“Barcos de papel” - Capítulo 14 e

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Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- Cuidado con Reyzábal.

Estaba seguro de que no me equivocaba. Aquella soflama había despertado mis sospechas y mis reservas; no obstante, como se había metido a todos en el bolsillo, cuando llegó mi turno procuré salirme por la tangente y no comprometerme más aún. Dije que sólo llevaba unos meses en un trabajo que apenas me daba para comer y que cada día tenía que levantarme a las seis de la mañana. Que me sentía unido a ellos por mis convicciones, y les aseguré que podían contar conmigo como un miembro solidario de su ideología; pero que en mi situación era una imprudencia comprometerme, sin tener la certeza de poder cumplir mis compromisos.

 

El discurso me salió bastante bien, pero la realidad era que sentía un miedo aterrador. Sin comerlo ni beberlo, estaba entre personas a las que no conocía y en cualquier momento una denuncia podía acabar con mis proyectos de futuro. Por mucho menos, algunos desdichados habían dado con sus huesos en la cárcel. Lo mejor era marcharse de allí cuanto antes. Con la excusa de que tenía que madrugar, Roser y yo nos despedimos amablemente y fuimos a buscar la parada del autobús. Reyzábal se quedó con Xavi Granados, organizando próximas acciones y el resto del grupo de adeptos que estaban dispuestos a colaborar.

—¿Qué te pasa? —me dijo Roser cuando estuvimos solos—. ¿A qué venían esos apretones de manos y esos cuchicheos?

—Roser, ten mucho cuidado. Si no me equivoco, Félix Reyzábal no es trigo limpio. Hazme caso. ¿No ves que ha tratado de sonsacarnos a todos?

—¡Cómo eres! Siempre estás inventando amenazas e imaginando peligros.

—¿Peligros? ¿Cómo sabía que íbamos a encontrarnos con Granados y el resto del grupo? Anda, dímelo: porque no creerás que nos lo hemos encontrado por casualidad. ¿O sí lo crees?

—Yo creo que Reyzábal es un tío honrado a carta cabal.

—Pues yo creo que ese tío, como tú le llamas, puede ser un chivato de la secreta. ¿No has visto con qué disposición se ha ofrecido a confeccionar las listas?

—Alberto, si tienes miedo, dímelo; porque a mí me merece toda la confianza.

—No tengo miedo; pero, si lo tuviera, sería muy natural. ¿Has oído lo que ha dicho Xavier? Esa gente no está de broma.

—En serio, ¿crees que Reyzábal es un chivato?

—Estoy seguro. Además, ¿cómo sabe la fecha del juicio si, precisamente, tú me has dicho que los padres de Jordi se enteraron ayer, por una carta que les entregó en mano una pareja de la “secreta”? Piénsalo; por favor. Ya has sufrido demasiado. Si no tenemos cuidado, ese tío nos entrega a Campillo, uno por uno.

—Me cuesta creer lo que estás diciendo.

—¿No te extraña que echara a correr el día que detuvieron a Jordi? En tu caso, era normal que te asustaras; pero tú me dijiste que muchos plantaron cara a la policía. ¿Verdad? Pues ¿por qué no lo hizo él?

Roser parecía desconcertada, pero noté que sus dudas aumentaban y mis palabras la empezaban a convencer.

—Tú haz lo que quieras; pero, de aquí en adelante, pienso ir con mucho cuidado. Y una cosa más: a un tío como ese no le vuelvo a dar la mano.

Parecía que estaba viviendo una película de espías; pero lo que me estremeció fue lo que dijo a continuación.

—Estoy muy preocupada. Los padres de Jordi me han pedido que les acompañe a la Modelo alguna vez y que venga también algún amigo suyo. Tienen un permiso especial para visitarlo los sábados, a última hora de la tarde, hasta que el juicio se celebre. Pensaba pedírselo a Reyzábal, pero después de lo que acabas de decir, no sé qué hacer. También podría recurrir a algún compañero, pero me da miedo comprometerlo.

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