“Barcos de papel” - Capítulo 29 f

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Un encuentro imprevisible.

Los guardias lo dejaron a mi lado, sentado en el banco del pasillo, y se alejaron por el fondo. Al principio, tuve la sensación de que no me había reconocido; pero, enseguida, cayó en la cuenta de quién era y me dio un abrazo.

—Alberto, ¿qué haces aquí?

—Un accidente de circulación. ¿Y, tú?

Se echó a reír y me contó su situación.

—Como probablemente te imaginas, ando metido en el mundo de la droga. Me habían asegurado que esta tarde el género llegaba en un barco de bandera panameña. Podíamos estar tranquilos. Nuestros contactos nos habían asegurado que, en una noche como ésta, la vigilancia policial sería descuidada y rutinaria. A las siete y media, ocupamos nuestras posiciones, dispuestos para actuar, cuando hubieran descargado la mercancía oculta en un Ford Mustang descapotable, matrícula de Málaga, al que le habían practicado un doble fondo en el maletero, con una capacidad de doscientos cincuenta kilos exactamente. Uno de nosotros, con las llaves del coche, esperaba en la pasarela de descarga para hacerse cargo del vehículo; otro, en la terminal de cruceros, para no levantar sospechas; y el responsable del alijo y yo esperábamos frente al restaurante Siete Puertas, con la nada envidiable misión de asegurarnos de que la entrega se llevara a cabo sin novedad y dar el dinero.

Me asombraba su sangre fría; parecía que hablara de asuntos sin importancia, como cuando nos encontramos en el pub Montecarlo, la noche de su debut.

—Pero hay veces que perdemos la calma, que el control se nos escapa de las manos, y que factores humanos, como la duda, el miedo, los nervios…, se apoderan de nosotros y todo se va al traste. Si el más mínimo detalle no sale como esperamos, cunde el pánico, nos alteramos e, inevitablemente, incurrimos en una cadena de errores. Antes de que te des cuenta de lo que ocurre, estás solo, mientras todo se desmorona a tu alrededor.Lo único que te queda es tu instinto de conservación.

—Joder qué historia, “Grillo”. Menuda aventura. Y ese comisario amigo tuyo…, ¿no se llamaba Abadía?

El muy cabronazo estaba en su despacho, esperando una llamada mía que le dijera que todo había ido bien y que mañana recibiría su parte del negocio.

—Y no será él quien os ha vendido.

—No, no lo creo.

—Y quién era el policía que te detuvo.

—No lo conocía. Era un tipo mal encarado, recién llegado de la Jefatura de Valencia, porque, al parecer, alguien sospechaba que el comisario Abadía andaba en el ajo. Cuando escuché la sirena de la policía, debería haber salido echando leches; pero ¿quién iba a pensar…? Después, me arrestaron. Iré a la cárcel, de donde no estoy seguro de salir vivo.

Me echó el brazo por el hombro se acercó a mí y me dijo con increíble aplomo.

—Alberto, estoy perdido, pero no me preocupa. En la vida, unas veces se gana y otras se pierde. Sé que la policía me va a interrogar y dudo que pueda soportarlo. Seguramente, no tendré más remedio que confesar y eso será el final, pero no me importa; sabía dónde me metía y los riesgos que entrañaba este negocio. Tú eres mi amigo; siempre fuiste un buen compañero y una persona excelente. Guárdame este sobre hasta que salga de la cárcel, si es que salgo alguna vez. Si pasados seis meses nadie te lo pide, quédate con el dinero. Son veinte mil dólares americanos que no quiero que me encuentren estos hijos de puta cuando me registren.

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