“Barcos de papel” - Capítulo 30 b

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Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- Pagar por trabajar.

En vista de su eficacia y las operaciones tan interesantes que presentaba, Vilanova me propuso organizar una comida de negocios con “El Colilla”. Elegimos el Gorría, un restaurante de cocina vasco‑navarra que acababan de inaugurar en la calle Diputación, entre Sicilia y Cerdeña. Después de unos minutos de charla, sin intención aparente, Vilanova inició su estrategia de aproximación.

—He de confesarle, señor Soto, que me han sorprendido sus progresos. No solo me consta que sus estudios de mercado son escrupulosamente rigurosos, sino que, en poco tiempo, se ha convertido en un personaje muy valorado por el personal de nuestra empresa, cosa que celebro de todo corazón.

—Muchas gracias, señor.

Lo miró con una sonrisa casi paternal y continuó hablando.

—Es usted un joven con mucho talento y tiene por delante un magnífico futuro. Piense, querido Emilio, que en nuestra profesión hay que tener aspiraciones, porque nunca se sabe hasta dónde podemos llegar. ¿Qué le parece?

—Alberto dice que usted siempre consigue lo que se propone.

—Yo a eso le llamo tenacidad. He luchado mucho, amigo mío —si me permite el tratamiento—, y —dicho sea con absoluta sencillez—, mucha gente sigue colaborando conmigo, porque saben que soy un hombre de orden y de principios. Para mí, PROVISA es como una familia en la que todos trabajan por el bien de todos. ¿Qué le parece? Pues en esta familia, a la que afortunadamente se acaba usted de incorporar, hay un departamento de capital importancia, y he pensado en usted como la persona ideal para dirigirlo. ¿Qué le parece?

—Si a usted le parece bien, a mí también.

—Pues no se hable más. Desde hoy mismo, se encargará de disponer de la reserva de suelo suficiente para que la empresa se mantenga en constante actividad. ¿De acuerdo? Más adelante, hablaremos de sus honorarios y entraremos en detalles; pero ahora, vamos a disfrutar de esta suculenta comida. ¿No le parece?

—Mire, don Ramón; yo lo único que sé es que desde que trabajo en esto de la construcción estoy más feliz. En la farmacia, ya estaba que me subía por las paredes. A lo mejor no debería decirlo y a usted le parecerá una tontería, pero a mí, lo que me gusta de verdad es hacer negocios y hablar con la gente.

Lo vi tan lanzado que le di un golpe por debajo de la mesa para que moderara el discurso; pero, cuando “El Colilla” se embalaba, no había manera de frenarlo.

—Sí, Alberto, no me mires así. Cuando entro a una oficina de ventas y veo cómo me atienden, cómo se esfuerzan para complacerme, sin poder imaginarse que voy en busca de información, es demasiado. Me siento como un actor de cine. Te lo juro.

—No hace falta que sigas. Don Ramón y yo estamos seguros de que es así.

—No, Alberto, no: lo que ocurre es que gracias a ti he encontrado mi camino en la vida. Quizás no debería decirlo, pero estaría dispuesto a pagar por trabajar.

—¿Lo dice en serio, amable joven? —preguntó Vilanova—.

—Totalmente, don Ramón.

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