“Barcos de papel” - Capítulo 29 h

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

8.- El final de la historia.

Pero lo que de verdad no me esperaba es lo que ocurrió a continuación. Ante la puerta, con la boca y los ojos muy abiertos, estaba Roser, que, al verme rodeado de policías y con la camisa manchada de sangre, dudó por un momento; pero, al instante, me abrazó, ocultando su cara contra mi pecho, sin levantar la vista del suelo.

—¿Qué te han hecho? ¿Por qué no me has llamado? Tu amigo me ha dicho dónde estabas. ¿Te han pegado?

—No; solo ha sido un pequeño accidente de tráfico. Se me cruzó una moto. Ya sabes cómo son los moteros. Van como locos.

—No puedes imaginarte el miedo que he pasado cuando me ha dicho Emilio que estabas en la comisaría. ¿Estás bien? ¿Podemos irnos?

—Sí; claro que sí.

—Alberto, he pasado mucho miedo. Vamos a casa. Ya te dije que mis padres están fuera.

No estaba acostumbrado a echar mentiras, pero empezaba a aprender. Dudé un instante, y enseguida me decidí: metí la mano en el bolsillo de la chaqueta, saqué el anillo de la bolsita de piel y se lo coloqué en el dedo.

—Ahí tienes, mi regalo. Dime si te gusta.

Juntó su cabeza con la mía; hizo un suave movimiento, retirando la mano para contemplar los reflejos de la luz en el brillante, abriendo y cerrando los ojos como si despertara de un sueño.

—¿Has perdido la cabeza? ¿Por qué lo has hecho? Alberto eres un encanto.

Estaba tan emocionada que no sabía qué decir. Sus labios temblaban de emoción, sus ojos parecían más grandes y más dulces, y su pelo tenía un brillo limpio y azulado.

—Quería que fuera una sorpresa; pensaba dártelo durante la cena y preguntarte si quieres casarte conmigo; pero ya me conoces: no soy capaz de guardar un secreto.

—Alberto, eres un ángel. Me haces muy feliz.

Me quedé mirándola. Tenía una sombra de tristeza en sus preciosos ojos negros. Al verla tan dulce y tan sensible, contemplando el anillo, me invadió una profunda angustia y me rompí por dentro. No lo pude evitar: me puse a llorar como una criatura. Uno de los policías, que tenía cara de buena persona, nos dijo que debíamos salir de allí y tomamos un taxi. Al verme en la calle, recordé que en la pensión no tenía ni un triste cepillo de dientes: el equipaje estaba en la bolsa que se quedó en el coche.

Me pongo muy triste, al recordarlo. Me sentí indigno, al interpretar aquel papel; y me sentía sucio, por dentro y por fuera: tan sucio, que me daba reparo acercarme a ella. Decidí quitarme aquel peso de encima y confesar mi canallada.

—Roser, tienes que saber algo muy importante. Se trata de nuestro porvenir. No es agradable, pero debes conocer cada detalle de mi vida y te pido, por favor, que escuches hasta el final lo que voy a decirte.

Me miró con enorme atención, pensando que quizás me quería disculpar por el accidente y no me dejó seguir.

—Alberto, olvídalo. No hablemos de cosas tristes; esta es una noche muy especial para nosotros. Tiempo tendremos de hablar más adelante.

Hizo una pausa, cogió mi mano y me miró a los ojos. No me moví. Entonces, dijo, poniendo el alma en cada palabra:

—Tú siempre me has tratado con cariño. A veces he dudado, pero siempre terminas por venir a mí. Lo que te pierde es el corazón. ¿No es verdad?

Pensé que no debía seguir. Más adelante, le contaría la vileza que acababa de cometer. Me había comportado como un miserable, pero eso no me daba derecho a hacerla sufrir más. Su amor me ofrecía la posibilidad de salir del abismo y proseguir la lucha. Ella me daba el impulso que necesitaba para seguir hacia adelante. Pensando en todo aquello, me emocioné.

—Alberto, no llores. ¿Por qué lloras? —me preguntó con una expresión infinitamente acogedora—.

—Porque no te merezco, Roser; porque soy feliz y me gustaría ser digno de ti.

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