“Barcos de papel” - Capítulo 29 g

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

7.- Ante el señor juez.

No me atrevía a coger el sobre. Pensaba que, si la policía lo descubría en mi poder, sería mi ruina; pero, al ver que los guardias regresaban, lo metió en el bolsillo de mi chaqueta como un relámpago, y no pude negarme. Los agentes le preguntaron al “Grillo” algo que no pude entender; y, en ese momento, me llamaron por el nombre y mis dos apellidos. Custodiado por dos policías, entré en un cuartucho sucio y mal iluminado, que tenía cerrada la ventana y olía a tabaco y a humedad de manera insoportable. El suelo era de terrazo barato: una combinación de baldosas blancas y negras, como un tablero de ajedrez. Parecía el desahogo de una bodega. Me indicaron una silla, y ellos se quedaron de pie, junto a la puerta. En un ambiente tan sórdido como aquel, me tranquilizó la agradable expresión del señor juez. Era un hombre mayor, con gafas, traje gris, corbata negra, enjuto, de aspecto cansado y somnoliento, que no dejaba de fumar.

—Vaya navidades que se te han presentado, ¿no? —dijo sonriendo—.

—Sí, señoría —contesté—.

—¿A qué te dedicas?

—Trabajo y estudio. Estoy en cuarto de Matemáticas.

—Hombre, hacía tiempo que no me traían a un cerebrito por aquí —comentó en tono familiar—.

Agaché la cabeza, como cuando el Prefecto me amonestaba por levantarme tarde, el día de la lectura de notas. Sonrió de forma inofensiva y me dijo.

—Quiero recordar, al futuro matemático, algo que puede parecerle increíble. Tuviste suerte de que la Guardia Urbana interrumpiera la pelea; de haber seguido golpeándoos, como lo hacíais, esta noche hubieras dormido en el calabozo. No lo olvides y da gracias a Dios.

Más calmado, pensé que sería un detalle preguntarle por el motorista.

—Con el permiso de su señoría, ¿podría decirme cómo se encuentra mi agresor?

—¿Su agresor? —dijo echándose a reír—. Le recuerdo que fue su coche el que embistió la moto del accidentado. Eso le costará una multa y la retirada del permiso de conducir. ¿Estamos de acuerdo?

Me hablaba como el padre que amonesta al hijo sorprendido en una travesura.

—Por supuesto, señor juez.

—En unos días, recibirá la sentencia en su domicilio. ¿Entendido?

—Sí, señor.

—Entonces, ya puede firmar el auto y retirarse.

—Muchas gracias; con su permiso.

—Que pase el siguiente.

Cuando salí, “El Grillo” había desaparecido, pero no me atreví a preguntar a los guardias por él, para no complicar mi situación. Pregunté qué tenía que hacer para recuperar el coche, y me dijeron que lo habían llevado al Polvorín de Monjuich.

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