«Barcos de papel»

Historia safista, narrada por Dionisio Rodríguez Mejías.

“Barcos de papel” - Capítulo 09 a

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- Al fin, un trabajo.

Por fin, el día catorce de octubre tuve un golpe de suerte. A las siete menos cinco de la mañana me presenté con La Vanguardia bajo el brazo, en Relieves Fabregat, y a las siete ya estaba trabajando. No pude ni cambiarme de ropa. Era un taller de artes gráficas en la calle Rocafort, esquina Consejo de Ciento. El anuncio decía que se precisaba un meritorio con categoría laboral de especialista, eufemismo que significaba que el candidato se encargaría de barrer el taller, hacer los paquetes, acompañar al repartidor con la furgoneta y ayudarle a cargar y descargar la mercancía. Ni me hicieron contrato ni me dieron de alta en la seguridad social.

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“Barcos de papel” - Capítulo 08 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Unas clases para salir del paso.

Estaba tan harto de perder el tiempo enviando currículos y llamando por teléfono, que aquella misma tarde, poco antes de las cinco, me puse una camisa limpia, me tomé un par de copas en el bar de Saturnino y me fui a la puerta de la Academia Blanes, en la plaza de Sans. Siempre he aparentado más edad de la que tengo y eso, a veces, me ha resultado de gran utilidad. Llegué dispuesto a enrollarme con las mamás que, con el bocadillo en la mano, venían a recoger a sus hijos a la salida del colegio. Lo conseguí. Fue una simple cuestión de mano izquierda y confianza en mis posibilidades: veía un niño bien arreglado de la mano de una señora, con cara de posibles, y me acercaba a ella, sonreía con cara de no haber roto un plato en mi vida e intentaba enhebrar una conversación.

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“Barcos de papel” - Capítulo 08 b

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- La entrevista en Miramar.

Casi se me olvida contar cómo conseguí que me recibiera la secretaria del señor Castro en los Estudios de Televisión. Bueno, en realidad el mérito no fue mío, sino de “El Colilla” que, aunque no lo aparentaba, a medida que pasaba el tiempo y veía que continuaba sin empleo, se empezaba a preocupar. Era una tarde de finales de septiembre. Estoy seguro porque en estas fechas se celebran en Valprados las fiestas de san Miguel, santo patrón de la ciudad, y recordaba lo bien que había pasado el último curso, con Paco Cervera y los otros compañeros del grupo. El hecho es que una de aquellas tardes, en las que yo las pasaba moradas, solo en mi cuarto, porque no conseguía un empleo medianamente digno, aparece en mi habitación “El Colilla” y, con su habitual delicadeza, me pregunta:

—“Mosquito”, ¿cuándo tendremos la alegría de verte brillar en televisión?

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“Barcos de papel” - Capítulo 08 c

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Torera, mandona y sin ganas de agradar.

—Pase, pase —dijo dirigiéndose a mí—. ¿Qué quería?

—Me espera el señor Castro.

—Muy bien. Su nombre…

—Don Juan José Castro.

—No, hombre, no; quiero decir el suyo.

—¿El mío?

—Pues, claro; a Castro ya lo conozco, pero tú no sé quién eres.

—Yo me llamo Alberto, señorita; Alberto Ruiz para servirla.

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“Barcos de papel” - Capítulo 08 a


Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- ¿Adónde se dirige la feliz pareja?

Dos días más tarde, al regresar de una entrevista me encontré a “El Colilla”” en el bar de Saturnino. Antes de decir nada, bebió un trago de cerveza y encendió otro cigarrillo.

—¿Qué? ¿Lo has pensado ya?

—¿Qué tengo que pensar?

—¿Qué va a ser? Pues ese trabajo tan prestigioso que te ofrecieron las monjas.

—¿Por qué eres así? No se puede ir haciendo el rata por la vida ni criticar a todo el mundo.

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