«Barcos de papel»

Historia safista, narrada por Dionisio Rodríguez Mejías.

“Barcos de papel” - Capítulo 19 c

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- El mal de la piedra.

En aquel momento apareció Roser con dos jarras de sangría.

—¿Te apetece?

—Claro. Me vendrá bien después del sobresalto. ¿Sabes que esta chica me ha adivinado el signo del zodíaco?

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“Barcos de papel” - Capítulo 19 b

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- La italiana que leía las rayas de la mano.

La fiesta se celebraba en un piso que los padres de Ana habían alquilado a Susi García y a otras dos compañeras de curso. Aquel apartamento era el Arca de Noé: allí se reunían estudiantes y profesores de todas las facultades ‑tanto españoles como extranjeros‑, algunos de los cuales hablaban el español con dificultad. En el piso, la luz era tenue, tirando a misteriosa. Había una soberbia librería y el resto de muebles los habían arrimado a la pared para despejar la habitación. En el único rincón libre de la estancia, una muchacha cantaba tonadillas de Joan Báez, acompañada de una guitarra. Llevaba una túnica de color esmeralda, adornada con pedrería en forma de medallones y figuras precolombinas: monos, pelícanos y culebras de dos cabezas. Llevaba también brazaletes dorados, tobilleras y mocasines de color beis. La llamaban Samita.

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“Barcos de papel” - Capítulo 18 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Engaño y fin de Reyzábal.

Cuando el andén se despejó de pasajeros, el hombre del periódico y la sombra vinieron hacia nosotros; sin meterse en más averiguaciones, nos pidieron la documentación y nos registraron debajo de la ropa, con una celeridad sorprendente. No encontraron nada. El del periódico, enfurecido, tiró el cigarrillo a la vía, escupió en el suelo, me cogió por el cuello y dijo fríamente:

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“Barcos de papel” - Capítulo 19 a

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- La fiesta.

En verano, recuperé las clases particulares para tener ocupadas las mañanas, y dedicaba las tardes a preparar el examen para el permiso de conducir. Me matriculé en la Autoescuela Paralelo, me compré el Código de la Circulación y, durante tres cuartos de hora, recorría el Circuito de Monjuich con un instructor de Huesca que se ponía como un puma, cuando me equivocaba en meter una marcha o el coche se me calaba. Al terminar, tomaba el 57 en la plaza de España y acababa en el café de Saturnino, en donde me esperaba mi amigo “El Colilla”.

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“Barcos de papel” - Capítulo 18 c


Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Preparando la trampa.

Intenté resistir, pero Xavier rebatía con gran habilidad cada una de mis objeciones: me dijo que, la mañana de la acción, llamara por teléfono a la empresa diciendo que estaba enfermo. Yo no quería comprometerme; sabía que, si la policía me encontraba lanzando octavillas, sería mi perdición. Todo aquello me producía un gran desasosiego, y me parecía algo sin sentido: aquellos muchachos pertenecían a familias acomodadas, y la mayoría tenía el porvenir resuelto; pero yo no era nadie.

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