«Barcos de papel»

Historia safista, narrada por Dionisio Rodríguez Mejías.

“Barcos de papel” - Capítulo 25 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- ¿Qué podía hacer?

—Déjalo, no sigas, por favor. Me parece que esto no te hace ningún bien.

—Necesito seguir. Me da mucha pena decirlo, porque te hago sufrir, pero necesito que me comprendas. Y ¿sabes qué era lo peor de todo? Que me gustaba que aquel joven tan guapo me acariciara y me prometiera que siempre iba a cuidar de mí. Cuando él se marchaba, yo me quedaba despierta mucho rato, y me sentía caliente, segura y feliz en aquella casa, rodeada de cariño y bienestar.

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“Barcos de papel” - Capítulo 25 c

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Una terrible historia.

Pensé que no era un buen momento para responder, dejé que fuera ella quien hablara y yo seguí en silencio.

—Mi vida no ha sido fácil: al poco tiempo de nacer, mi padre nos abandonó. Le dio un poco de dinero a mi madre, le dijo que se iba a trabajar a Alemania, pero que pronto volvería a buscarnos. No volvimos a verle. Cuando se terminó el dinero, mi madre iba cada día a la estación de Francia a ver llegar los trenes. Yo tenía unos tres años, y me llevaba con ella a todas partes. Al poco tiempo, no tuvo más remedio que pedir limosna. Y, ¿sabes una cosa? Una mañana de pleno invierno, un cura se interesó por nosotras, y nos llevó a un centro de Auxilio Social, en la Rambla de santa Mónica.

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“Barcos de papel” - Capítulo 25 a

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- Una visita insospechada.

Durante aquellos días, Olga había llamado a su trabajo con cierta frecuencia, para informar de su estado de salud y anunciar su pronta reincorporación. Por eso, nos sorprendió oír la inconfundible voz de Santamaría en el fondo del pasillo.

—¿Cariño? ¿Tesoro?

—Berto, por favor, escóndete. Si te ve aquí, conmigo, se va a cabrear.

 

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“Barcos de papel” - Capítulo 25 b

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- ¡Vae victis!

Antes de que ella pudiera contestar a sus palabras, Santamaría salió de la habitación sin prestarme la menor atención. Me acerqué a la cama, me senté a su lado, y ella dijo, ocultando con sus manos los ojos anegados en lágrimas.

—A veces es tan cruel… —susurró entre suspiros—.

—¿Cómo permites que te trate así? No se lo toleres. Te trata como a su esclava.

—Siento lo que ha pasado —dijo con enorme desconsuelo—; pero lo quiero tanto…

—Eso no es justo. ¿Cómo puedes querer a un monstruo como ese?

—Sí, lo quiero mucho —exclamó—. No sé qué haría si un día me dejara.

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“Barcos de papel” - Capítulo 24 f

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Voy a dejar a Santamaría.

Mientras conducía de vuelta a la pensión, mis reflexiones se trocaron en una constante desazón. Hacía más de tres años que vivía en aquel cuarto cochambroso que olía a sopicaldos de hospital, con una ventana por donde me llegaban todos los ruidos de la calle. Yo había venido a estudiar una carrera y a triunfar. Olga me gustaba, de acuerdo; pero no estaba seguro de que fuera capaz de renunciar a Santamaría. Con Olga estaba condenado a vivir en la pobreza, y yo detestaba la pobreza porque la conocía. Un niño pobre y triste no es un niño, es otra cosa: quizás un viejo prematuro, como quizás fui yo. Por eso siempre me han conmovido los versos de Neruda:

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