La Vía del Sureste - 47

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Por Manuel Almagro Chinchilla.

Palas de Rei - Arzúa

A Arzúa llegamos el día 17, después de una dura jornada de 29 kilómetros, en la que quedaron bien evaporadas las resacas del día anterior. En el trayecto, paramos a comer en Melide, donde conocemos a dos mujeres: Lola y Pepita, madre e hija, a las que la madre Naturaleza las había dotado de excelentes dotes y mucha personalidad, entre otros, la magnífica voz de soprano de Pepita. Fueron varias las canciones que cantó en los kilómetros que nos acompañaron, congregando en cada ocasión a un improvisado y numeroso público.

Quiero destacar la interpretación de “Andalucía”, original de Enrique Granados, ante una multitud de peregrinos, en su mayoría andaluces. Congeniamos muy bien, las simpatías fueron recíprocas y nos contamos nuestras cosas. Lástima que no pudieran seguir el ritmo de nuestra marcha: las ampollas les habían hecho mella, precisamente cuando nosotros ya nos habíamos familiarizado con ellas y las habíamos hecho nuestras (las ampollas).

 

Una muestra de la sólida amistad que se fraguó fue que, finalizada la peregrinación, Pepita visitó Tíscar y le mostramos lo más interesante del lugar.

 

El día 18 de agosto salimos de Arzúa hacia un punto no determinado, aquel que sobre la marcha decidimos que sería el Monte do Gozo, 32 kilómetros. Esta sería la última gran caminata, puesto que desde allí, Santiago se encuentra prácticamente a tiro de piedra (5 km). Llegamos por la tarde aún con sol, a pesar de ser las 20:30 horas. La diferencia del horario solar de distinto meridiano se nota. Nos sellaron la credencial y nos asignaron un alojamiento con camas, en unas enormes instalaciones de obra especialmente para peregrinos.

 

En el Monte Do Gozo, destaca un impresionante monumento conmemorativo de la visita del papa Juan Pablo II, realizada en el año 1993. Con los últimos rayos de un sol casi escondido, nos hicimos unas fotos. Fueron unos momentos muy emocionantes, porque divisábamos ya a Santiago de Compostela, aunque no aún el ansiado avistamiento de las torres de la catedral.

 

El cansancio no se podía disimular: en la mirada, en el andar, en los ademanes y por todos los poros de nuestro cuerpo, un tanto andrajoso por el sudor y la ropa sucia. Las piernas al aire con el pantalón corto, morenas como el tizón y con alguna venda liada que pretendía, con dudosa eficacia, mitigar el dolor de alguna que otra contusión ya vieja. Teníamos delante de nosotros, a tiro de piedra, el objetivo, la meta, el final de los 1 171 kilómetros. El próximo amanecer sería el último de los 50 días de nuestro camino, el camino de cada uno. Mirando alrededor, se descubrían ojos enrojecidos, lágrimas, rostros traspuestos que miraban, sabe Dios, dónde; hubo quien cruzó los brazos en la cara y no pudo contener un intenso llanto que le salía incontenible de lo más profundo de su alma. Aquella noche, dormimos en cama, como hacía muchos días que no lo habíamos hecho.

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