“Barcos de papel” - Capítulo 23 d

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Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Oficializar el compromiso.

—¿Has oído lo mismo que he oído yo? —le dije a Roser con discreción—. ¡Tu padre acaba de casarnos!

No tuvo tiempo de responder, porque Vilanova me abrazó efusivamente, empezó a llamarme hijo mío, y a repetir que juntos nos esperaban grandes momentos de gloria.

—Y, para que veas que no hablo por hablar, más pronto que tarde tendré el gusto de oficializar esta promesa ante notario. Pienso poner a nombre de Roser y al tuyo una parte importante de las acciones de PROVISA, en la confianza de que la nueva sociedad alcanzará metas inimaginables.

La madre de Roser también me besó, aunque de forma mucho más discreta. La gente continuaba aplaudiendo, mientras Vilanova recorría la sala repartiendo abrazos e inclinaciones de cabeza. Era como esos futbolistas que se meten al público en el bolsillo, no solo cuando meten un gol por la escuadra, sino también cuando mandan la pelota a la cuarta gradería. Mientras tanto, el pianista ponía fin al festejo interpretando la Serenata de Schubert.

Veía a Roser sofocada por la sorpresa y yo no sabía qué pensar de todo aquello. Las palabras de Vilanova me parecieron de una increíble impertinencia. Nuestras relaciones iban por buen camino, pero nunca habíamos hablado de nada serio. ¡Para bodas estaba yo! Ella me gustaba, claro que me gustaba; pero en mi situación no podía comprometerme con nadie. Me había sacado el carné de conducir con mil sacrificios, le había pagado el Seiscientos a “El Colilla” y había firmado un montón de letras para el coche nuevo. Noté un calor húmedo e intenso, y empecé a sudar bajo la camisa de nailon. Mientras Vilanova recibía las efusivas felicitaciones de los clientes, se me acercó Roser, sentí su resuello como una palabra de aliento en la oscuridad, cogí su mano y la besé apretando los labios.

Nunca hubiera imaginado que algo tan importante pudiera ocurrir de aquella forma, pero en la juventud no caben medias tintas: en un instante estás a punto de morir, y en el siguiente alcanzas las estrellas. Mi apremiante necesidad de afecto, mis sueños de triunfo y mi ardiente obsesión por el dinero, ya tenían respuesta. En cierto modo me sentía afortunado: ese sería el resumen. Mis aspiraciones se consumaban y los negros nubarrones de una infancia de extrema pobreza se alejaban de mí como si despertara de una pesadilla.

No tuve más remedio que esperar hasta que se marchó el último matrimonio con la rosa y las llaves de su nueva vivienda. Al despedirse, todo eran abrazos, promesas y buenas palabras. Excesivos abrazos y excesivas promesas. Cuando salimos a la calle, la lluvia arreciaba y Vilanova propuso que fuéramos a cenar a un restaurante del centro; pero ni a su esposa ni a Roser les pareció buena idea. Yo dije que tenía que estudiar unas cuantas horas aquella noche; acompañé a Roser a casa con el coche y, de vuelta a la pensión, empezó a caer un aguacero impresionante.

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