“Barcos de papel” - Capítulo 29 e

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- En el juzgado.

Nos rodeó un considerable número de curiosos, nos separaron y, poco antes de que llegara la Guardia Urbana, todo se calmó. Pensaba que la cabeza me iba a estallar. Al ver que el de la moto no dejaba de sangrar, lo llevaron a un dispensario, y a mí me pidieron la documentación del coche y el carné de conducir. Abrí la guantera, saqué los papeles, cogí la chaqueta del asiento trasero y entregué al guardia la documentación. Después de comprobar que todo estaba en orden, me pidieron que les acompañara y que la Urbana se ocuparía de retirar el coche.

Subí en el asiento trasero, encendieron las luces giratorias y pusieron la sirena a todo gas, como si condujeran a un asesino peligroso. No me encerraron en un calabozo, como temía, sino que fuimos al Juzgado de Guardia, en donde estuve sentado, más de dos horas, en uno de los bancos del pasillo, dándole vueltas a la cabeza y viendo entrar y salir a gente de la peor calaña. La vida está llena de contradicciones: ahora estás en el cielo y, al poco rato, en el infierno. Aquella tarde, no me hubiera cambiado por nadie en el mundo; y ahora estaba solo, sucio y mezclado con la chusma. “El Colilla” me lo había advertido montones de veces: «Ten cuidado, Olga no es para ti». Pero estaba poseído por ella. ¿Por qué será que siempre nos enamoramos de quien no nos presta la menor atención? ¿Qué habría sido del motorista? Daba miedo verle la cara ensangrentada. ¿Podría morir? De ser así, me pasaría la vida en la cárcel. Un golpe en la cabeza siempre es grave. Pregunté por el lavabo y un policía me señaló una puerta al fondo del pasillo. Cerré por dentro, me miré en el espejo y apenas me reconocía. Tenía el pelo revuelto, la camisa desgarrada y llena de sangre. Parecía un criminal. Abrí el grifo, me lavé la cara y me sequé con una toalla sucia y repugnante.

Volví a sentarme en el banco del pasillo y busqué el paquete de tabaco, pero estaba vacío. Empezó a invadirme el pánico. Eran casi las nueve de la noche. Miré a mi alrededor y busqué algo en que apoyarme. ¡El teléfono! Gracias a Dios que llevaba dinero. Pregunté si podía utilizarlo y el policía me dijo que fuera breve. Con mano temblorosa, marqué el número de la pensión y me tranquilizó oír la voz de “El Colilla”. Aparenté cierta serenidad, le quité importancia al accidente y él se ofreció a venir a buscarme. No acepté.

—Sólo ha sido un golpe sin importancia; no te preocupes. En un par de horas, estaré en la pensión y te contaré lo ocurrido.

—¿Está Olga contigo?

—No, ella no está. Perdona, Emilio, tengo que colgar. Guarda la carta que hay sobre mi mesita, dirigida a Catalina. Gracias.

Cada poco tiempo entraba una pareja, tomaban la afiliación a sus acompañantes y les decían que esperaran a que los llamaran por su nombre. Me extrañó que a unos los llevaran esposados y a otros no. Yo me hubiera muerto de vergüenza, si llegan a esposarme. ¿Dónde estaría Olga? No se me iba de la cabeza, pero no quería saberlo. El odio y los celos me quemaban. A partir de entonces, no pensaba confiar jamás en la palabra de una mujer. Buscaría el triunfo en solitario, sin nada ni nadie que me distrajera. «La valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad que le es posible soportar» ‑nos decían en el colegio‑. ¡Cómo me hubiera gustado echarme a la cara, a Santamaría! No quiero pensar qué habría ocurrido, si nos hubiéramos enfrentado.

Aquel pasillo parecía sacado de una tenebrosa película de cine negro. De pronto, se detuvo, ante la puerta del Juzgado, un coche de policía, con sus palpitantes luces blancas y azules, y entraron dos agentes, empujando de muy malos modos, a un señor muy bien vestido, al que daban órdenes atropelladas y confusas. El detenido parecía sereno, con el gesto tranquilo, a pesar de su difícil situación. Al verlo, me quedé de una pieza: era mi antiguo compañero del internado de Valprados, José Campos, “El Grillo”.

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