«Barcos de papel»

Historia safista, narrada por Dionisio Rodríguez Mejías.

“Barcos de papel” - Capítulo 23 h

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

8.- No me hables ahora: ¿No ves que estoy llorando?

Supongo que yo también me quedaría dormido, porque ‑antes de las ocho de la mañana‑ me despertaron las camareras que vinieron a ordenar la habitación y a cambiar la ropa de las camas, armando un enorme alboroto. Abrieron la ventana, ayudaron a Olga a incorporarse, echaron las sábanas en el carro que había en el pasillo, pusieron otras limpias y me pidieron que saliera. Algo más tranquilo, aproveché la ocasión para bajar a la cafetería y llamar a la pensión. Le dije a Catalina que estaba con Olga en el hospital, y me costó lo mío convencerla para que no acudiera a visitarla; pero insistí en que solo se trataba de una ligera indisposición y el médico había prohibido las visitas. No era muy razonable lo que le dije, pero fue suficiente para convencerla. Tomé un café con leche y un cruasán, por comer algo; compré La Vanguardia y, a hacia las nueve, volví a la habitación y me encontré con el doctor que terminaba de examinarla.

Leer más: “Barcos de papel” - Capítulo 23 h

“Barcos de papel” - Capítulo 23 g

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

7.- Víctima de su inocencia y su hermosura.

No alcanzaba a comprender la gravedad de la situación, ni tenía serenidad para pensar en las consecuencias.

—Doctor, ¿ella lo sabe?

—Sí; la informamos antes de intervenir, porque aunque el feto aparentaba tener unos tres meses, cuando llegó desconocía que estaba embarazada.

Leer más: “Barcos de papel” - Capítulo 23 g

“Barcos de papel” - Capítulo 23 e

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- El encuentro con Olga.

La encontré sentada delante de la puerta de la pensión, sola, con la falda por encima de las rodillas, pálida y empapada. Con una mano, sujetaba un pañuelo manchado de sangre; y, con la otra, sostenía un cigarrillo. Me estremecí al verla. Parecía uno de aquellos pajarillos que, cuando era un niño, encontraba entre las hojas de los árboles, muertos de frío, las mañanas más crudas del invierno. Parecía tan débil y tan frágil como esas flores que nacen con el alba y mueren al anochecer. Eran más de las once de la noche, cuando llegaba a la pensión. El cielo estaba negro y caía una lluvia torrencial, como si el cielo se desplomara encima de nosotros. Me arrodillé ante ella, la cogí por la cintura y traté de incorporarla.

Leer más: “Barcos de papel” - Capítulo 23 e

“Barcos de papel” - Capítulo 23 f

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Una noche en vela.

Qué lento pasa el tiempo en los hospitales. De cuando en cuando, se oía la voz quejumbrosa de un paciente procedente de alguna habitación y, de nuevo, un silencio penoso y dolorido. La noche se me hizo eterna. Sentado delante de mí, había un hombre esquelético con barba de varios días, al que le habían extirpado la laringe y, en su lugar, llevaba una chapa metálica que intentaba disimular con una venda. Me estremecía oír su resuello, rítmico y angustioso. Encendía un cigarrillo tras otro, mientras rezaba en voz baja para que pudieran cortarle la hemorragia lo antes posible. Estaba seguro de que si algo malo le sucedía, me volvería loco. Solo tenía ganas de rezar, de fumar y de darle vueltas a mis preocupaciones.

Leer más: “Barcos de papel” - Capítulo 23 f

“Barcos de papel” - Capítulo 23 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Oficializar el compromiso.

—¿Has oído lo mismo que he oído yo? —le dije a Roser con discreción—. ¡Tu padre acaba de casarnos!

No tuvo tiempo de responder, porque Vilanova me abrazó efusivamente, empezó a llamarme hijo mío, y a repetir que juntos nos esperaban grandes momentos de gloria.

Leer más: “Barcos de papel” - Capítulo 23 d

Información adicional