“Barcos de papel” - Capítulo 23 e

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- El encuentro con Olga.

La encontré sentada delante de la puerta de la pensión, sola, con la falda por encima de las rodillas, pálida y empapada. Con una mano, sujetaba un pañuelo manchado de sangre; y, con la otra, sostenía un cigarrillo. Me estremecí al verla. Parecía uno de aquellos pajarillos que, cuando era un niño, encontraba entre las hojas de los árboles, muertos de frío, las mañanas más crudas del invierno. Parecía tan débil y tan frágil como esas flores que nacen con el alba y mueren al anochecer. Eran más de las once de la noche, cuando llegaba a la pensión. El cielo estaba negro y caía una lluvia torrencial, como si el cielo se desplomara encima de nosotros. Me arrodillé ante ella, la cogí por la cintura y traté de incorporarla.

—Olga, ¿qué te pasa? ¿Te sientes con fuerzas para levantarte?

Me miró y me dijo con infinita tristeza:

—Hola, Berto, ¿dónde estabas? Llevo un rato esperándote. Ya sé que últimamente no quieres hablar conmigo, pero no sé qué puedo hacer. Me encuentro mal. Hoy tenía hora para ir al médico. Luis dijo que pasaría a buscarme, pero he llamado a su casa y su mujer me ha dicho que no está.

—¡Ese hijo de la gran puta! —grité—.

—Por favor, no te enfades —dijo con una voz tenue y mortecina—.

—Pero ¿qué te pasa? Olga, por favor, dímelo.

—No lo sé —respondió suplicante y temerosa—. Hace unos días que tengo algunas pérdidas; pensé que era el período, pero esta tarde he sangrado tanto que estoy asustada. Parecía una hemorragia. ¿Sabes? Debería ir al hospital, pero tengo miedo. No quiero ir sola. En realidad, te estaba esperando. ¿Me acompañas? ¡Por favor!

Se puso en pie, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo; la cogí por los hombros con cuidado y noté que tiritaba de pánico y de frío.

—¿Quieres que suba a tu habitación y te traiga alguna cosa?

Negó con la cabeza, intentó sonreír y me dijo al oído:

—Gracias, Berto; siento causarte tantas molestias, pero no te preocupes; ya verás cómo no será dada.

El taxista me ayudó a acomodarla en el asiento trasero. Apoyó su cabeza en mi hombro y se acurrucó a mi lado, como una niña. Tenía la piel tan blanca que se le transparentaban las venillas de la frente. Le cogí la mano y entrelazó sus dedos con los míos, como le gustaba hacer cuando íbamos por la calle. A aquellas horas, no había tráfico apenas. Dejábamos la calle Berlín y entrábamos en París, cuando se apagaron las farolas de la calle. Olga seguía con los ojos cerrados y su mano cogida a la mía, mientras yo observaba las gotas de lluvia que resbalaban por los cristales del automóvil e intentaba rezar alguna cosa.

De pronto ‑hay que ver cómo son las mujeres‑, soltó su mano de la mía, buscó en el bolso un lápiz de labios de color rojo fuerte, se los pintó de manera rutinaria, me miró a los ojos y dijo con picardía:

—Tengo que estar guapa y causar buena impresión. ¿No?

Le apreté la mano y no volvimos a cruzar una palabra hasta que llegamos al hospital. Eran casi las doce, cuando el taxi se detuvo ante la puerta de urgencias. Me quité la chaqueta y se la puse por encima; pero enseguida la echaron sobre una camilla, la taparon con una sábana y se la llevaron por un largo pasillo iluminado con tubos fluorescentes. Me daba miedo verla tan pálida, tapada con la sábana. Cuando llegamos a la entrada del quirófano, el camillero me dijo que no podía pasar. Olga abrió los ojos, me cogió la mano como para despedirse, y me volvió a decir:

—Berto, no te preocupes. Ya verás cómo no será nada.

Acerqué mi cara a la suya, y no pude evitar que una lágrima resbalara de mis ojos. Cerraron la puerta y, a través de los cristales esmerilados, estuve un momento observando las sombras que se movían en el interior. Salió el camillero a los pocos minutos, pero no contestó a ninguna de mis preguntas; únicamente me dijo que estuviera tranquilo y que fuera a rellenar la ficha de admisión.

Cumplimenté los trámites del ingreso: di su nombre, sus apellidos y la dirección de la pensión, pero no pude decir nada más; ni siquiera sabía la edad que tenía. Tampoco sabía mucho de su familia; sólo lo que me había contado el doctor Santamaría, pero eso me lo callé. Incapaz de soportar tanta ansiedad, salí a fumar al pasillo, me senté en la sala de espera y decidí no moverme hasta que el médico me dijera qué le ocurría.

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