El monitor de esquí

22-05-2011.

Llegó a Barcelona con veinte años recién cumplidos. Había pasado la mayor parte de su vida en un internado al que lo llevaron poco después de cumplir los siete. Recorrió Cataluña, desde los Pirineos hasta el delta de Ebro, aceptando cualquier ocupación que le permitiera ganarse un duro, la mayoría de veces, honradamente. Lamentablemente, a pesar de que ponía el alma en los trabajos, no siempre estuvo a la altura. Para qué nos vamos a engañar.

I - La maleta

Ahí está pensó el monitor, cuando el lujoso automóvil se detuvo ante la puerta de la pensión—.

Aún era de noche. El chófer salió del coche y llamó al timbre.

Bajo enseguida —le avisó por el telefonillo—.

El monitor se puso rápidamente el abrigo y la bufanda, cogió su enorme maleta de madera, cerró la puerta y salió con rapidez. Con las prisas, no pudo evitar que los cantos metálicos rozaran, en varias ocasiones, la pared de los descansillos de la escalera.

El chófer vestido con un impecable traje azul marino esperaba en la calle, de pie, en la acera.

—Es usted el monitor, ¿verdad? —preguntó, mirándole extrañado—.
Sí señor: delegado federativo, para servirle contestó con orgullo y satisfacción—.

Como no lleva equipo… dijo el conductor, mirándole de arriba abajo—.

Utilizaré uno de la Escuela Española de Esquí respondió, el monitor, lacónicamente—.

Siendo así… —luego, el chófer, fijándose detenidamente en la maleta, comentó—. De éstas ya quedan pocas. Otra especie en extinción, como el quebrantahuesos y el lince ibérico.

—No haga bromas con mis objetos personales. Por favor.

—No lo tome a mal: yo guardo un ejemplar con idéntica estampa, vigor y poderío. Encaste popular de origen andaluz. ¿Verdad monitor?

—Delegado Federativo, si no le importa, señor.

El chófer bajó la cabeza, cogió la maleta, la puso en el portaequipajes, sin demasiado entusiasmo, y le indicó que pasara al asiento delantero. Detrás, un chico de unos diez años dormía plácidamente en un saco de color rojo. Era pálido, enclenque y delgaducho, con aspecto de niño mimado y cara de ser poco inteligente. Abrió los ojos por un momento; luego se dio la vuelta y siguió durmiendo. El coche se puso en marcha, giró por Balmes hasta la Diagonal y, a los pocos minutos, perdían de vista Barcelona.

«¿Quién sabe si ésta puede ser mi oportunidad?», pensaba el monitor. «No tengo un céntimo y reconozco que nunca he pisado una estación de esquí; pero manejar niños no se me da mal. La verdad es que a mí el esquí me parece un deporte aburrido, arriesgado y peligroso, pero donde menos se espera…».

Cuando le asaltaban estos pensamientos, intentaba convencerse a sí mismo de que a mucha gente le encantaba descansar en la nieve y que quizás Berrocal tenía razón. Luego, inevitablemente volvía a su pesimismo habitual: bastante frío había pasado de pequeño y, como era tan negado, lo más probable es que quedara en ridículo en un resbalón y se rompiera la cabeza de la manera más tonta.

No fueron las cuatro mil pesetas que le habían ofrecido por hacerse cargo del cursillo, ni la ilusión de pasar una semana en un hotel con los gastos pagados, ni su afición a deslizarse por las laderas nevadas. Tampoco tenía ningún interés en alejarse del ruido infernal de Barcelona, como repetía constantemente Berrocal. Cuando, en el bar de la Facultad, le preguntó que adónde iría de vacaciones, mirándole a la cara fijamente, contestó:

No me acabo de decidir. Estoy dudando entre el Caribe y Baden‑Baden. ¡No te jode!

Lo que le hizo dudar, en realidad, fueron los comentarios que vinieron a continuación.

En esos días, el Valle de Nuria se llena de chicas de la mejor sociedad. Y, ya se sabe, lo bueno que tienen las niñas de papá es que se encaprichan de cualquier cosa.

Berrocal hablaba de una manera tan agradable que el monitor no tomó a mal que le mirara cuando dijo aquello de… «cualquier cosa». Según él, cada tarde, alrededor de las seis, empezaba la fiesta. Las chicas regresaban de las pistas, se daban un baño caliente, ponían la música a todo trapo, empezaban las carreras medio en pelotas por los pasillos, el bullicio en las habitaciones, las risas, las bromas, los gin-tonics… y la nieve cayendo sobre el valle. ¿Qué más se podía pedir? Posiblemente, ser monitor de esquí Berrocal decía «Delegado federativo»no era tan mal asunto a los veintidós años. Se imaginó la escena… y, como la imaginación es la zona más erógena del organismo, allí mismo le dijo que contara con él.

