A cuestas con su secreto, 1

29-04-2010.
no tengo fuerzas para celebrar
la melancólica liturgia de la separación.
Sólo deseo ya dormir, dormir,
tal vez soñar…
J. Hierro.
Lo vio mientras esperaba fecha para la cita con el especialista. En el folio quinto, Burguillos abandonó el ambulatorio. Desistía de la burocracia y lentitud de la Seguridad Social. Ya en la calle, le parecía que todo había perdido luz, significado. No oía la circulación. El solazo de junio no le hería los ojos. Los transeúntes, peleles eran sin rostros ni peso…
Aquel guarismo del folio quinto, resaltado en amarillo… ¿No habría leído mal…? Volvió a leerlo. Y de nuevo, como un rayo le fulminó los ojos y la vida. Y de nuevo, ni Pamplona, Nueva York ni Lourdes le ofrecían un hilo de esperanza.
No lloró. No se agitó… ¡Le había tocado! Y no había recurso. Dos únicas actitudes le quedaban a mano: aullar al vacío como un perro arrollado en una carretera… o apechar maduramente con la última realidad.
Llegó a casa. Se movía como un robot. Todo había perdido color y calor. ¿Cantaban los pájaros? ¿Olían las flores? ¿O todo era una alucinación? Dos únicas urgencias: ver a sus niños y dejar sus cosas en orden. Y largarse cuanto antes… Resolvió no decírselo a nadie hasta que no se desintegrase a trozos.
Diez días le tuvo el urólogo en turno de espera. En ese tiempo, procesó su situación. “Mil veces yo ‑se decía‑, expendedor de ánimos y consejos, aplaqué penas y angustias con aquello de que ni personas ni desgracias son quienes para amargarnos la vida. Que todo está colgado de nuestra capacidad de afrontarlo. Que huelgan ayes y andar de plaza en casa buscando árnica… Cada flagelo ‑les decía‑ conlleva su receta…”. Y ¡qué bien le quedaba cuando eran otros los tundidos!
Fue un tijeretazo cruel. “Un hachazo invisible y homicida”. Canceló encargos de libros. Esperaba un arpa y un espejo veneciano… Todos sus sueños, proyectos y caprichos rodaron por el suelo.
Los sentidos, despiertos pero insensibles, ya no le agarraban a la vida. A ratos se sentía un tronco humano con la muerte encima. Un intruso se sentía en el mundo de los vivos. Se encontraba como destemporalizado. Acaso, en el ahínco de ocultar su mal, le guiase evitar que la gente ‑propios y extraños‑ le borrasen prematuramente de su lista de vivos. Todo le cambió… ¡Cuántas cosas se le quedaron sin sentido! Oír hablar del tiempo futuro le echaba por tierra la vida.
Y Dios… “¿Dónde andas, Señor? Si escuchas mi gemir, ¿para cuándo tu alivio?”. Trataba de hacer un poco de oración. Y se sentía empapado en desamparo. “¡Padre! Padre de estos míseros mortales… Yo no sé si existes. Si así no fuera, la suprema desgracia sería para los humanos. Pero si, como a veces creo débilmente y deseo con rabia, existes, ¿por qué así me tratas? ¿Qué hice yo para merecer esta vida de niebla y angustia? Y de propina este despiadado tormento. ¿Signo de predestinación? ¿O es que me has dejado caer de la lista de tus hijos? ¿O es que…?”.
Que es mucho palo… Así, tan de repente, abandonarlo todo, todo… “Esa carta confidencial que nunca escribiste… ‑se murmuraba‑, pero que la repasas cada poco… Y la sientes viva y la guardas como argumento irrebatible de tu conducta, de tu querer… Esa intención postrera…”.
Solo, acudió al médico:
—Doctor, me consta su competencia. Pero no me pondré en sus manos si no me promete la verdad desnuda.
Su verdad era un inequívoco carcinoma de próstata. Había que comprobar su índole… Y solo y sin esperanza alguna, acudió Burguillos a que le hicieran urografías, resonancias… Cuanto quisieran. La biopsia, penosa. En actitud de parturienta, con todo al aire, bajo la luz de los focos…
El día de El Carmen, 16 de julio, más que por consolar el alma, por aliviar su agotamiento, entró a misa en los Carmelitas de San Benito. “Este es el día que anunció el Señor ‑cantaban fervorosos‑. Sea nuestra alegría y nuestro gozo. Dad gracias al Señor, porque es bueno…”. Burguillos percibía en las cachas de su ser pecador como un subfondo de sarcasmo, al escuchar la gratitud que el salmista destilaba. Acababa de conocer que allá adentro, en los entresijos del sexo, había desarrollado en silencio un carcinoma de próstata. Tan frondoso que, en el decir del analista, ya había “fragmentos prostáticos infiltrados focalmente por una proliferación neoplásica”. En resumen, un cáncer de próstata maligno y expansivo…
—¿Cuánto tiempo, doctor?
—Pueden ser meses… Incluso algún año. No pierda usted la ilusión de vivir.
Y Burguillos comenzó a tratar de cultivar y conseguir la aceptación de morir… Que era la única verdad cierta e inminente. ¡Cómo le costaba hacerse a la muerte como a una buena tierra, como a su heredad definitiva! Lex est, non poena perire ‘perecer es una ley, no una pena’El gran consuelo lo quería buscar en la fe. Pero tan oscura, tan última razón, sin lugar para el discurso y la constatación… Se le hacía a veces como el último tirabuzón, la sublimación del instinto de conservación en un espasmo por consolar el desamparo humano.

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