La Vía del Sureste - 48

  • Imprimir

Por Manuel Almagro Chinchilla.

Monte Do Gozo – Plaza del Obradoiro

Una vez que amaneció, el día 19 de agosto, una intensa niebla lo cubría todo. Fue imposible perpetuar fotográficamente la ansiada visión de las torres de la catedral y emprendimos viaje para Santiago. Tras recorrer algunas callejuelas, que se nos hacían interminables, típicamente enlosadas, con fachadas de piedra y recodos, fuimos a desembocar a bocajarro a la plaza del Obradoiro, frente a la catedral.

Fue repentino; nos quedamos absortos. Habíamos llegado al final del camino; después de Santiago ya no hay nada; es el fin. No había una etapa más que cubrir. Se acabaron las prisas; no hay mañana. Nos sentamos en el suelo, ateridos, dubitativos, sin habla, sin pensamiento y con una inmensa paz. Todo estaba ya hecho. Un nudo se apoderó de la garganta, de la de todos, y los nudillos de los dedos trataban vanamente de enjugar las lágrimas que fluían de los ojos, fijos en la catedral. Pensaba en las mil interpretaciones que se han podido dar y que emanan de la pedrería de la enorme fachada con sus torres.

 

Decidimos no engrosar ninguna cola de las que forman los dos mil peregrinos diarios que llegan a Santiago. Entramos, casi a empujones y en volandas, a la misa mayor del peregrino. Con las mochilas a las espaldas y el atuendo peregrino, sobado y mugriento a lo largo de mil doscientos kilómetros, nos abrimos paso entre damas perfumadas y de miradas recelosas, que abarrotaban el sagrado templo, y fuimos a instalarnos en el pasillo central, en medio de la gente bien arreglada. Amontonamos nuestros sudados macutos sobre el suelo inmaculado. Los bastones con la calabaza presidían, a modo de bandera victoriosa, a ese grupo de “locos” que llegaban del sur, un tanto malolientes y andrajosos. Nos sentíamos con el mayor de los derechos de estar allí, en ese lugar preferente, con la mayor justificación: era la misa del peregrino; nuestra misa.

 

A lo largo de la celebración de la eucaristía, los oficiantes iban mencionando a grupos de peregrinos que habían llegado desde distintos puntos de España y de Europa, con indicación de los kilómetros recorridos. Nos sentimos dolidos, al no estar incluidos en esa relación que se estaba leyendo públicamente. Pero ¿cómo íbamos a estar, si no nos habíamos inscrito a la llegada, ni tenían constancia nuestra en lugar alguno? ¿Quién iba a conocernos? ¿Quién sabía de nosotros? No podíamos soportar tan cruel indiferencia ante nuestra hazaña. Pensé que era una gran oportunidad, el mejor momento, para dar a conocernos. Y esperamos pacientemente hasta el final.

 

Acabada la ceremonia, cuando la comitiva de clérigos y demás oficiantes se dirigía en formación, con todo boato, a la sacristía, me uní al desfile, al tiempo que gritaba: «¡Señor obispo, señor obispo…!». Me puse hombro con hombro con el obispo auxiliar, Luis Quinteiro, que había presidido la misa. Muy arrimado a él, hice lo posible para que me escuchara. Vano intento…; estaba muy ocupado en saludar e impartir bendiciones mientras caminaba. Pasamos a la sacristía, ante la inquisitiva mirada de los guardias de seguridad que custodiaban la puerta. No debía ser muy normal que un desaliñado como yo traspasara tal umbral como Pedro por su casa, pegado al obispo.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.