“Barcos de papel” - Capítulo 23 b

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- La fiesta.

Me sentía como esos invitados de las películas que llegan despistados a una fiesta, cuentan una anécdota inoportuna, y nadie les presta la menor atención. Por suerte, se nos acercó el señor Vilanova, nos ofreció una copa de cava, me puso la mano en el hombro y dijo en tono paternal:

—Querido Alberto, no tome a mal lo que voy a decirle, pero es usted un hombre afortunado: no solo acompaña a la muchacha más guapa de la fiesta, sino que muy pronto usted y yo tendremos la ocasión de formar un gran equipo. Espero que disfrute de esta entrañable velada, sencilla y familiar.

Vestía un impecable traje azul marino, camisa blanca; gemelos de laca china; corbata oscura con topos blancos, y zapatos negros, brillantes como el charol. Daba la imagen de un hombre importante, de vuelta de todo, capaz de asumir riesgos considerables. A continuación, sin quitarme la mano del hombro, se dirigió a Roser:

—Y tú, hija mía, dale un beso a tu padre en este día tan importante.

Llamó a uno de los camareros, dejamos las copas en la bandeja, me abrazó ligeramente y antes de regresar al centro del salón para cumplimentar a los clientes que empezaban a arremolinarse en torno a las mesas, me dijo en tono confidencial:

—Quizás no sea este el momento ni el lugar más apropiado, querido joven, pero quiero decirle que llevo corriendo muchos años con excesiva prudencia y ha llegado el momento de pisar el acelerador. Antes de lo que usted imagina, PROVISA será una de las promotoras inmobiliarias más prestigiosas de Barcelona.

A medida que iban llegando los clientes, una de las azafatas obsequiaba a las señoras con una rosa adornada con papel de celofán y una cinta con los colores de la bandera de Cataluña, y la otra hacía entrega al esposo de dos juegos de llaves de la vivienda, enlazadas en un llavero con las iniciales de la empresa, en baño de plata. En ese momento, el fotógrafo enfocaba a los recién llegados repitiendo siempre la misma frase: «Sonrían, por favor». Brillaba el flash como un relámpago, y las señoras, sofocadas y nerviosas, ofrecían a la cámara su mejor sonrisa. Era el momento elegido por Vilanova para darles la bienvenida. Unas palmaditas en la espalda al marido, y una exagerada inclinación de cabeza, para besar la mano de la señora.

En pocos minutos, el salón era un hervidero de gente encopetada y bulliciosa. Aunque los gastos corrían por cuenta de la empresa, Vilanova daba muestras de un excelente buen humor. Roser y yo nos quedamos al lado de sus padres, en pie junto a la mesa principal, en compañía de dos personas a las que Vilanova llamaba su equipo de dirección: el director comercial ‑antiguo vendedor de seguros, a puerta fría‑ y el contable de la empresa, un recién jubilado del Banco Central.

Empezaron a desfilar los camareros con copas de cava y bandejas con canapés de jamón serrano y pan con tomate. Aquello sí que estaba bueno y no los bocadillos de mortadela que me ponía Catalina cada mañana, envueltos en un papel de periódico. Se me olvidaba decir que, en un rincón de la sala, un pianista interpretaba las melodías de moda: Las hojas muertas, La Bohème, Venecia sin ti, La golondrina, Sombras nada más… Algunas señoras movían la cabeza al ritmo de la música, tarareando las canciones en voz baja con los ojos entornados.

Roser estaba espléndida aquella tarde, no solo por su belleza, sino por su cautivadora forma de ser: era una chica atenta, culta, elegante, prudente y distinguida; una chica moderna, con rasgos finos y delicados; una mirada ingenua, casi infantil, y una preciosa melena francesa que le rozaba los hombros cuando se movía. Pero, aunque ya lo he dicho varias veces, lo que más llamaba mi atención eran sus pechos, redondos y apetecibles, manifiestamente mayores que los de Olga.

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