Desde mi residencia

Vicisitudes de la vejez, 16

Por Fernando Sánchez Resa.

Ya en casa, una vez más descansada y tranquila, habiendo tomado posesión de todos mis enseres materiales (de los que cada vez paso más, aunque alguien piense lo contrario) y cual niño que vuelve de un internado largo, retomo mis recuerdos más antiguos y queridos, los que dan mimbre a mi ser y constituyen (en el momento en que me encuentro) la urdimbre de mi vivir prestado (no me llamaré a engaño); enlazando todo lo que he sido (y soy) y el poco tiempo que me queda de existencia; pues estoy en los brazos de Dios hasta que Él quiera llevarme a su santa morada, en la que espero saludar, besar y abrazar a mis padres, hermanos, amigos, familiares, etc., para permanecer con ellos la vida eterna, sabiendo que ya no habrá posible contagio de ningún coronavirus, ni nada que se le parezca. ¡Qué corta me parecerá allí mi existencia terrenal, aunque aquí sea de casi un siglo…!

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Vicisitudes de la vejez, 15

Por Fernando Sánchez Resa.

¡Qué maravillosa noticia me han venido a dar, esta mañana, mis siempre queridos hijos! Hasta yo estaba nerviosa de verlos a ellos todos juntos, personados en la residencia de ancianos en la que resido desde hace varios años. Tenía la intuición femenina de que algo oculto tramaban entre todos y que no eran capaces de soltármelo a bocajarro, ni haber venido uno a uno a decírmelo…

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Vicisitudes de la vejez, 13

Por Fernando Sánchez Resa.

Como no soy nada supersticiosa, el número de este capítulo de mi vida no va a suponer algo tétrico o nefasto para mi persona, sino todo contrario…

Les decía, en otro capítulo de esta serie, amables seguidores de mi vida, que me encontraba aislada en mi residencia de ancianos, porque muchos de mis compañeros, más compañeras, caían como moscas por culpa del dichoso coronavirus chino, con gran pesar por mi parte y de sus familiares y amigos. Yo, gracias a Dios, he tenido mucha suerte, puesto que -por ahora- me he librado de esa gripe amarilla que asola el planeta y nuestro país, en particular, aunque ya vaya remitiendo. ¡Ojalá no vengan nuevas oleadas! No obstante, siento una pena inmensa por todo lo que está ocurriendo y cómo me hubiera gustado no tener que asistir a este espectáculo macabro y apocalíptico que nos asola.

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Vicisitudes de la vejez, 14

Por Fernando Sánchez Resa.

Sigo rebobinando y buscando recuerdos y asideros para seguir agarrándome a la vida, por lo que ahora estoy reviviendo lo que en mi disco duro se cuece, el que ya lleva demasiado años funcionando; y, presionado por los tiempos que corren, no tengo más remedio que hablar de cuando estuve casi confinada en la huerta familiar, en los terrenos en los que hoy se asienta Carrefour de Úbeda (Jaén), durante los tres años de guerra (in)civil española (1936-39); con cierto parecido, pero más duro todavía, lógicamente, al confinamiento del que llevamos ya más de dos meses con el dichoso coronavirus chino importado. Entonces yo era una chiquilla, casi pollita o zangalitrona (como se le llamaba antiguamente en mi pueblo a las que van pintando ser muchachas, sin serlo totalmente), y subí contadas veces al pueblo, ya que estaba muy revuelto y la muerte acechaba en cualquier rincón, pues los odios se encontraban desatados. Siempre lo hice con mucho miedo y prevención y acompañada de mi padre o hermanos. Siento rememorar aquellos malos momentos que pasé, pero la vida es así y así he de contarla…

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Vicisitudes de la vejez, 12

Por Fernando Sánchez Resa.

Aquí sigo confinada y muy enferma, dándole vueltas a la cabeza, mezclando pasado, presente y futuro (más pasado y presente que futuro, lógicamente, lo tengo que admitir) con esta pandemia que nos come por todos lados y que va a sacar lo peor (ojalá que lo mejor) de nosotros mismos como raza humana, cuando nos cuentan que va a suponer un antes y un después en el comportamiento cotidiano de nuestra depredadora especie. Ojalá sirva para enmendar errores garrafales que estamos cometiendo los humanos, a saber: maltrato de nuestra madre tierra haciendo con nuestro planeta un continuo desatino; menosprecio de nuestros hermanos humanos, y también de los animales, exterminándolos sin contemplación ninguna en aras de una globalización y desarrollo desaforado mal entendido; desobedeciendo el mandado natural y divino de amar a los demás como a uno mismo; siguiendo el cainismo que llevamos intrínseco mediante un egoísmo exacerbado con todo lo que pensamos o tocamos…

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