“Barcos de papel” - Capítulo 23 f

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Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Una noche en vela.

Qué lento pasa el tiempo en los hospitales. De cuando en cuando, se oía la voz quejumbrosa de un paciente procedente de alguna habitación y, de nuevo, un silencio penoso y dolorido. La noche se me hizo eterna. Sentado delante de mí, había un hombre esquelético con barba de varios días, al que le habían extirpado la laringe y, en su lugar, llevaba una chapa metálica que intentaba disimular con una venda. Me estremecía oír su resuello, rítmico y angustioso. Encendía un cigarrillo tras otro, mientras rezaba en voz baja para que pudieran cortarle la hemorragia lo antes posible. Estaba seguro de que si algo malo le sucedía, me volvería loco. Solo tenía ganas de rezar, de fumar y de darle vueltas a mis preocupaciones.

Hablar es el primer paso para superar una desgracia; cuando hablamos, ejercitamos nuestra mente y aliviamos nuestros pesares; pero yo no tenía a nadie con quien hablar, para hacer el dolor más llevadero. Me levantaba a cada instante, salía al pasillo, encendía un cigarrillo tras otro, y no paraba de mirar el reloj. A las tres de la mañana, salió una enfermera del quirófano, caminando de prisa, y no pude esperar más; me acerqué a ella loco de inquietud, para pedirle alguna información. Solo me dijo que estuviera tranquilo; que, en aquel momento, Olga estaba siendo intervenida.

—¿Intervenida? ¿De qué?

Me miró con gesto huraño y se alejó a toda prisa, sin responder a mi pregunta. ¿Por qué me trataba con tanto desprecio? Cerró la puerta del quirófano y volví a sentarme en la sala de espera. Es curioso que, en momentos así, nos vengan a la memoria miserias a las que habitualmente no damos importancia. Me refiero a esos silencios culpables; a esas reservas vergonzosas que guardamos en nuestro interior por cobardía y que, en los momentos difíciles, nos provocan una sensación de repulsa insoportable.

Faltaban unos minutos para las cuatro, cuando oí mi nombre por megafonía.

—Alberto Ruiz, preséntese en recepción.

Tiré el cigarrillo y me acerqué impaciente.

—¿Es usted Alberto Ruiz?

—Sí, señorita.

—El doctor le espera en la habitación número diecisiete, al final del pasillo.

—Gracias, señorita.

Había tanta tensión en el ambiente que me dio un vuelco el corazón, cuando la vi. En una de las camas, una mujer no paraba de quejarse, y en la otra estaba Olga, que apenas se la oía respirar. Tenía puesta una mascarilla de oxígeno, la habían conectado a uno de esos aparatos que controlan los latidos del corazón, y estaba tan pálida que me asusté. Hay momentos, en la vida, que nos parecen siglos.

—¿Qué le han hecho, doctor? —pregunté en voz muy baja—.

Noté que me miraba con cara de pocos amigos, se guardó el fonendo y me dijo con expresión acusadora, sin responder a mi pregunta.

—¿Es usted Alberto Ruiz?

—Sí, señor. ¿Por qué me lo pregunta?

—Porque, al despertar, le ha llamado varias veces. Parece obsesionada con usted.

Oír aquello me estremeció. Por eso insistí en preguntarle:

—Pero, ¿qué es lo que tiene?

Hubiera dado cualquier cosa por no oír su respuesta.

—Siento mucho tenerlo que decir de esta manera: le hemos practicado un legrado para salvar su vida.

—Perdone doctor, ¿pero puede decirme lo que tiene?

—Ha tenido un aborto.

Fue como la punta de un cuchillo que se hundió en mi pecho y me atravesó el corazón. Sentí un dolor seco, una de esas punzadas en la garganta que llegan hasta el alma y nos hacen llorar.

—¿Un aborto?

—Sí; pero no se asuste: es muy joven y se recuperará.

Me extrañaba la forma en que el médico me hablaba. Yo preguntaba con la máxima corrección, pero sus respuestas me parecían acusadoras. No conseguía entender por qué me trataba así. Yo no pensaba en mí, ni siquiera en el angelito que acababa de morir, sino en Olga. Por eso volví a preguntarle.

—Doctor, ¿cuándo podrá irse a casa?

—Aún no puedo asegurarle nada —contestó con brusquedad—. Acabamos de practicarle una transfusión y, de no surgir ningún contratiempo, en un par de días debería recuperarse; pero el problema físico no es el que me preocupa: lo peor es el shock psicológico; la cuestión hormonal es causa de frecuentes cuadros depresivos y, al tratarse de una mujer tan joven, puede afectar a su estado de ánimo en el futuro.

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