La Vía del Sureste - 13

Por Manuel Almagro Chinchilla.

Baños de la Encina – Río Jándula, 38 km.

A las cinco y diez del día 6 de julio, salimos de Baños y nos pusimos en marcha. Cogimos la carretera de la Virgen de la Cabeza. Llegamos al embalse del Rumblar, de noche, y paramos en el muro de contención, para tomar un refrigerio a base de fruta, leche y galletas. Seguidamente, nos adentramos en un camino vallado, con ganaderías de reses bravas a ambos lados. En el período de preparación del proyecto, ya reparamos sobre el posible riesgo que supondría caminar a pocos metros de unos morlacos (‘toros de lidia de gran tamaño’), bien plantados, que te miran con insistencia, sepa Dios con qué intenciones.

 

 

 

Era una premonición de lo que sucedió en la tenue luz del amanecer, cuando avanzábamos con alguna dificultad por un maltrecho camino de tierra, en las proximidades de la finca de Los Llanos. Divisamos, hasta donde nos alcanzaba la vista, un bulto negro que se movía a gran velocidad hacia nosotros. Después de abrir bien los ojos y de restregar los dedos por los lagrimales, quitándonos unas emulsiones pastosas que llaman “lagañas”, yo fijé bien la vista en aquella mota negra que aumentaba por segundos de tamaño y pude comprobar que se cumplía el peor de los presagios. Deduje que se trataba de un toro bravo, algo que corroboraron todos los del grupo por unanimidad, quizás la única vez. Lo más probable pudo ser que el animal, por la noche, saltó la desvencijada alambrada de su finca para pastar en la hierba fresca de la cuneta del camino, en las proximidades de la hacienda Santa Potenciana. Nuestra presencia, aunque bastante lejana, debió inquietar al zaíno y se dirigió a toda velocidad al grupo “invasor” de su territorio, sembrando el desconcierto y la huida despavorida de nosotros, los caminantes.

 

A la desesperada, nos desprendimos de las mochilas y pronto encontramos refugio en lo alto de las encinas del camino, incluso al otro lado de las cercas, obviando los alambres de espino. Las ampollas de los pies y todos los achaques que nos aquejaban desaparecieron como por arte de magia. Los bufidos del bóvido resoplaban en las nalgas, semidesprotegidas por el pantalón corto, y la congoja te impedía siquiera girar la cabeza para lanzar una sutil mirada de inspección. El tiempo se nos eternizaba, subidos en las ramas de los árboles, en una postura inestable que presagiaba la inminente caída a merced del cornúpeta. Fue un alivio ver cómo se alejaba; pero, al momento, volvió a embestir. Así, hasta tres veces, milagrosamente sin éxito (gracias a la virgen de Tíscar), mientras resistíamos encaramados en los árboles y detrás del vallado espinoso.

 

Fue un par de horas cruciales en las que vimos que la peregrinación se iba al traste. Hubiera bastado una leve cogida de alguno de los del grupo para girar ciento ochenta grados el rumbo de nuestro propósito. Finalmente, el astado se fue por donde vino y, hasta que no tuvimos la seguridad de su desaparición, no reanudamos la marcha.

 

No todo fue pena. El retraso acumulado quedó recompensado por uno de los guardas de la finca Gorgogil, Juan Francisco Sequero, que nos condujo por unos atajos hasta llegar a los Pinos de Peñallana, donde teníamos previsto el final de la etapa. Un bonito poblado de residencias turístico‑rurales. Decidimos no pernoctar en este lugar, a pesar de la ayuda que nos prestó el concejal de Medio Ambiente del ayuntamiento de Andújar, Francisco Mena, que nos ofreció un alojamiento que carecía de agua y los vecinos no se mostraron muy proclives  a facilitárnosla («Dar de beber al sediento», «Dar posada al peregrino»). Optamos por continuar hasta el río Jándula y allí pasamos la noche en la orilla derecha, aguas abajo. Antes de llegar nos abordó por el camino el corresponsal de diario JAÉN en Andújar, Juan Vicente Córcoles, que nos realizó un reportaje, publicándolo días después.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Información adicional