“Barcos de papel” - Capítulo 23 c

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Un discurso empalagoso y rebuscado.

A la media hora, ya me encontraba como en mi casa: bueno, mucho mejor, porque yo no pertenecía a aquella clase social y hasta entonces nunca me habían invitado a un acto tan rumboso. Me preguntaba si la razón de mi alegría se debía al ambiente de la fiesta o a las alegres burbujas del champán que empezaban a hacerme efecto; porque llevábamos allí casi una hora, había bebido varias copas y la cabeza empezaba a darme vueltas. Me acerqué a Roser y le dije muy cerca del oído.

—¿Por qué no ponemos una excusa y nos escapamos un ratito?

Se echó a reír, se llevó un dedo a los labios y me apretó la mano para que no se me ocurriera cometer ninguna fechoría. En aquel momento, se oyó el tintineo de una campanilla, se retiraron los camareros a un rincón y cesaron las conversaciones. Todos los ojos se volvieron hacia Vilanova, que no solo vendía pisos, sino que le gustaba adoctrinar a sus clientes como Moisés a su regreso del Sinaí. Puesto en pie, con mucha ceremonia, hizo varias inclinaciones de cabeza, sacó un papel del bolsillo de la chaqueta y nos largó un discurso lleno de tópicos y refranes.

—Estimados clientes y amigos entrañables. Permitidme que de forma breve y sincera os exprese, con singular deleite, mis nobles sentimientos de consideración y gratitud.

La gente, que ya empezaba a estar muy alegrita gracias al cava, agradeció las palabras con un cerrado aplauso.

—Superadas a base de esfuerzo y de tesón las diferentes fases que comporta la culminación de todo edificio, ha llegado el momento de comparecer ante vosotros como presidente de PROVISA, para entregaros estas viviendas en las que convergen dos excepcionales atributos: economía y bienestar.

Volvieron los aplausos, acompañados de algunas risas, pero él siguió a lo suyo, como si tal cosa.

—No me alargaré hablando de las excelentes calidades, o el moderno sistema de calefacción, o las amplias plazas de aparcamiento, o el excesivo coste de los ascensores, que ha reducido de forma considerable el beneficio marginal previsto. Pero todo lo doy por bien empleado: «Ganar siempre y no perder, no puede ser», y «Cuando se hacen negocios con la familia, perder es ganar».

Tomó aire, esperó unos aplausos que no llegaron y continuó:

—Y hablo de familia, porque espero y deseo que esta comunidad de propietarios sea desde ahora una sola familia. Es lamentable que no conozcamos a los que viven cerca de nosotros. ¡Adónde hemos llegado! «El vecino molesto y la muela que duele, se aguantan como se puede»; pero en la familia se ayuda a cada uno de sus miembros; se potencia la generosidad y se evitan enemistades que suelen acabar en lamentables enfrentamientos. La familia es la célula viva de la sociedad. Y hablando de familia: he pedido a mi esposa y a mi hija que nos acompañasen en este sencillo acto, para trasladaros nuestro deseo de que, a partir de ahora, nos consideréis parte de la vuestra.

Ahora sí arreciaron los aplausos y Vilanova tuvo que corresponder a tan calurosa ovación con varias inclinaciones de cabeza.

—Por eso, me atrevo a pediros que, a partir de ahora, mantengamos una noble y cordial colaboración; que este acto signifique un inicio y no un final en nuestras relaciones; que no nos abandonéis como nosotros no abandonaremos el preceptivo mantenimiento de una construcción tan cuidada, como esta magnífica realidad que hoy entregamos. Y como «En los tiempos que andan, los hijos mandan», no quisiera despedir esta reunión sin anunciaros algo que a mi esposa y a mí nos llena de alegría: el compromiso de mi hija Roser con Alberto Ruiz, aquí presente. Un brillante universitario que pronto ocupará un puesto de responsabilidad en la dirección de la compañía, para continuar la línea de trabajo que nos honra y distingue. Que seáis muy felices en vuestras nuevas viviendas y muchas gracias por vuestra presencia.

Una descarga eléctrica acompañada de un sudor frío me corrió por la espalda, y una agitación interior me revolvió el estómago. Todo eso y algo más sentí, cuando anunció nuestro compromiso.

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