A modo de epílogo

28-08-2010.
Debiera, como narrador de estas páginas, cerrarlas con algo parecido a una explicación, o justificación de mi papel de narrador. Es cierto que hilvanar estos recuerdos, en ratos calmos de su mal, ha sido para mi personaje una distracción. Me han llevado a vivificar, poner al día acontecimientos y personas muy significativas para él. Que le pareció, a veces, que algunas estaban esperando mi palabra para resucitar en su vida. Anécdotas, reflexiones, visitas, cartas, fotos, llamadas… Es verdad que estos reencuentros recargaban su pena. Pero yo sé que su alegría y su gozo están más hondos.
Debo confesar también que muchas veces estos escritos me fatigaron. Que no siempre la pluma ni el ánimo estaban listos… Cuántas veces los dedos, rígidos y engarabitados, me impedían tomar el bolígrafo. Aun así, este entretenimiento nos liberaba del infierno de la ansiedad. A él, por lo que queda escrito. Y a mí, porque poco a poco y sin quererlo, he tenido que hacer mía su angustia.
A veces, al releer lo escrito me ha tentado reciclar tanto papel. Ya lo hice en otra ocasión. Si en esta no lo he hecho, ha sido por ahorrarle el lúgubre cara a cara con la muerte. Pero me he sentido incitado a rehacerlo todo desde la primera letra. Romper la linealidad, suprimir páginas, airear tantas cosas… Que nunca me hice esperanzas de alcanzar la imprenta. Pero a él le entretenían de su espera penosa. Y por eso, contra todo decaimiento, me exigía seguir con sus banalidades.
Y como dar juego al corazón es su mayor consuelo y anda necesitado de distraer sus días, le mandé recabar en su memoria… Que la vida se le va… y con ella el mundo de los vivos. Y para demostrarle que la suya no ha sido un secarral, le pido constante recuento de sus fuentes de cariño. Le revivo a sus padres, a sus amores, a sus muchachos, a sus niños; historias y anécdotas de Comillas, Andalucía, Cáceres, Valladolid… Y hasta a todos sus perros le hago recordar. Que, a su modo, cariño le regalaron… Y de Petra. Y del caballo de su padre que, a distancia, relinchando celebraba su cercanía… Y de Isadora, que tanto le amó… Y cuando siente que su secreto le estallaba en la cabeza, se alivia escribiéndole cosas como esta:
Siempre fui un paladín de la vida. Pero cuando la vida ya no es vida… Animoso lo he llevado. Como uvas del dulce racimo de la vida bella tomaba las horas. Me acuesto tarde, y madrugo porque así vivo más. Y previendo que pronto se me olvidará escribir… Y que mis pies, plomos habrán de ser… escribo codicioso. Cada línea parece un poema. Y, en cada paseo, la vuelta al mundo me parece dar.
Los ojos, el alma se me adhieren en la fronda de los árboles, en las margaritas que avivan el césped… y en la luz del sol que no templa la piel de los muertos. Jubiloso saludo en los niños el amanecer de la vida.
Mucho tiempo hace que no compro libros. Tristes, desconcertados están los de siempre sin la bendición de mis ojos. Débil como el último suspiro me queda una ilusión: ver a mis niños. Conseguir que vengan a recoger sus carteras, relojes, ajedreces, colecciones de sellos, monedas… Y los dineros que no me gastaron en propinas, cumpleaños… en viajes ni estudios extra…
A sus padres, Isa mía, recuérdales que yo, acertado o equivocado, he gastado la vida amando. Y que amando quiero morir. Y diles también que ellos con vida por delante y yo pisando el fin, en décadas nos hemos de encontrar en las playas de la muerte. Y entonces se sabrá quién amó más o si alguien fue ruin…
Y se consuela, pensando que si es que a los muertos les queda memoria, los niños y sus papás vivirán en su recuerdo.
A veces, no sé de dónde le llegan bríos. Reanimado y resuelto, se siente capaz de acometer empresas que tanto le angustiaran a su tiempo. Pero un relámpago recorre la pluma y le recuerda que el ocupa esta vivo y rabioso…
Otras veces, el tiempo se le hace inhóspito y se pregunta: «¿Qué hago yo aquí ya?». Luego, supera el bache y, resignado, sigue tirando del carretón chirriante de su vida. Y yo, como narrador suyo, torno a rebuscarle en su vida pequeños encantos, efímeros como el vuelo de las mariposas. Repaso las posibilidades de su utopía vital. Todo lo que bien pudo haber materializado y no realizó: haber sido un pedagogo experto, prestigioso… Un “animal de campo”, absorbido en la madre Naturaleza. O un digno y sugerente comunicador. Y, ¿por qué no un desvivido misionero? Acaso escritor… Y, aunque le arañan tantos años de su juventud y madurez perdidos, no se irrita. Es una jugosa catarsis que le serena el espíritu.
Le humilla el bastón. Y, más que sus dolores, le hunde renunciar a la campiña, sus rutas, panoramas, pájaros, árboles y atardeceres… Y le consterna admitir que esas estampas, palabras, juicios y aun personas revividas por mí, dejen de existir para él, porque, como hojas otoñales, se le caigan de la memoria. Y entonces, sí desea morir ya. Ahora, que todavía recuerda quiénes fueron sus padres. Y que aún recuerda y ama a sus nietos. Y a tantos amigos. Y que sabe dónde están sus libros…
Y cuando se le abate el ánimo, la boca le sabe a tierra. Y, entonces, su único alivio es perdonar… perdonarlo todo… Y suplicar que Dios… y, si no… que el Cosmos, los hombres le perdonen de todo. Entonces, con suspiro fraterno, le reverdezco recuerdos de cuando era un piadoso hombre de fe. Y encontraba refugio en aquello de «el que tiene a Dios y con él se acompasa, todo lo tiene, nada le falta…».

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