«Barcos de papel»

Historia safista, narrada por Dionisio Rodríguez Mejías.

“Barcos de papel” - Capítulo 11 b

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2. Qué fuerza tiene el sexo a ciertas edades.

Me recalcó que por los gastos no tenía que preocuparme; él me dejaría sus botas, un anorak azul y el pantalón de látex. Hablaría con el encargado de la tienda de Bavillesset, que había en el hotel, para que me eligiera unos buenos esquíes, y todo por cuenta de la federación. Tampoco había ningún problema en cuanto al viaje; él se encargaría de todo: hasta la estación de Ribas de Fresser iría en el coche de los padres de Luis Brustenga, un chico de once años, hijo de un importante industrial de Sabadell. El chófer pasaría a recogerme por la pensión. Me gustaba la idea.

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“Barcos de papel” - Capítulo 11 a

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1. La zona más lujuriosa del cuerpo humano.

Me despertó la lluvia golpeando en los cristales. Era uno de esos días en los que uno piensa que por mucho interés que pongas en lo que haces, siempre habrá alguna cosa que te saldrá mal. Estaba como el tiempo, apagado y tristón. Sólo faltaban dos semanas para Navidad y, en Barcelona, plazas, calles, parques y centros comerciales resplandecían alegres y festivos con los adornos multicolores que anuncian tan entrañables fiestas. Aquella mañana, para desayunar, Catalina me puso un bocadillo de caballa en escabeche, envuelto en papel de periódico. Me sentó como un tiro, pero la culpa era del maldito tabaco. Encendía un cigarrillo al levantarme de la cama y ya no paraba de fumar en todo el día.

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“Barcos de papel” - Capítulo 10 c

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4. Love me, please, love me.

Alargó la mano, dejó caer la aguja muy pensativa y, al instante, el aire se llenó de aquella música, tierna e intensa, como un lamento. La escuchamos embelesados unos instantes, hasta que dijo al fin.

—Cuando empecé a trabajar en la clínica, se deshacía en atenciones conmigo; no dejaba de hacerme regalos y promesas. Yo no quería enrollarme, pero una noche me invitó a cenar en el hotel Princesa Sofía. Me dijo que teníamos que hablar de mi futuro… y acepté. ¡Soy una imbécil!

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“Barcos de papel” - Capítulo 10 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5. Déjame que te quiera.

La habitación estaba en silencio absoluto. Sólo la música seguía sonando melancólica y triste. Me echó sobre la cama, se arrodilló encima de mí, mordisqueó mis labios, levantó los brazos, se quitó el sujetador, lo tiró al suelo, tomó mis manos, las besó y acarició con ellas sus pechos debajo de la blusa. Notaba cómo se estremecía y escuchaba su respiración ardiente y agitada. Pienso que mi falta de experiencia la encendía cada vez más.

—Tienes las manos frías —dijo a mi oído—.

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“Barcos de papel” - Capítulo 10 b

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3. Olga y el doctor Santamaría.

Aceleré el paso y el Mercedes me pasó tan cerca que tuve que pegarme a la pared para que no me salpicara con los charcos de la calle. Era el mismo hombre que salió de la cafetería la mañana que la acompañé en el tranvía. No me había olvidado de él; era moreno, enjuto y maduro; lucía una ostentosa calva y unas greñas de ligón de discoteca que le caían sobre el cuello de la camisa. Apreté el paso y, en la escalera, alcancé a Olga. Al oír mis pasos, se giró y me saludó muy sonriente.

—Hola Alberto. ¿He vuelto a desvelarte? Si alguna noche te molesto, dímelo; yo, antes de dormir, necesito oír música; me relaja mucho, aunque me parece que a ti no te ocurre igual. ¿Verdad?

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