«Barcos de papel»

Historia safista, narrada por Dionisio Rodríguez Mejías.

“Barcos de papel” - Capítulo 22 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Política y negocios.

Tardé una semana en llamar al señor Vilanova para no dar la impresión de que estaba dispuesto a comer en su mano como un perrito, y quedamos en vernos en su oficina un jueves a las diez de la mañana. Tenía el despacho en la Vía Augusta, esquina a Mariano Cubí, en el edificio Autopistas de la plaza de Gala Placidia; y recuerdo que llegué media hora tarde. Llamé a la puerta; estaba repasando unas facturas con un cigarrillo en la mano, de muy buen humor. A pesar de mi retraso, me tendió la mano con mucha ceremonia, me miró a los ojos y no pidió ninguna explicación.

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“Barcos de papel” - Capítulo 22 c

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.-Las luces y las sombras del amor.

No hay persona en el mundo que no presienta el daño que le pueden hacer por culpa del amor. Es una señal de alerta, un aviso de que determinada relación puede resultarnos peligrosa. Es una intuición inexplicable, que nos advierte de que cierta persona no es compatible con nosotros. Seguramente, las sospechas de Roser hacia mí se parecían mucho a los recelos de Olga hacia Santamaría y a mis propias dudas sobre el amor de Olga. Y no era solo por Santamaría. Me refiero a las capas más profundas del sentimiento. Al pánico de sentirme arrastrado hacia un amor tormentoso y diabólico, atraído por la fuerza de una pasión destructiva, que me condujera a la perdición y pusiera en peligro mi vida y mi futuro.

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“Barcos de papel” - Capítulo 22 a

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- Una experiencia tranquila y placentera.

Eran las diez la mañana de un espléndido sábado del mes de octubre; esa hora en que la gente sale a la calle a respirar el aire de la mañana, a pasear al perro por el barrio, a tomar un café o a comprar el periódico en el quiosco de la esquina. Olga llevaba fuera una semana. El hámster, con la loable intención de asegurarse mi afecto y protección, se embuchaba todo lo que le ponía en el comedero y cada mañana me saludaba con su carita pícara y simpática, para demostrarme que se encontraba bien conmigo y me aceptaba como jefe y mentor. El franquismo entraba en su fase terminal, yo había empezado el tercer curso de carrera, y en España soplaban nuevos vientos de libertad. Era la época del «Vive y deja vivir», de los conciertos de rock, de la cultura psicodélica y de la desinhibición de la juventud en materia de sexo.

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“Barcos de papel” - Capítulo 22 b

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- Alberto, ¿tú me quieres?

Aprendimos a calmar la pasión con los placeres naturales que hasta entonces nos habían prohibido. Le ayudé a quitarse el sujetador y después las braguitas, con mucho cuidado y emoción, como si tuviera miedo de que un error mío pudiera romper el encanto de aquel momento maravilloso. Me quedé un instante extasiado, contemplando su desnudez y su hermosura; pero, como suele suceder cuando no se cuenta con la experiencia necesaria, aquel encuentro también estuvo lleno de errores y torpezas, sobre todo al principio.

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“Barcos de papel” - Capítulo 21 f

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Mirando al cielo y consultando a las estrellas.

Estaba destrozado, roto por dentro. Nadie puede comprender el odio que sentí hacia aquel miserable, después de humillarme delante de la persona por la que hubiera dado mil vidas que tuviera. A cierta edad, es difícil superar el dolor del desengaño. Era la depresión más negra y más profunda de mi vida. Me encerré en mi habitación; sentía un dolor profundo que se me hundía en el pecho, me dejaba vacío y me hacía perder la fe en el presente y en el futuro. Enfermo de tristeza, con la sensación de que Santamaría había vuelto a pisotear mi orgullo, fui a buscar la jaula de Pajarito que, al verme llegar, alzó el hociquillo y se puso en posición de alerta, levantando las orejas. Lo llevé a mi cuarto, lo coloqué cerca de la ventana y el ratoncillo empezó a desperezarse, a limpiarse el pelaje con la lengua, y a peinarse con las patas delanteras como si me ofreciera una amistad franca y sin reservas. Los hámsteres son animales muy juiciosos, que saben distinguir, con gran acierto, quién está de su parte y quién no. Gracias a ese instinto prodigioso, han conseguido un merecido bienestar en nuestra sociedad. Lo seguí observando, nos miramos a los ojos y se puso a caminar con las patas tiesas, moviendo el hociquillo en señal de gratitud y sumisión.

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