«Barcos de papel»

Historia safista, narrada por Dionisio Rodríguez Mejías.

“Barcos de papel” - Capítulo 13 b

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- Solo, desplazado y fuera de lugar.

Para mí, que no sabía ni ponerme los esquíes, subir a la cima de la montaña con Escudé era una temeridad. No comí apenas, pensando en la que se me venía encima; pero, a las cuatro en punto, estaba junto al tele‑arrastre con mi nuevo equipo, unas botas de mi número, casi nuevas, y los esquíes que Xavi me eligió. En media hora, Escudé me explicó cuatro conceptos básicos, practiqué la cuña y unas diagonales y nos dirigimos hacia el tele‑arrastre. Por el camino, me dio las últimas instrucciones.

—Cuando cojas la pértiga, haz fuerza con los brazos; y, sobre todo, no te sientes. Flexiona las piernas, sujétate bien y aguanta el tirón de la percha.

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“Barcos de papel” - Capítulo 13 a

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

Una historia que pudo ser la tuya.

1.- El hecho de vivir entraña un riesgo.

Hacía un día espléndido, el cielo estaba muy azul y el sol brillaba sobre la espesa capa de nieve. La lesión de Jean Bertrán no era de importancia, sólo un esguince; el médico le hizo un fuerte vendaje, le recetó un antiinflamatorio, y le recomendó ser precavido. Dejé al muchacho con el doctor, y salí a las pistas con el resto de los chicos después del desayuno. En la explanada, frente a la escuela, me esperaba Escudé. Llamaban escuela a una pequeña caseta de madera a pie de pistas, con pósters en las paredes, un armario para guardar los equipos de los profesores y una mesa para anotar las incidencias.

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“Barcos de papel” - Capítulo 12 e



Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- ¿Me había engañado Reyzábal?

Un destartalado puente de madera, cubierto por una capa de hielo, gruesa y transparente como el fondo de una garrafa, comunicaba la estación con el hotel. Cargados con los equipajes, recorrimos el puente hasta el final de la pasarela, en donde había un local grande y descuidado, a mano derecha, para guardar los palos y los esquíes. Al cargo del recinto, había un pintoresco personaje, al que los chicos conocían de años anteriores: Xavi. Entre risas y bromas, dejaron la parte más incómoda del equipo, y todos, en grupo, nos dirigimos a recepción. Allí nos esperaba el señor Roca, director del hotel, el maître y el resto de personal, todos muy educados y complacientes. También había un sereno andaluz, mayor y dicharachero con fama de bebedor, que siempre iba en compañía de dos enormes perros negros, que los chicos acariciaban como si fueran corderillos.

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“Barcos de papel” - Capítulo 12 f

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- ¡Vaya vacaciones que me esperaban!

Por la tarde, después de comer, me senté tranquilamente en el salón, pedí café y coñac ‑como un señor‑, y me puse a observar las evoluciones de los chicos desde la ventana. Lo peor era que me sentía muy solo. Nadie me prestaba la menor atención; notaba que no le caía bien a las señoras ‑especialmente a Lali Pericot‑, y tenía la sensación de que me tomaban por un pobre diablo, sin clase y mal vestido, que se había equivocado de lugar. Aquello no era como lo había imaginado. A aquella gente le gustaban las personas bien vestidas, esas que saludan haciendo inclinaciones de cabeza, con afectación y solemnidad casi religiosas.

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“Barcos de papel” - Capítulo 12 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Por duros que parezcan, todos los hombres son humanos.

No sé por qué tuve la sensación de que algo así podía suceder. Fue como un presagio. Al cruzar la delgada garganta que penetra en el valle, ocurrió lo inesperado. Faltaban unos trescientos metros para llegar al santuario; el tren se adentraba en un gran circo de nieves y ventiscas, cuando ‑de pronto‑ chasqueó la cremallera varias veces; el maquinista trató de reanudar la marcha, sin resultado, y el tren se detuvo. A lo lejos, varado en aquel océano blanco e inmaculado, se adivinaba el contorno secular del santuario convertido en hotel. La nieve acumulada llegaba a la mitad de la cabina; la gente soliviantada no sabía qué hacer; y Escudé, muy activo, intentaba infundir tranquilidad a los viajeros.

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