La Vía del Sureste - 49

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Por Manuel Almagro Chinchilla.

En la catedral de Santiago.

Entrevista con el obispo auxiliar D. Luis Quinteiro

En la sacristía, el obispo auxiliar, don Luis Quinteiro, hablaba con presbíteros de su séquito, mientras yo permanecía sin despegarme junto a él. Eran muchas las personas a las que estaba atendiendo y no se me hacía fácil llamar su atención para que me escuchara. En un raro desliz, logré que me mirara y traté de exponerle el motivo de mi presencia. Me pidió que esperase un minuto, para que le impartiera la bendición al arzobispo de Milán, con quien estaba despachando en ese momento.

Así ocurrió. Finalizada la invocación en la que actué como excepcional testigo, ya que no quería perder el más mínimo contacto, fui atendido con una gran amabilidad. Tuve ocasión de exponerle lo fundamental del proyecto que acabábamos de realizar y le ofrecí una medalla de la Virgen de Tíscar y una guía-manual de la peregrinación. Al mismo tiempo, le hice saber nuestro malestar al no haber participado en aquella gran Eucaristía de la Misa del Peregrino, en la que se habían mencionado a grupos semejantes al nuestro, venidos de todo el orbe cristiano.

 

En verdad que se mostró muy atento y, sobre todo, muy interesado por lo que le iba diciendo; la expresión de la cara lo delataba, la tenía como iluminada, no parpadeaba, con un semblante inconfundible, que juzgué como mezcla de admiración y afabilidad. De algún modo, debió entender nuestro deseo de haber querido participar activamente en la ceremonia que puso punto final a nuestra expedición. Y, en ese sentido, actuó sin pérdida de tiempo. Me pidió que, en su nombre, me dirigiera sin dilación a la Oficina del Peregrino, sin guardar cola, y que preguntara por don Jaime García Rodríguez, canónigo encargado del departamento.

 

No fue menor la impresión que le causó a don Jaime, que pronto dio órdenes para que fotocopiaran y archivaran debidamente la documentación que le mostré, así como poner a buen recaudo una medalla conmemorativa de nuestra peregrinación, con la imagen de la Virgen de Tíscar, y un cuadernillo‑guía de la Vía del Sureste. Don Jaime me pidió que nos quedáramos al día siguiente, para participar en la misa mayor del peregrino, a las doce de la mañana, en la que ocuparíamos un lugar preferente y deberíamos leer una oración. Se trataba de una plegaria que debíamos componer a nuestro antojo y deberíamos presentársela previamente esa misma tarde para su aprobación.

 

Acabada la entrevista, salimos a toda prisa a comprar unos folios. Redactamos la oración, recibiendo posteriormente el visto bueno de don Jaime. Quedamos, para el día siguiente, junto a la zona acordonada del altar mayor.

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