente se instaló en nuestra sociedad andaluza. También llegó a nuestra aulas y es por ello, a mi entender, también bastante responsable del fracaso y el abandono; no se nos puede olvidar que, en boca de un ministro, se dijo que nuestro país era el lugar donde más pronto y fácil se podía uno hacer rico, y yo he oído, de boca de alumnos, que no demostraban el interés necesario en su formación que ¿para qué?, si «En cuanto salga, me incorporo a las obras y termino ganando más que usted». Eran los tiempos del boom inmobiliario y de las construcciones por doquier. Hoy, al estallar la burbuja inmobiliaria, parece que el ciclo ha cambiado y el deseo de formarse y prepararse ha vuelto por sus fueros, entre otras cosas porque el alumno y sus padres se han dado cuenta de que una buena formación abre mayores expectativas que sin ellas, aunque ahora, es que muchos de nuestros jóvenes formados (con los gastos en recursos que nuestra sociedad ha empleado en ellos) tienen que volver a emigrar a otros países como médicos, ingenieros, arquitectos…, para encontrar un trabajo, porque aquí no lo tienen.

Bueno; podría indicar más aspectos, pero creo que por ahora es suficiente con lo expuesto; espero que otros lo hagan y cuenten sus opiniones y experiencias, para ver si entre todos podemos dar luz a este tema. Con lo que escribo, pretendo abrirlo para que, como he dicho al comienzo, dar satisfacción a un ex compañero de SAFA que me ha sugerido reiteradamente que lo sacase a la palestra. Eso hago. ¡Anímense!

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