La Vía del Sureste - 45

Por Manuel Almagro Chinchilla.

Días 12, 13 y 14 de agosto

O´Cebreiro – Tricastela - Samos - Sarria

El día 12 de agosto entramos en Galicia por O’Cebreiro, después de una enorme subida que se nos hacía interminable, con unos magníficos paisajes, con mucho frío y espesa niebla. Los albergues estaban al completo. Dimos una y mil vueltas por la población tratando de encontrar alojamiento y, después de no gustarnos algunas pallozas, nos instalamos en una tienda de campaña, notándose considerablemente la niebla y el frío por la noche. Nos preparamos unas nutritivas viandas típicas gallegas y dormimos plácidamente.

A continuación, llegamos a Tricastela (día 13) después de una jornada de 20 km., donde también recurrimos a la base de acampada, donde nos asignaron la tienda de campaña n.º 18.

 

Salimos de Tricastela el día 14. El camino se bifurca presentando dos opciones para ir Santiago. A la izquierda, pasando por el Monasterio de Samos; a la derecha, pasando por San Xil. Optamos por la primera y visitamos el impresionante monasterio regido por religiosos de la comunidad benedictina. Allí decidimos plantar el olivo que llevaban los de Villacarrillo (Bartolomé y sus hijos). Una vez concedida la autorización del abad, nos dijo que nos pusiéramos en contacto con el hermano hortelano, José Luis Vélez, quien nos mostró los dos patios donde cabría la posibilidad de plantarlo; uno de ellos ya contaba con un olivo. No fue necesario mucho debate dentro del grupo para elegir el patio de Las Nereidas; lo consideramos el más adecuado por su estructura y por ser más acogedor.

 

Otra cosa mucho más difícil fue determinar el lugar para colocarlo dentro del recinto; el debate se eternizaba y no se llegaba al acuerdo; no era ninguna novedad, pues hasta en lo más nimio el desacuerdo era la norma. Superado el dificilísimo debate interno de la ubicación, decidimos, con notoria oposición de algunos, hacerlo en el lado norte del patio, cara al sur para recibir con mayor provecho la luz solar, tan necesaria en una planta mediterránea.


Pero mi “gozo en un pozo”: cuando estábamos dando las primeras paladas de tierra, un buen hermano de la orden de san Benito, asomado bajo uno de los arcos del claustro, preguntó a viva voz ‑que yo adiviné con cierta inquina‑, que cómo íbamos a poner en ese lugar el olivo.

 

Los opositores a esa idea retomaron de nuevo la tabarra para hacer inacabable el debate de elección del sitio. Armado de una paciencia franciscana, en este caso “benedictina”, caminé hasta el clérigo y le dije con toda firmeza, elevando la voz: «¡Hermano, llevamos caminando más de mil kilómetros con este olivo y tenemos la voluntad de plantarlo en algún lugar del camino. Nos ha gustado este monasterio y ha dicho el de “allí arriba” ‑miré al cielo‑ que se ponga aquí!». El abate no titubeó y corroboró la sentencia: «¡Ponedlo ahí!».

 

Emprendimos de nuevo la marcha y finalizamos la jornada del día 14 en Sarria, con 18 kilómetros.

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