El chófer no quitaba ojo de la carretera. El niño se movía de vez en cuando en el asiento trasero, pero pronto volvía a coger el sueño. Berrocal lo había organizado todo perfectamente: el coche le recogió en la pensión, le había prestado sus botas de esquí, su precioso anorak y un pantalón negro de látex que le quedaba un poco grande, esa es la verdad. Todo iba en la maleta con el resto de complementos que días antes compró en el mercadillo de su barrio, porque era más barato que en El Corte Inglés: un gorro de lana rojo, unas gafas de plástico para el sol, unos guantes negros y algún otro detalle para completar el atuendo. Mientras se miraba en el espejo de la habitación, simulando saltos, giros y cabriolas vestido de esquiador, pensaba en el efecto que podía causar con aquella pinta tan dinámica y deportiva. «¡De película!» pensabay, a continuación, se hacía la pregunta: «¿Será posible que, estas Navidades, alguna niña de papá, rubia y maravillosa, me haga hombre por primera vez?».

El tiempo no mejoraba. Empezaban a ver las luces de Vich, cuando se puso a nevar de firme. La visibilidad era cada vez peor. Mentalmente, repasó las advertencias de Berrocal: lo primero, pasar lista para comprobar que no faltaba ningún chico; y luego, tener cuidado con la pronunciación. Anotó a lápiz cómo se pronunciaban en catalán los apellidos complicados: Arnau, no se decía agnó, como en francés, sino Arnau, tal y como suena; Deulofeu también, tal y como suena y no delofé; Puig se pronunciaba puch y Turull, turuil. Tras pasar lista, tenían que subir al tren cremallera que tampoco sabía qué clase de tren eray, en algo más de media hora, llegarían al hotel. Allí esperaban el director y los profesores de la escuela de esquí. Como le decía Berrocal, podía estar tranquilo.

En Ripoll, el chófer avisó al muchacho para que empezara a prepararse. Había acertado: Joan Beltrán acababa de cumplir once años, era el único hijo de un importante industrial de Sabadell, hablaba poco y tenía pinta de no ser muy espabilado. A eso de las ocho, el coche entraba en Ribas de Freser. Un numeroso grupo de padres, rodeados de chicos y chicas, de doce a quince años, esperaban en la estación. Todos iban perfectamente equipados con sus pasamontañas, anoraks, pantalones de esquí y esas botas como corderillos, que antes se llamaban «descansos» y ahora après-sky. Joan se dirigió al encuentro de sus compañeros. El chófer, cargado con la enorme mochila, los esquís y los palos del muchacho, caminaba delante. El monitor se puso el abrigo y la bufanda, comprobó que llevaba la lista en el bolsillo de la chaqueta de su traje gris, y siguió al chico y al chófer, en dirección al grupo. Al llegar, golpeó involuntariamente, con la maleta, la rodilla de una distinguida señora, envuelta en un soberbio abrigo de visón. Doliéndose de la embestida, la señora se revolvió como una fiera:

¡Quin home més ximple! ¡Sembla imbècil! ¿Com es pot anar pel mon amb una maleta així? ¡Qué hombre tan torpe! ¡Parece imbécil! ¿Cómo se puede ir por el mundo con una maleta como ésta? ¿Verdad que me entiende?

—Sí señora. La entiendo. Discúlpeme.

Ella le miró con cara de pocos amigos y le dio la espalda. Mientras, unos muchachos se reían a su lado, haciendo comentarios en catalán.

Enormes ráfagas azotaban la minúscula estación, levantando impresionantes remolinos de nieve. Se tapó las orejas con la bufanda y notó que los pies se le empezaban a congelar. Sacó la lista del bolsillo y, cuando dijo que era el «Delegado federativo», todos se echaron a reír. Intentó pasar lista, pronunció los primeros nombres y volvieron las risas. Nadie le hacía el menor caso. El frío era insoportable. No podía entender de qué se reían. De dos cosas estaba seguro: su pronunciación era perfecta y, aparte del chófer, el único que iba vestido como Dios manda era él. Empezó a temblar. Tenía las orejas congeladas y le lloraban los ojillos; resoplaba constantemente, golpeando el suelo con los pies, en vano intento de calmar el frío. Sus zapatos estaban empapados y los calcetines de nailon chorreando. Pedía silencio, pero cuanto más gritaba mayores eran las carcajadas. No paraba de nevar. De los tejados colgaban chuzos como espadas. En aquel momento, ante su ridícula importancia, consideró la posibilidad de regresar a Barcelona. Tuvo suerte; el director de la escuela y una joven profesora, al verle en aquel estado, acudieron en su ayuda.

Barcelona, 9 de mayo de 2011.

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