“Barcos de papel” - Capítulo 30 e

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Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- Un encuentro providencial.

Y una de aquellas tardes, al salir de las Galerías Avenida, nos encontramos. Yo llevaba al niño cogido de la mano, Olga salía con una bolsa y nos encontramos frente a frente. Yo me quedé helado, incapaz de reaccionar. Fue ella la que dio el primer paso y se dirigió a mí con su habitual desenvoltura.

—Hola, Alberto. ¡Uy, que niño tan guapo! ¿Cómo te llamas?

—Ramón, como mi abuelito —respondió el crío—.

Ella se echó a reír a carcajadas y el niño se quedó mirándola extasiado.

—Tienes nombre de persona mayor. ¿Cuántos años tienes?

—Cuatro. ¿Y tú cómo te llamas?

—Yo me llamo Olga, y soy una vieja amiga de papá. ¿Puedo darte un beso?

—Bueno.

—Muy bien. ¿Te apetece un helado?

—Sí, señora. Muchas gracias. Me gustan de chocolate.

—¡Ay, Señor, que pico tiene el niño! ¿A quién le habrá salido?

Caí en sus redes como la mosca en el pastel. Olga seguía siendo muy guapa y los años le habían dado elegancia y distinción. El niño cogió el helado y se fue a mirar los juguetes de un escaparate; nosotros nos acomodamos en una de las mesas frente a la barra y, cuando se acercó el camarero, le pregunté a Olga:

—¿Un gin‑tonic?

—No, café, por favor.

—¿Café? ¡Qué raro! ¿Ya no bebes?

Sabía que mi pregunta iba cargada de intención y eludió la respuesta.

—Berto, perdona por el daño que te hice. Sé que me equivoqué.

—No te preocupes. Ya pasó todo; la vida es así… no vuelvas a pensarlo.

—No puedo, cada día me pregunto qué pasó y no encuentro la respuesta. Pensé en llamarte muchas veces para decirte cuánto te quería, pero no me atreví. Por eso, creo que este encuentro es cosa del destino.

—Yo no lo creo. Por mi parte, hace tiempo que olvidé lo que pasó. Juré amarte siempre y tú me abandonaste; eso fue todo, pero ya está olvidado.

—Berto, ni tú ni yo podemos olvidar. Anda, mírame a los ojos y dímelo.

No fui capaz de hacerlo.

—¿Lo ves? Estamos condenados a llevar con dolor ese recuerdo, el tiempo que nos quede de vida. Aunque no olvido ninguna de mis palabras, aquella tarde no me fui contigo porque no te merecía, porque no quería encadenarte a mí. Tenías tantos sueños, querías hacer tantas cosas…

—Pero quería hacerlas a tu lado.

Pensé que mis palabras ya no tenían sentido y traté de rectificar.

—Lo siento, Olga; es tarde para el niño y tengo que marcharme, pero no sé cómo decirte adiós.

De pronto vinieron a mi mente los recuerdos, comprendí que no podía continuar representando aquel papel y no puede ahogar los sentimientos.

—¿Hablas de ‘merecer’? Por Dios, Olga, no ha pasado ni un día que no me haya acordado de ti. Cuando nació mi hijo, hubiera deseado que tú fueras su madre; y, cuando la abrazaba a ella, lo hacía pensando en ti.

—Berto, ¿por qué me dices esas cosas? ¿Quieres volver a enamorarme? Sabes que nunca podré hacerlo, porque nunca he dejado de quererte.

En ese momento, se acercó a la tienda de juguetes una señora con un caniche blanco, como una bolita de algodón, que miró al niño y se puso a saltar a su alrededor, en busca de un compañero de juegos; pero el crío echó a correr muy asustado, tiró el cucurucho del helado y se acurrucó en el regazo de Olga, abrazándose a ella. Nunca olvidaré con qué ternura lo tomó entre sus brazos y lo besaba, mientras él dejaba caer la cabecita contra su pecho, hasta que abrió los ojos y, al ver que la señora del perrito se marchaba, se levantó y me cogió de la mano.

—Papá, ¿nos vamos?

—Perdona Olga, tenemos que marcharnos.

Besó al niño por dos veces, intenté acercar mi mejilla a la suya, pero ella buscó mis labios y luego me dijo al oído.

—No olvides tu promesa. ¿Ya has empezado a escribir nuestra historia?

Guardo en mi memoria sus palabras, como se guardan esos pétalos de rosa que conservamos entre las páginas de un viejo libro. Las he recordado cada minuto, cada hora, mes tras mes y año tras año, durante las noches interminables que he pasado ante el ordenador, evocando cada momento y cada detalle de aquellos años mágicos. Aquella tarde, en las Galerías Avenida, hablamos por última vez. A veces, pienso que mi vida ha sido un fracaso y que nada ha salido como yo esperaba; pero no me quejo. Somos como esos barcos de papel que se deslizan sin rumbo por un regato; hemos de acostumbrarnos a vivir allí, donde nos lleva la corriente, y olvidarnos de donde nos hubiera gustado que nos dejara.

Y esta es la historia: una de esas historias de amor que nunca deberíamos contar, porque hacen daño cuando se recuerdan.

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